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domingo, 23 de enero de 2011

Parque Jurásico y El mundo perdido - Michael Crichton



Siempre me gustaron los dinosaurios. Insto a alguien a que diga lo contrario en su infancia (en cuyo caso, y si resultare que a alguien de verdad no le gustaban, entonces el bonito rostro que me iba a quedar). El mismísimo Arthur Conan Doyle, quien hoy es tristemente conocido sólo por sus obras policiales, fue un precursor poco reconocido en las obras de ciencia ficción. Le atribuimos sólo la creación de Sherlock Holmes, pero en realidad él es —Arthur Conan Doyle, no nos confundamos con el detective— uno de los padres de la novela de ciencia ficción. El profesor George Edward Challenger, el gorila vestido de traje con letra de alambre de púas, es casi tan conocido como Sherlock Holmes, caballero del reino, para aquel que sea admirador incondicional de Sir Arthur Conan Doyle, prolífico escritor y médico graduado.

Challenger es un tipo extraño, demasiado excéntrico y con ideas un tanto extravagantes sobre la ciencia y lo que nos rodea. Es todo un incomprendido, y como tal, me fascina en muchas de sus facetas. Sus reverencias burlonas a Sumerlee o su clásico: "¿Quiere alguna otra comprobación de que en la maldita meseta hay vida animal?", preguntó mientras sujetaba el mentón y la nuca del anciano profesor y las encaminaba hacia la visión de una serpiente bajando de la ladera... es inconfundible para todo buen friki que se aprecie de querer a Conan Doyle. Fue este mismo sujeto, Arthur Conan Doyle (si pronuncias muchas veces su nombre aparece detrás de ti), el que escribió una de las novelas más soberbias de ciencia ficción que se han escrito en la historia del mundo mundial.

Hablo de El mundo perdido, una novela que no tiene desperdicio. No es de esta novela de la que va el post, pero es necesario hacer un alto aquí para ponernos en contexto y entender la obra de Michael Crichton, si bien a primera vista la semejanza que guardan no es de un orden mucho más profundo de lo que podemos apreciar. En resumidas cuentas, para ir directo al centro del post, el profesor George Edward Challenger es un gran científico que llega de una exploración desde Sudamérica, y en un determinado momento, al tiempo que soltaba cosas como "he visto animales fantásticos", pierde toda su credibilidad y se transforma en el blanco de las burlas de toda la comunidad científica (y de la comunidad ordinaria también, para qué negarlo). En consecuencia, el profesor adquiere una actitud retraída, bohemia y malhumorada en todos los aspectos de su desdichada vida. Odia y aborrece a los periodistas, a los que saca a patadas (puñetadas y golpes con sillas) de su casa cuando van a interrumpirlo, o eleva a su esposa hasta sentarla en una columna de mármol de más de dos metros (a lo que uno se pregunta "¿en qué estaba pensando esa mujer al casarse?"). En un momento dado de la historia, un periodista, arrebatado por las garras de un cruel amor que le exige azañas heroicas, decide enfrentarse a Challenger y descubrir, quizá en busca de una nueva aventura, cuál es el secreto que encierra su misterioso viaje. Con ayuda de un sujeto que es bacteriólogo, logra entablar contacto vía carta con el profesor, con la vana esperanza de poder engañarlo y hacerle creer que él, Edward Malone, es un estudiante de ciencias interesado en su trabajo y que cree poder aportar algo nuevo y que sirva como comprobación de sus hallazgos. El profesor Challenger accede a concederle una entrevista, y ahí Malone se percata de que no será tan fácil. Después de puños, patadas, sillas y adoquines, el profesor Challenger invita a Malone a retornar a su estudio, y es en esa entrevista en la que le revela una gran verdad, un nuevo descubrimiento. ¡Ha encontrado un mundo en el que seres prehistóricos aún continúan viviendo! Guiándose por las habladurías de los nativos (y por los restos de las pertenencias de un artista norteamericano que había estado en el mundo perdido con anterioridad), encuentra por fin la meseta en la que logra matar un pterodáctilo, consigue fotografías extraordinarias y termina perdiendo absolutamente todo cuando su balsa termina cayendo en uno de los rápidos. Esa misma noche, el profesor Challenger es invitado a una conferencia como panelista, y en cierto punto en que el conferenciante menciona, en medio de un relato pintoresco sobre la creación, el origen de la vida y la evolución de las especies, la extinción de dinosaurios, el ponente Challenger dice con toda la potencia de un toro bramador "¡PROTESTO!". tras un largo rato de cachondeo, el profesor termina exponiendo sus hallazgos, y se termina proponiendo una excursión para corroborar o refutar el encuentro de esa meseta prehistórica de la que habla el brusco profesor. Edward Malone (¿cómo no?, Lord John Rosthon y el profesor Sumerlee son los expedicionarios que se embarcarán hacia Sudamérica para encontrar esa meseta, oculta en las profundidades del Brasil, guiados por las instrucciones de Challenger en un sobre. Tras un largo viaje y una larga espera, llega el momento de abrir el sobre, ya en tierras sudamericanas, y el profesor hace una triunfante aparecida para revelar que él será el verdadero guía. Y las novela discurre en una serie de aventuras que conducen a la Tierra de Maple Withe, como deciden nombrar aquel prehistórico lugar. Monstruos gigantescos y terroríficos deambulan por la meseta, protegidos por una extraña catástrofe natural. Y la novela es excelente. Os la recomiendo, porque tiene momentos imperdibles.

