Vámonos a Medium
Hace 2 años
El conocimiento es como una gran casa que se va construyendo de a poco. Y somos nosotros los constructores. Cada uno aporta (literalmente) un granito de arena, y así se hace cada ladrillo. A veces viene un Newton, un Einstein, un Bohr, un Mendel, y trae él solo treinta ladrillos, pero en general es así, granito a granito, sin que los treinta ladrillos hagan menos importante los granitos que hemos puesto.
No hay nada elemental, solo la muerte,
merece algún respeto:
la vida es tal recurso de la suerte,
que un fracaso es un reto.
Así que, amigo mío, no lamente
descubrir el secreto:
el tiempo aquí no sirve, sea valiente,
que yo soy su amuleto.
Y no se quede ahí mirando todo,
buscando explicaciones:
se respira mejor desde aquí fuera.
No hay nada elemental ni hay otro modo
para estas vacaciones:
vámonos, Holmes, el infinito espera.
Emilio Pascual, director de Cátedra, poco antes de cerrar la edición de las obras completas de Sherlock Holmes, recibió un poema anónimo. Se sospecha que el autor puede ser un conocido autor modernista, sin embargo, se desea respetar el deseo del escritor (y de sus herederos) de permanecer incógnito y se acepta con agrado infinito su particular homenaje a Holmes y Watson.
Damas, caballeros:
Temblad.
Pero ¿qué hacéis que no estáis temblando? ¡Os digo que lo hagáis!
- El mayordomo fue interrogado antes de quien fuera interrogado en la biblioteca.
- 1-a. El mayordomo no fue interrogado en la biblioteca.
- El jardinero y el ama de llaves fueron interrogados en el dormitorio y el jardín (no necesariamente en ese orden).
- 2-a. Ninguno de los dos (jardinero y ama de llaves) fue interrogado en la biblioteca o en la cocina.
- El ama de llaves fue interrogada a las nueve de la mañana.
- La cocinera no fue interrogada a las diez y treinta.
- 4-a. Fuera de las nueve de la mañana (véase enunciado y/o sentencia nº 3), la cocinera fue interrogada a cualquiera de los demás horarios disponibles (nueve y treinta o diez en punto).
- El interrogatorio que sucedió en la cocina tuvo lugar después del interrogatorio de la persona culpable y antes del interrogatorio del jardín).
Hasta aquí no parecemos haber extraído más de lo que ya sabíamos, pero eso no es del todo cierto. Tal como el legendario Sherlock Holmes le dijo a Watson en El valle del terror, no hay ningún misterio mundano que prevalesca bajo la luz de la razón pura.
Del enunciado nº 1 y de la sentencia nº 2 podemos extraer algo en claro: el mayordomo fue interrogado antes de quien fuera interrogado en la biblioteca (es decir, el mayordomo no fue interrogado en la biblioteca), y el ama de llaves y el jardinero fueron interrogados en el jardín y el dormitorio (nadie más fue interrogado ni en el jardín ni en el dormitorio). Si el mayordomo no fue interrogado ni en la biblioteca, ni en el jardín ni en el dormitorio, el único lugar que nos queda es la cocina (cuando se han descartado todos los factores, lo que queda ha de ser la solución). Por el mismo proceso lógico, si el mayordomo fue interrogado en la cocina, el ama de llaves y el jardinero en el dormitorio y el jardín (el orden no importa por el momento), nos queda la cocinera, que tuvo que haber sido interrogada en la biblioteca.
Y aunque ahora esto nos recuerde al cluedo, sigamos los razonamientos indicados.
El ama de llaves fue interrogada a las nueve de la mañana. Es decir, fue la primera en ser interrogada.
La cocinera no fue la última en ser interrogada (la sentencia nº 4 dice que no fue interrogada a las diez y treinta).
Conjugando esto con lo que ya sabíamos (por ejemplo, que el mayordomo tiene que haber sido interrogado en la cocina antes que la cocinera en la biblioteca), podemos decir lo siguiente.
