viernes, 2 de septiembre de 2011

¿Adónde vamos a parar?



Damas y caballeros, por una vez quiero que nos pongamos serios en este blog y mantener esa seriedad el resto de la entrada. Y esto no es coña, hablo en serio. Y sé que cuesta creer que un payaso pueda hacerlo, pero hay un momento en que se sabe dejar de ser jilipollas para dar lugar a la razón.

Como podría decirse que vivo apartado del mundo en general, hace muy poco tiempo me enteré de la desaparición de Candela. No leo diarios ni aún por Internet, así que figuraos. No obstante, como sé que sería estúpido escribir por aquí sin antes haber leído nada...

Candela Rodríguez, once años, Hurlingham, provincia de Buenos Aires. El lunes 21 desapareció por la tarde, cuando iba a reunirse con un grupo de amigos (en otro sitio leí que se encaminaba a la Iglesia). Fue vista por última vez en una intersección, y desde entonces nada más constó sobre ella hasta nueve días más tarde, cuando se la encontró muerta por asfixia. La muerte se dio, según la autopsia, entre las ocho de la noche del lunes veintinueve y las ocho de la mañana del martes treinta.

Durante nueve días un país entero estuvo conmocionado (un país menos uno), atendiendo a la información que se daba sobre los avances en la investigación sobre el paradero de Candela. Se investigó mucho y a fondo, sobre todo las posibles implicaciones criminales que el hecho podía tener. El padre de la niña era miembro de una banda criminal que se dedicaba a la piratería de asfalto, la madre tenía también sus asuntos con algunas relaciones extramatrimoniales con un delincuente... cosas que ahora no vienen a cuento.

Voy a ser muy sincero. Y si alguien se ofende, lo siento, pero es la verdad. ¿Qué cojones hace la policía? La investigación, desde un primer momento, siempre, siempre, siempre y siempre estuvo mal llevada, fue estúpida e inconexa, desorganizada y muy jilipollas. Les pagan por ocupar espacio, sin lugar a dudas. ¿Por qué digo esto? Porque se cree (ni son capaces de saberlo) que el lugar en donde estuvo retenida la niña de once años estaba a quince cuadras del lugar donde vivía. Y durante nueve días, setecientos pelotudos estuvieron rastrillando todo el país en busca de una niña que estaba en frente de sus narices. Definitivamente, nuestra policía es la leche, yo quiero ser policía cuando crezca.

Pero no venía a tratar este tema, en modo alguno... Venía a tratar un tema mucho más controversial que quizá algunos apoyen y otros no.

Hay personas que están viendo el dolor de la madre de esta niña al tener que reconocer su cuerpo. Al tener que enterrar a su hija. Al tener que afrontar la pérdida de una niña que aún no había pisado la flor de la juventud. Estamos hablando de un hecho gravísimo. Estamos hablando de algo que no tiene lugar en nuestras vidas, y ese algo es aniquilación y barbarie.

Franz Kafka pensaba que, cuando el ser humano perdiera el anhelo por la verdad, también iba a perder la humanidad, y el siglo XX iba a ser víctima de una sociedad deshumanizada y sin sentido. Creo que el siglo XX ha hablado por sí mismo; ahora bien, lo que es el siglo XXI... El ser humano ha dejado de ser humano. En su seno se ha extinguido el fuego eterno de la humanidad, aquello que nos diferencia de las fieras. El frío y gélido ventarrón del odio ha extinguido todo lo que en nosotros podía considerarse humano. En efecto, porque si todo el bien que nace en el mundo tiene su génesis y su raíz en el amor, el principio activo de la maldad en los hombres es el odio, que engendra que el hombre pierda aquello que lo hace ser hombre.

Y escuchamos hablar de progreso, de mejoras, de superhombres, de felicidad y de vida... estupideces. Mundanales estupideces. Podemos mejorar y progresar y tener políticas sociales y lo que quiera el ministro de no sé dónde o la fiscal de no sé quién. Pero lo que hemos perdido ha sido la humanidad, y eso no se remedia con políticas estatales.

La tarea del detective, al menos como la veo yo, es precisamente llevar esa verdad, por medio de la razón, en forma visible, a donde antes ha abundado la mentira y el odio. Porque si el odio ha apagado la única llama que nos hacía diferenciarnos de las serpientes, que matan por placer, entonces también vivimos en las tinieblas. El detective intenta abrir las tinieblas para llevar verdad, y a veces se hace difícil.

He entrado a mi Facebook (Dios mío, he leído un periódico virtual y he entrado a Facebook, definitivamente esto va en serio), y me he quedado pasmado al leer algunas cosas de este estilo en las publicaciones de algunos amigos.

¡Queremos que se haga justicia! ¡Pena de muerte y retorno de los militares! ¡Justicia para que Candela descanse en paz! ¡Que los hijos de puta que la mataron paguen con su vida!¡A su madre le arruinaron la vida! ¡Queremos justicia!


¿Ven lo que decía? Hemos perdido la humanidad. Nos intentamos regir por la ley talional, ojo por ojo y diente por diente. Y los que estén a favor me dirán: "Tú no estás en el lugar de esa madre". Y yo respondo: "Sé cómo está esa madre". Porque yo también tengo una madre, y ella también ha sufrido horrores por pocas cosas que nos han ocurrido a mí y a mi hermana, y sé que, en relación directamente proporcional, tendría el corazón destrozado si esto nos ocurriera a mí o a mí hermana. Pero esa es sólo una expresión que no encierra todo el sufrimiento que un ser humano puede padecer. Lo sé. Y entiendo demasiado bien cómo se está sintiendo la madre de esta niña, la conduelo y me estremezco por el horror que está viviendo.