El planteo de la presencia de esos animales aquí es el siguiente: En un momento dado, un movimiento de las placas tectónicas hizo que esta meseta se elevara, elevando a toda la fauna y la flora que contenía. Por consiguiente, este submundo quedó aislado del resto de la tierra, de modo que las leyes que regían fuera de la meseta no eran las mismas que las que imperaban dentro. La novela discurre en que, sea cual fuese la causa de la extinción de los dinosaurios, esas causas, esas leyes externas, no afectaron el mundo que estaba contenido en la meseta, por lo que estos seres prehistóricos no supieron nada de una gran extinción, de un desarrollo de nuevos seres dominantes. Estos seres siguieron sus vidas como si nada hubiese cambiado, y ahora los nuevos colonos han llegado para estudiar, para tener la posibilidad de estudiar a detalle la vida prehistórica. Este es, a lo mejor me dejo algún otro en el camino, el único planteamiento extraordinario que se propone en toda la trama, y el resto son aventuras y mucha comedia (al menos yo lo veo así). Challenger se luce con todo en esta obra, de eso no cabe la menor duda. La sola posibilidad aterra y fascina, la sola posibilidad de que seres de otro mundo, de otro tiempo, de otra historia, puedan permanecer vivos a nuestro lado, sin que nosotros lo sepamos. He aquí la grandilocuencia con que Doyle enfoca el tema. Es ciencia ficción, pero también es fantasía. No es una ciencia ficción filosófica, como la de Bradbury, y tampoco es una ciencia ficción técnica, como la de Verne, es una ciencia ficción natural, meramente abocada al y si... ¿Y si no estamos solos? ¿Y si ellos siguen aquí? ¿Y si la verdad está ahí afuera? Huy, qué mal que estoy.

El concepto en el que basa su argumento es simple. Y por esa simpleza, fascinante y atrapante. No te deja indiferente. Y por supuesto, con el amargo tono de Conan Doyle, la novela termina con la aventura venciendo al amor, al joven Malone volviendo con la cabeza gacha a organizar una nueva expedición a la Tierra de Maple Withe, y rebautizando el Lago Gladys a simplemente Lago Central (esto es lo verdaderamente innovador de Arthur Conan Doyle; ¡cualquier otro escritor habría dicho lo contrario!).

Michael Crichton fue un antropólogo que nación en Chicago, en Ilinois, al igual que Ray Bradbury, y de su pluma nacieron grandes relatos que todos conocemos. Como curiosidad, Arthur Conan Doyle fue médico, pero siguió escribiendo a causa de que no tenía clientela y sí mucho tiempo libre, y Crichton también estudió medicina, dedicándose por completo siempre a la literatura.