- El ama de llaves fue la primera en ser interrogada.
- La cocinera no pudo ser interrogada a las nueve y media (de lo contrario, antes debería haber sido interrogado el mayordomo a las nueve, y sabemos que esto no fue así).
- La cocinera puede haber sido interrogada a las diez en punto (no hay nada que objetar a esta afirmación.
- La cocinera no fue interrogada a las diez y treinta.
Como conclusión de este pequeño listado, siguiendo un orden lógico, el único horario en que la cocinera pudo ser interrogada fue a las diez en punto. Si el mayordomo fue interrogado antes que la cocinera, entonces le toca el turno de las nueve y treinta. Por descarte (si el ama de llaves tenía turno a las nueve, el mayordomo a las nueve y treinta y la cocinera a las diez en punto), el jardinero fue interrogado a las diez y media.
Atendiendo al último enunciado, la persona interrogada antes del interrogatorio de la cocina (en donde estaba el mayordomo) es culpable. A su vez, el interrogotario de la cocina acaeció antes del ardín.
El interrogatorio de la cocina tiene lugar a las nueve y treinta, una hora antes del interrogatorio del jardín (el enunciado no exige que el interrogatorio del jardín sea inmediatamente posterior al de la cocina, sólo dice que tiene que haber ocurrido luego del antedicho).
Y la persona que fue interrogada antes del mayordomo en la cocina fue el ama de llaves.Caso cerrado.
—Apenas necesito decirle —aclaró Dupin al finalizar el examen de mis notas—, que este caso es mucho más intrincado que el de la rue Morgue, del cual difiere en un importante aspecto. Estamos aquí en presencia de un crimen ordinario, por más atroz que sea. No hay nada particularmente excesivo, outré, en sus características. Observará usted que por esta razón se consideró que el misterio era sencillo, cuando, en realidad, y por la misma razón, debía considerárselo muy difícil. Al principio, por ejemplo, no se creyó necesario ofrecer una recompensa. Los agentes de G... fueron capaces de comprender inmediatamente cómo y por qué podía haberse cometido esa atrocidad.. Se representaron imaginariamente un modo —muchos modos— y un móvil —muchos móviles—. Y como no era imposible que cualquiera de tan numerosos modos y móviles pudiera haber sido el verdadero, descontaron que uno de ellos tenía que ser el verdadero. Pero la facilidad con que nacieron tan diversas fantasías y lo plausible de cada una deberían haber indicado las dificultades del caso antes que su facilidad. Ya le he hecho notar que la razón se abre camino por encima del nivel ordinario, si es que ha de encontrar la verdad, y que la verdadera pregunta en casos como éstos no es tanto: «¿Qué ha ocurrido?», sino: « ¿Qué hay en lo ocurrido, que no se parece a nada de lo ocurrido anteriormente?» En las investigaciones en casa de madame L'Espanaye13 los agentes de G.... quedaron confundidos y descorazonados por lo insólito, lo infrecuente del caso que, para un intelecto debidamente ordenado, hubiese significado el más seguro augurio de buen éxito; mientras ese mismo intelecto podría desesperarse ante el carácter ordinario de todas las apariencias en el caso de la muchacha de la perfumería, que para los funcionarios de la prefectura eran signos de un fácil triunfo.
… el hombre se acerca al verdugo, piensa un momento mientras las palabras del juez resuenan en su mente, y luego el juez proclama “¡que elija su sentencia!”.
Toda la muchedumbre proclama a viva voz: “¡Que elija su sentencia! ¡Que se manifieste la verdadera justicia!”.
El verdugo extiende ambas manos, con un papelito en cada una, y el hombre, tras meditarlo profundamente, toma uno de los papeles y se lo come.
La multitud en pleno prorrumpe en una exclamación ahogada. El juez grita al acusado.
—¡Eres un insubordinado! ¿Lo veis todos? Si este hombre hubiese sido inocente de verdad, no habría temido la justicia de Dios, pues no habría permitido que un inocente fuese inculpado injustamente.