Pero ¿estamos tontos? Queremos justicia, y yo también la quiero, pero el ir a matar a alguien que ha matado en nombre de la inocencia no es hacer justicia. Es demostrar, una y otra vez, como siempre lo hacemos, que el ser humano se ha convertido en una fiera miserable y estúpida que hace lo que el instinto le diga. ¿De verdad creen que asesinando a estos se soluciona el problema? Principiemos por el hecho de que ni siquiera sabemos quiénes son "estos". Así que, si queremos hacer justicia, primero necesitamos un objeto sobre el cual hacer justicia.

Pero en modo alguno la pena de muerte será la solución. Si admitimos la pena de muerte estaríamos declarando que hemos dejado de ser seres humanos, porque podemos aniquilar a otro ser humano, culpable de su crimen, vale, pero ser humano al fin, y alegar que él antes ha hecho lo mismo sobre una inocente para hacerlo. Es constituirnos en señores y jueces de la vida. Es tomar en nuestras manos poderes que no nos corresponden, así como no le correspondió a ellos, en un primero momento, tomar la vida de Candela en las suyas. Porque el acto de matar es matar, no tiene matices ni medias tintas, y no se atenúa sólo con decir: "Es que estamos ajusticiando al que ha cometido la misma acción". La mentalidad de: "Si él lo ha hecho, ¿por qué nosotros no podemos hacérselo a él?" es increíblemente medieval y carente de todo sentido común. Porque el sencillo acto de asesinar, o de pedir que la sangre del asesinado caiga sobre vuestras cabezas, es lo que os hace ser tan fieras como lo fue él en el momento de decidir asesinar.

Y si nos creemos lo suficientemente poderosos para tomar en nuestras manos las fuerzas de la vida y de la muerte... ¿Podéis devolver la vida? Entonces no os apresuréis a dispensar la muerte, porque ni aún el más sabio conoce cuál es el fin de todos los caminos. Porque si nuestra condena es aquello mismo que condenamos, ¿en qué justificamos nuestro accionar? La única diferencia sería que nosotros matamos a un culpable, y él mató a alguien que no merecía morir. Y no recuerdo en dónde lo leí, aunque estaba relacionado con algún estudio musulmán que hice hace unas semanas, pero está escrito... la vida es, para aquel malvado, mayor castigo que la muerte misma.

Que no se crea que considero que los asesinos no merezcan ser encontrados y enjaulados. En modo alguno. Sé que el sistema judicial y penal es una porquería, en la que se puede entrar y salir como si nada, y allí sí reconozco que deberíamos cambiar las cosas. Pero baste una sentencia duradera, un juicio inapelable, y pienso que es suficiente. Si el asesino no vuelve a ver la luz del día en lo que le queda de vida, le estará bien empleado. Pero matarlo sería aumentar un círculo de muerte. No sería hacer justicia, sería aniquilar más vidas, culpables o inocentes, pero vidas al fin y al cabo, extendiendo el círculo de muerte, horror y odio que se ha apoderado de nosotros. Si matamos a alguien más... viviremos en una sociedad más depravada y perfumada con la sangre de los hombres.

Por otra parte, aquel que piense que la pena de muerte es la solución y la forma de que los criminales dejen de delinquir... Veamos si en Estados Unidos hay un mayor o menor índice de criminalidad, luego hablemos.

Y ya puestos... Creo yo, al menos eso se me ha dado a entender, que todas las personas que en Facebook han dicho que el retorno de los militares al poder es la solución (y se incluyen aquí todas las personas que lo dicen en la vida cotidiana), también son las mismas personas que apoyan la causa de Abuelas y Madre de Plaza de Mayo o que todos los veinticuatro de marzo hacen memoria de los desaparecidos. A buen entendedor, pocas palabras.

Os dije que era un tema serio. Veo si después de esta introducción al mes de septiembre podemos tratar temáticas más amenas.


2 comentarios:

jengibre dijo...

Vaya... me has dejado sin palabras.
Creo que tienes mucha razón. Aqui en España también se suele pedir la pena de muerte tras un atentado o casos como el de Candela (como el de la niña Mari Luz bastante parecido al que relatas). Y no puedo estar mas de acuerdo contigo.

A veces hay que ponerse serios...

Nicolás dijo...

De acuerdo, pero que conste que no te he robado las palabras. Por favor, escríbase en actas y adjúntese a la vista legal del juicio para evitarme futuras demandas.

¿Si seré, no? Si seré... no pude contenerme.

A ver, a ponernos al día.

En efecto, a veces es necesaria una cuota de seriedad. Y lo que más asombra de todo esto es la falta de memoria que a veces solemos tener. Por lo común, nos conmocionamos cuando ocurren los hechos y luego le damos vuelta un par de semanas, pero después se nos termina escapando de la mente y queda todo como una anécdota curiosa o un suceso trágico. Pero vivimos una gran apatía, un desinterés generalizado y una especie de pérdida de los recuerdos.

Pero bueno, así nos va. Las cifras indican que, en lo que va de año, hay no menos de quinientos niños desaparecidos, sin contar los que no se denuncian. Así que a rogar.