Quizá la obra más conocida de Michael Crichton, debido a su adaptación cinematográfica, sea Parque Jurásico, aunque veo que ha escrito mucho más durante toda su vida y quisiera profundizar en estos libros que tengo aquí cuando esté más desocupado. Es ciencia ficción. Es en muchos aspectos semejante a la de Julio Verne, pero roza también un aspecto natural que es el que se profundiza en la película. Sobre filosofía... discurre sobre un tema filosófico en cierto momento del libro, pero no es una filosofía hogareña como la de Bradbury. Bradbury trata temas muchos más profundos, muchos más complejos y con mucha más sencillez, reduciéndolo todo a una pregunta que origina la filosofía. Como se escribió en Fides et ratio, la filosofía es una ciencia inútil por naturaleza, porque no da ningún beneficio tangible a los seres humanos, y el beneficio que aporta es insustancial. Sin embargo, la filosofía nace de una pregunta que el ser humano se formula a sí mismo por la natural inclinación a conocer la verdad, la curiosidad, la capacidad de querer encontrar el origen. Esto nos define. Buscamos el origen y la verdad, tenemos una natural tendencia a querer saber qué es lo que nos ocurre. ¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí? ¿Hacia dónde voy? Son las preguntas que el ser humano se hace continuamente. Cuando yo era niño, al menos, me las hacía con mucha frecuencia, y como es lógico, no podía encontrar ninguna respuesta. Y ahora veo que esa frecuencia ha ido disminuyendo. Como dice Juan Pablo II en Fides et ratio, en el último siglo, el hombre ha perdido todo interés por la meta original de la filosofía (amor por la sabiduría) que era el conocer la verdad y contestar a esas preguntas. La filosofía se ha trivializado, y ya no busca las grandes respuestas, sino se limita a señalar las limitaciones de los seres humanos y a dejar de lado la idea de lo trascendental. Ray Bradbury pregunta algo escabroso y lleno de verdad: "¿Qué ocurriría si los seres humanos dejáramos de serlo?". No de una forma extraordinaria, no de una forma magnífica, sino en cosas sutiles, cosas que pueden vislumbrarse pero que nunca se tcharían de abismal peligro para los seres humanos.

La filosofía de Crichton es otro cantar. Es menos compleja, menos profunda, menos comprometida con la raza humana en términos de existencia, pero es mucho más compleja gramaticalmente hablando. Cuando uno lee a Bradbury sólo le basta ver la acción del cuento para entender la idea sin la necesidad de una explicación; con Crichton uno necesita una perorata para entender una idea filosófica muy limitada. Aún así, todo lo que Crichton menciona en estas obras (son dos libros los que he leído) son bastante interesantes y algunas me parecen dignas de ser profundizadas.

En principio cabe destacar una abismal profundidad con la película. La película es una porquería en comparación a la novela, y eso que a mí ese film me gustó mucho. La idea central es la que todos conocemos: "¿Se pueden clonar animales extintos? ¿Cómo? ¿Para qué? ¿Y qué ocurre después?". En ciertos aspectos, la novela supera mucho a la película. La película sólo betea en algunas cosas la parte más profunda, la parte filosófico y reflexiva del libro, y deja sólo la parte de acción, la parte de terror, la parte de aventuras... El libro, casi en su totalidad, es reflexión, la aventura es el añadido. Es un buen compendio de muchos géneros. La ciencia ficción, partiendo de ciencia y añadiendo un ideal fantástico, da el punto de arranque a la historia. El misterio en ciertas partes, sobre todo al principio, da origen a la puesta en escena de los elementos necesarios para el clímax. Ya en medio de la tensión de la expectativa surge la reflexión sobre la teoría del kaos y las ecuaciones no lineales. Se explora el complót, la conspiración y el espionaje industrial más a fondo. Del desconcierto pasamos a la explicación, se resuelven muchos misterios, se explica el proceso de clonación y develamos la parte de ciencia ficción (necesaria en toda novela que se precie). Y luego comienza el caos. Lo descontrolado. Lo irracional. La teoría del caos guarda profunda relación con el comienzo de la aventura: Todo sistema confuso e impredecible tiene cierto orden subyacente, y, al mismo tiempo, todo sistema en apariencia sencillo tiene resultados impredecibles. El aparente orden, el sistema cósmico que se ha manofacturado para establecer con claridad la vida de los animales, se ve derrumbado por una serie de factores que acaecen al mismo tiempo, echando por tierra las precauciones, las armas, la seguridad y todo lo que se había planificado. Y aquí comienza el descontrol o la crisis. Es la aventura.