El acusado termina de tragar el papel y luego, tras aclararse la garganta, pide la palabra con un gesto de la mano.
—Antes de tirar la primera piedra —dice—, creo que yo sé cómo hacer para demostrar mi inocencia. ¿Por qué no vemos el papel que ha quedado en manos del verdugo? Si yo he tomado el papel que dice “inocente”, en el papel del verdugo quedará escrita la palabra “culpable”; y si yo he tomado el papel que declara mi culpabilidad, en la mano del verdugo quedará la leyenda que proclama “inocente”.
El pueblo, con esta nueva perspectiva de saber cuál había sido el veredicto, insta al verdugo a que les muestre el papel que aún conservaba. El hombre, a regañadientes, lo desdobla y se lo da a un ciudadano honesto que proclama:
—¡En este papel está escrita la palabra “culpable”! Por lo tanto, dando fe de la razón de las palabras del acusado, digo ante el juez y ante el pueblo, este hombre ha tomado y comido el papel que declara su inocencia, teniéndose en cuenta la veracidad de la prueba y la rigurosa verdad de la lógica.
El juez sabe que no tiene argumentos para contradecir absolutamente nada, por lo que golpea su banquillo con un martillo y grita a viva voz:
—¡El hombre es inocente! ¡Dejadle en libertad!
En nuestro episodio anterior...
¿Por qué dio las gracias si no recibió el vaso de agua?
Partimos del punto de que el hombre se retira dando las gracias. Esto indica que el hombre sale de esa cantina habiendo conseguido lo que buscaba. Claro está, podía tratarse de que el hombre tenía más apego a su propia vida que al vaso de agua, y si se encontraba un chiflado maniático que entendía "revólver a la cabeza" por las palabras "vaso de agua", entonces habría que salir corriendo y dar las gracias (esperando que "gracias" no significara en su idioma temporada de patos ¡dispara!").
¿Qué buscaba el hombre? Si leemos atentamente el enunciado de cabo a rabo, observamos que el motivo de entrada del hombre a esa catina es un vaso de agua. Ahora bien, lo extraño es que el cantinero no le haya dado ese vaso, y aún así el hombre haya agradecido cordialmente.
Llegamos al punto cumbre de todo razonamiento: si el hombre no había ido a por un vaso de agua, y aunque no lo hubiera recibido dijo "gracias", ¿adónde está todo esto?
Si no le dieron el vaso de agua, al menos le dieron algo que pudiera suplir ese vaso de agua. En teoría, y casi siempre, suponemos que si alguien nos pide un vaso de agua será porque tiene sed, ¿verdad? Pero en este caso el hombre no sació su sed, sino que sin beber una sola gota agradeció al cantinero.
El problema se torna menos difuso: ¿qué otra utilidad puede tener un vaso de agua? Y la pregunta que va aparejada a esta: ¿cuál de todas esas posibilidades puede reemplazarse con un revólver a la cabeza?
Tenía ipo.
... «En ella, Kekulé habló sobre la creación de su teoría. Dijo que había descubierto la forma del anillo de benceno después de tener una ensoñación sobre una serpiente que se mordía la cola (esto es un símbolo habitual en muchas culturas ancestrales, conocido como Ouroboros). Esta visión -comentó- le vino después de años de estudio sobre la naturaleza de los enlaces carbono - carbono. Es curioso que una descripción similar del benceno apareció en 1886 en el "Berichte der Durstigen Chemischen Gesellschaft" (Revista de la Sedienta Sociedad Química), una parodia de la "Berichte der Deutschen Chemischen Gesellschaft" (Revista de la Sociedad Química Alemana). La descripción aquí aparecida consistía en seis monos agarrados unos a otros formando una circunferencia, a modo de la serpiente de la anécdota de Kekulé.[2] Algunos historiadores sugieren que esa parodia era una sátira de la anécdota de la serpiente, posiblemente ya muy conocida por transmisión oral a pesar de no haber aparecido aún en papel impreso.[3] Otros han especulado sobre si la historia de Kekulé de 1890 fue una re - parodia sobre la de los monos, y no era más que una mera invención, más que una referencia real a un evento de su vida.