Cuando vi la película, recuerdo que encontré que estaba calificada como terror, y ciertamente daba miedo... aunque era suspenso en realidad. El libro es una mezcla del terror y del suspenso, pero ninguno de los dos ocupan un lugar primo en el desarrollo de la historia. Me explico. Desde el principio sabemos que el principal peligro que corren los personajes es este: Estar libres en un lugar donde hay dinosaurios carnívoros libres. Al conocer el peligro que envuelve a los personajes, se esfuma uno de los principales elementos terroríficos de la trama. Si uno quiere dar miedo, lo ideal es que el peligro permanezca en la sombra. No. Desde el principio sabemos que hay Tiranosaurios y Velocirraptores y Dilofosaurios y que estos comen carne. Sabemos que los seres humanos son carne. Sabemos que los seres humanos no gobernaríamos el planeta de estar estas criaturas con vida. Desde ahí quitamos terror a todo esto. ¿Ergo? Tenemos que la principal fuente de terror es el suspenso. El suspenso de no saber en dónde están los dinosaurios, el suspenso de no saber por dónde van a atacar, el suspenso de entrar en un lugar oscuro creyendo haber oído algo en las sombras. Incluso el suspenso de no saber nada. De acuerdo, sabemos que son dinosaurios, pero ¿quién ha visto un dinosaurio antes? Reformulo la pregunta: ¿Quién ha visto a un dinosaurio libre antes? No conocemos sus reacciones, sus mecanismos de defensa actuando en la práctica, ni sus inclinaciones o tendencias, sus hábitos de cacería y su forma de reaccionar ante determinados estímulos. Esto es lo único que da miedo, lo demás es bagatela.

En la película, como es evidente, el terror incrementa porque la imagen causa más impacto, más sorpresa y más emoción (y aquí un punto a Spielberg, ha sabido darle el género de terror).

Fuera de eso, el caos reinante es contrapunteado constantemente con la teoría, con el método y con el orden. Y aquí conviene señalar a algunos personajes importante del primer libro.

Resultaría complicado determinar a un protagonista, aunque yo estoy, y esto es un análisis literario objetivo, no es cuestión de gustos, entre Alan Grant y Ian Malcolm. Vamos desde arriba, en tonalidad de do mayor...

Tenemos a Alan Grant, un renombrado paleontólogo que había sido consultado con anterioridad por un tal John Amond, un personaje desconocido, acerca de hábitos de dinosaurios recién nacidos. Él es contactado hacia el comienzo de la historia por John Amond, se le ofrece sesentamil dólares para ir a hacer unas verificaciones (prestar un servicio de consultoría) durante el fin de semana a una isla cercana a la costa oeste de Puerto Rico. Termina accediendo, sabiendo que ese dinero le ayudaría a financiar las excavaciones arqueológicas de los próximos dos veranos. La principal diferencia con la versión cinematográfica es que en el libro Grant sí conocía de antemano a Amond, aunque más no hubiese sido por teléfono. Al final, tiene otros detalles en los que difiere grandemente con la versión fílmica (por ejemplo, en la película Alan Grant se muestra reacio a entablar conversación con uno de los nietos de Amond, mientras que en el libro se maravilla al saber que el muchacho está fascinado por los dinosaurios).