El discurso de Kekulé de 1890[4] en el cual aparecían esas anécdotas, fue traducido al inglés[5] Si uno toma la anécdota como el recuerdo de un evento real, las circunstancias mencionadas en la historia sugieren que debió ocurrir a principios de 1862.[6] La otra anécdota que contó en 1890, sobre una visión de atómos y moléculas danzarinas que le condujo a su Teoría de la Estructura, ocurrió (dijo él) mientras estaba montado en la parte superior de un carro de tracción animal en Londres. Si esto es cierto, debió ocurrir en 1855».
Anécdota
Un homenaje al sutil humor británico y a Sir Arthur Conan Doyle. Porque siempre me pareció que Watson no gozaba de mucho humor y que Holmes, si bien era frío para muchas cosas, gozaba de un humor… bastante peculiar.
He mencionado en alguna parte de estos anales que en dos ocasiones —en “El hidalgo de Reigate” y en “La aventura del pie del diablo”—el señor Holmes, quien me honró durante muchos años con su amistad, había sufrido por exceso de trabajo un antecedente de colapso nervioso. Su organismo estaba enteramente destruido. Esto se debió más a su obstinación y ferviente empeño en no tener una vida regular y tranquila, más que por cualquier otra causa. En síntesis, diré sencillamente que como única solución de estos pequeños problemas físicos de mi amigo, que tenían como consecuencia una posible pérdida de sus facultades, tuvimos que abandonar nuestras habitaciones en el viejo departamento de Baker Street, e ir a pasar un tiempo reponedor a la campiña inglesa. Como esas aventuras ya se han contado en los relatos que ya he mencionado, no los recordaré; aunque hubo, sino me falla la memoria, otra ocasión en la que nos vimos obligados, por una y otra causa, a abandonar no sólo Londres, sino también la misma Inglaterra.
Nuestras andanzas de solteros nos llevaron en esta ocasión al país argentino, lugar en el cual he podido observar muchos comportamientos peculiares que discrepan un tanto con la refinada conducta inglesa. No obstante, nunca en mi estadía allí dejé de notar una cosa, como suele denominarse allí a lo que es impreciso, que me hizo pensar y sentir que esa tierra era en algunos aspectos especial y distinta a la tierra que se pisa del otro lado del charco. Pero son meros detalles carentes de importancia a lo que voy a narrar ahora.
Habíamos ido sin ninguna referencia exacta y como tenía experiencia, fruto de la campaña en Afganistán, fui prevenido contra posibles desavenencias que podían darse por el hecho de que estábamos a punto de entrar en una tierra enteramente desconocida para mi amigo y para mí.
De esta manera empaqué con migo las pertenencias necesarias para acampar de una manera cómoda y práctica, y así fue como llegamos a un bonito campo abierto; si no me vuelve a fallar la memoria, recuerdo que se trataba de la Villa de Carlos Paz, en la provincia de Córdoba de la Nueva Andalucía. El lugar en sí mismo no importa mucho, pero este acontecimiento servirá perfectamente para detallar las dotes deductivas de mi amigo, y mi propia estupidez.
Nos hallábamos pasando la noche bajo las estrellas, en un bello prado cercano al río, cuando después de la cena y de una buena botella de vino nos propusimos dormir. Entramos dentro de la carpa y nos recostamos cada uno en nuestros respectivos sacos de dormir. No tardé en conciliar el sueño, aunque no tengo idea de cuanto habrá tardado mi amigo en cerrar los ojos. Tengo la certeza, no obstante, de que por lo menos durmió un par de horas aquella noche. Esto lo sé porque cerca de las tres de la mañana, el señor Sherlock Holmes me codeó y urgió para que me despertara. Medio apabullado por la modorra me di vuelta en mi precario lecho y ví aquellos ojos grises y penetrantes, mirándome fijamente, aunque también noté muy en el fondo de aquellos mismos ojos escrutadores un dejo de sueño y fatiga.
—Watson —me dijo—, ¿está usted dispuesto a mirar arriba y decirme lo que ve?
Ante esta inquisición me ví más apabullado que antes; y, como conocía de sobra el accionar de mi amigo, que consistía en hacer cosas que para mí o para cualquier otra persona no tenían ningún significado, pero que para él siempre tenían un porqué, no dudé un solo instante en responder a su pedido.
—Claro es que no tengo ningún problema en mirar hacia arriba —contesté.
—Entonces —prosiguió—, ¿por qué no lo hace de inmediato?
Entonces me senté en mi bolsa de dormir y levanté la vista hacia el cielo nocturno. Estaba plagado de estrellas.
—¿Qué ve? —preguntó.
—Veo las estrellas —contesté, un tanto asombrado de lo trivial del asunto.
—Y entonces… ¿qué deduce usted de ello, mi querido Watson? —Volvió a inquirir.
Con un asombro mayor, no dudé en responder, pero a la vez pasó por mi cabeza la idea de tratar de impresionar a mi amigo con mis propias cualidades, como lo hice al analizar cierto bastón de cierto doctor que cierta vez fue a buscar el consejo de mi amigo, en cierto episodio que ha quedado registrado con el nombre de “El sabueso de los Basquerville”.
—Bueno —comencé—, deduzco, analizando el hecho desde un punto de vista astronómico, que hay infinidades de galaxias y millares de estrellas, y, a su vez, que hay billones de planetas de distinta composición y en los cuales pueden desarrollarse infinidad de acontecimientos extraños y que escapan a nuestra razón. Desde un punto de vista teológico, deduzco que la fuerza y el poder de Dios son tan enormes que es capaz de crear esto y de darnos la posibilidad de que dos criaturas, fruto también de su creación, puedan contemplarla y a su vez sentirse pequeños y minúsculos ante su bondad y extremo amor. Desde un punto de vista meteorológico, deduzco que mañana tendremos un clima perfecto, un día despejado y límpido. Desde un punto de vista cronológico, deduzco que deben de ser aproximadamente las tres y quince de la madrugada. Y desde un punto de vista astrológico, deduzco que, por la incandescencia de Júpiter y de Marte, hay una conjunción con sagitario y Escorpio —concluí, sintiendo muy dentro de mí un profundo sentimiento de autosatisfacción y suficiencia. Creyendo que había impactado a mi amigo, pregunté—: ¿Y usted, querido Holmes, qué deduce?
A esta pregunta siguió un largo silencio, que fue interrumpido por la respuesta de mi compañero.
—Deduzco, mi querido Watson, que se le ha borrado de la cabeza un antiguo y lejano axioma, el que decía que las circunstancias más extraordinarias son las que más comúnmente tienen la explicación más sencilla, como en el caso de “El hombre del labio retorcido”.
—¿Y por qué deduce usted eso? —pregunté, asombrado de ese comentario tan ofensivo.
—Deduzco eso —respondió— porque veo, Watson, que se ha esforzado por sobre manera de deducir grandes cosas, y se ha olvidado de deducir la más sencilla y esencial; la cual, por cierto, yo sí logré deducir.
Y un poco contrariado y acalorado, le pregunté:
—¿Y cuál es esa deducción tan sencilla y brillante que ha logrado conseguir y que a mí se me pasó por alto?
—La más sencilla, mi querido doctor —repuso al tiempo que soltaba una estridente carcajada—. Nos han… HM… ¿cuál es la expresión que usan los nativos de esta tierra? Ah, sí: nos han “afanado” (1) la carpa.
Fin.
Sir Nícolas Vásquez de Aragón.
(1): Expresión lunfarda que expresa la acción de robar o hurtar. Usada generalmente en Argentina. Ejemplo: “Nos han robado la carpa”. “Nos han afanado la carpa".
Aquí podéis encontrar la entrada en la que se anuncia la entrega de este precioso regalo y la poesía que cuenta la historia de esta mariposa multicolor.