Ellie Sattler. Paleobotánica. Alumna del profesor Grant. Ella también es contratada por John Amond como consultora durante ese fin de semana, recibiendo los mismos honorarios que su profesor. Se la describe como una mujer joven y muy activa, aunque en lo personal, y ya para señalar una crítica a este autor, el personaje me pareció demasiado hueco y vacío, muy clicheado.

Iam Malcolm. Un teórico y matemático. Un sujeto extraño, un gran friki de la informática y de la matemática y un engreído en toda regla. No obstante, a pesar de la carencia absoluta de humildad en este sujeto, termina siendo quien tiene la razón desde el comienzo. Un detalle significativo es que Grant representa la acción y Malcolm la teoría. A mitad del libro, cuando ya había soltado buenas perlas de sabiduría sobre la teoría del caos, ecuaciones lineales y no lineales, sistemas dinámicos lineales y dinámicos no lineales, es atacado por el Tiranosaurio Rex. Después de eso, para sofocar una herida en sus extremidades inferiores que le habían dejado el hueso astillado, lo inyectan hasta el fondo con morfina y de aquí parece salir la mejor parte del tipo. Porque, drogado y todo, parece estar más lúcido y tenerla más clara que en el resto de la historia. Desde que comienza a correr la morfina por sus venas, no para de hablar con fluidez sobre la ciencia, la teoría del caos, distribución de poblaciones, abstracciones y más abstracciones. Él representa el contrapunto de Grant en la historia. Mientras que el paleontólogo está intentando cruzar un río sin que los pterodáctilos le arranquen la cabeza, este tío alucina y comienza a comparar a los maestros de karate con los nuevos científicos (es pesimista en cierto sentido, y su arrogancia genera un efecto contrastante con esa visión negativa de la humanidad). Por otra parte, tiene bastante buen humor. He dicho que él y Grant representan polos opuestos, generan un contrapunto, pero es distinto a lo que se ve en la película. Fallo de Spielberg: En la película la tensión entre ambos surge de una tontería como lo es la supuesta atracción que sienten ambos hacia la doctora Sattler. Fallo gravísimo de Spielberg. Tenía en sus manos la posibilidad de tomar el más grande cliché de todos los tiempos, betarlo por completo y para siempre del cine y va y hace todo lo contrario, cayendo en la reiteración. De acuerdo, en el libro se deja evidente que la susodicha doctora es atractiva incluso para un nieto de Amond (el muchacho no cuenta con más de once años, eso es lo gracioso), pero la tensión que se ve en la película entre estos dos personajes no es original. De hecho, la primera descripción de Malcolm es la de un hombre calvo y anómalo. Y lo primero que le dice a la doctora Sattler es: "Tiene usted unas piernas hermosas, podría pasarme el día entero mirándolas". Ergo, cuando una persona es así de directa se sabe que la cosa comienza y acaba en ese mismo segundo con algo más importante.

John Amond. Es el excéntrico empresario que inicia el proyecto de Jurasic Park como cara visible de su industria de manipulación genética. Es un estúpido, lisa y llanamente, aunque otro fallo garrafal de Spielberg es presentar a un sujeto bondadoso que quería mostrar dinosaurios a los niños del mundo... Siendo que en el libro lo que dice es: "Mostraremos dinosaurios a los niños del mundo... De acuerdo, será sólo a los niños más ricos del mundo, pero se los mostraremos".

Tim Murphy. El nieto mayor de Amond (once años). Un genio en toda la extensión de la palabra.
Alexis Murphy. La hermana menor del anterior, nieta también de Amond. Me resulta insoportablemente estereotipada en ciertas partes de la novela, pero vamos, no es que haya sido un personaje bien planificado. Sobre el cambio que introducie Spielberg en el film... a fines prácticos, y por lo que muestra la película, no tiene mayor trascendencia. Para lo que muestra la película, en otras palabras, que la niña sea mayor que su hermano no hace nada. Por lo tanto no sé si calificarlo de fallo, aunque sí se hubiera ganado mucho si se hubiesen incluido escenas como la cascada, el viaje en balsa o el toqueteo de botones en la sala de control, y aquí sí hubiese sido necesario que el niño fuera mayor que su hermana.

Los demás son técnicos, cazadores, veterinarios (la hija de este veterinario, Harding, aparece en la secuela de esta novela), representante de inversores e ingeniero o programador informático (el que se vende a la competencia para robar embriones de los dinosaurios) (muere atacado por un dilofosaurio).

Hubo algunas ideas que me gustaron mucho, aunque ponerlas aquí sería demasiado monumental... No obstante, reseñaré la que más me llegó en su momento. En principio cabe destacar que, a diferencia de la película (aquí leo que el guión lo iba a hacer el mismo Crichton, pero después lo hicieron otros dos sujetos, por lo que perdieron una oportunidad brillante de hacer meya en la historia del cine), la teoría del caos tiene una gran preeminencia en el desarrollo del argumento. Iam Malcolm desde el comienzo, desde que se solicitaron sus servicios para diagramar una teoría de cómo funcionaría un parque hipotético de esas condiciones, pronosticó que todo se saldría de control. En el film lo único que hace es jugar con gotas de agua, pero ese ejemplo lo usa otro personaje y en otro momento para definir un gráfico de Malcolm que el mismo Malcolm había definido como Efecto Malcolm (que sobreabunde el ego). Así como cada sistema caótico tiene un orden subyacente, un sistema en apariencia cósmico tiene resultados impredecibles. Si lanzamos una bala de cañón con cierta masa, con cierta fuerza y con cierta declinación, sabríamos cuánto trabajo se aplica o cuánta distancia recorrería (comprobado después de mucho razonarlo). Este es un sistema clásico, un sistema de Newton. Ahora bien. Si se cambian ciertas variables, si disminuimos un poco la masa del cuerpo, reducimos sólo un poco la inclinación, aplicamos una fuerza casi idéntica a la primera... obtendríamos un resultado casi idéntico al anterior (esto no me he puesto a comprobarlo). Pero no ocurre lo mismo con lo siguiente. Tenemos toda una atmósfera, con cierta temperatura, cierta presión y cierta corriente de viento. Esto da por resultado determinado estado del tiempo en cierto momento. Pero si volviéramos a configurar estos valores, pero no fuesen los mismos valores, sino casi la misma temperatura, casi la misma presión y casi la misma corriente de viento, no obtendríamos casi el mismo estado del tiempo que en el caso anterior. Esto delimita la barrera entre lo lineal y lo que no lo es. La turbulencia, el bombeo de la sangre, el pensamiento y todo lo que sea desorganizado no lo puede calcular la física tradicional. Y aún el más ordenado de todos los sistemas, por ejemplo una mesa de villar con sus bolas, puede caer en el caos completo. Sistemas en apariencia simples tienen resultados impredecibles. En esa mesa de villar, por ejemplo, se puede calcular la masa de una bola, la fuerza que se le imprimirá, la aceleración que alcanzará, la trayectoria que seguirá y los efectos de la colisión con otras bolas. Se podría seguir así indefinidamente, de modo que pudiéramos saber en qué lugar estarán todas las bolas dentro de las próximas tres horas, pero existen otros factores, otras variables que no se toman en cuenta, como la rugosidad del paño, el rozamiento con otros cuerpos y con el aire, imperfecciones en la misma bola. Al final el sistema se torna caótico, impredecible, a pesar de su aparente sencillez. Malcolm opina que la isla colapsará más tarde o más temprano.


Todo lo anterior no me ha atraído mucho. De acuerdo, uno se queda con saber más sobre la teoría del caos, pero en estos momentos, una de las ideas que propone el autor en el libro es la que más me ha llamado la atención. En cierto momento (tras una inyección de morfina ¡hurra!), el doctor Malcolm comienza a hablar sobre la ciencia y los científicos para descalificar todo el trabajo que había hecho Amond. Dice algo como esto:


«—Si recuerdo bien —dijo Malcolm—, predije que todas las cercas fallarían.
Hammond suspiró, y se dejó caer en una silla:
—Maldita sea —dijo, sacudiendo la cabeza—. Seguramente no habrá escapado a su
percepción que, en el fondo, lo que aquí estamos intentando es una idea extremadamente
simple: mis colegas y yo determinamos, hace varios años, que era posible hacer clones
del ADN de un animal extinguido, y de desarrollar ese animal. Eso nos pareció una
magnífica idea: era una especie de viaje por el tiempo, el único viaje por el tiempo de todo
el mundo. Traer a esos animales de vuelta, vivos, por así decir. Y, puesto que era tan
emocionante, y puesto que era posible hacerlo, decidimos seguir adelante. Conseguimos
esta isla... Avanzamos... Todo era muy simple.
—¿Simple? —dijo Malcolm. De alguna forma había encontrado energía para sentarse
en la cama—: ¿Simple? Es usted más estúpido de lo que suponía. Y ya opinaba que era
un estúpido de gran magnitud.
—Doctor Malcolm —intervino Ellie.
Y trató de ponerle en una posición más cómoda de espaldas. Pero Malcolm no estaba
dispuesto a cejar: señaló la radio, los gritos y los alaridos.
—¿Qué es eso que está pasando ahí afuera? —inquirió—. Ésa es su idea simple.
Simple: usted crea nuevas formas de vida, de las cuales no sabe nada en absoluto. Su
doctor Wu ni siquiera conoce el nombre de las cosas que está creando; no se le puede
molestar con detalles tales como cómo se llama la cosa, y menos aún qué es. Usted crea
muchas en un plazo muy corto, nunca aprende cosa alguna sobre ellas y, sin embargo,
espera que hagan lo que usted quiere porque usted las fabricó y piensa, en consecuencia,
que es su dueño; se olvida de que están vivas, de que tienen inteligencia propia, y de que
pueden no obedecer lo que usted quiere que hagan; y se olvida de cuan poco sabe usted
sobre ellas, de cuan incompetente es para hacer las cosas que, con tanta frivolidad,
denomina simples... Dios bendito...
Volvió a acostarse, tosiendo.
—¿Sabe qué es lo que tiene de malo el poder de la ciencia? —prosiguió—. Que es una
forma de riqueza heredada. Y ya sabe usted cuan imbécil es la gente congénitamente
rica. Nunca falla.
—¿De qué está hablando? —preguntó Hammond.
Harding hizo un gesto, indicando delirio. Malcolm le lanzó una mirada.
—Le diré de qué estoy hablando —contestó—: La mayor parte de las distintas clases
de poder exigen un gran sacrificio por parte de quien quiera tener ese poder. Hay un
aprendizaje, una disciplina que dura años. Cualquiera que sea la clase de poder que se
busque. Presidente de la compañía. Cinturón negro de karate. Gurú espiritual. Atleta
profesional. Sea lo que sea lo que se persiga, hay que ponerlo en el tiempo, en la
práctica, en el esfuerzo, hay que sacrificar muchas cosas para lograrlo. Tiene que ser muy
importante para uno. Y, una vez que se alcanza, es el poder de uno mismo; no se puede
delegar: reside en uno. Es, literalmente, resultado de nuestra disciplina.
»Ahora bien: lo interesante de este proceso es que, en el momento en que alguien
adquirió la capacidad de matar con sus manos, también maduró hasta el punto en que
sabía cómo utilizar ese poder. No lo utilizaría de manera imprudente. Así que esa clase de
poder lleva una especie de control incorporado: la disciplina de conseguir el poder cambia
a la persona, de manera que esa persona no hace mal uso de su poder.
«Pero el poder científico es como la riqueza heredada: se obtiene sin disciplina. Una
persona lee lo que otras hicieron, y da el paso siguiente. Puede darlo siendo muy joven.
Se puede progresar muy de prisa. No hay una disciplina que dure muchas décadas. No
hay enseñanza impartida por unos maestros: se pasa por alto a los viejos científicos. No
hay humildad ante la Naturaleza. Sólo existe la filosofía de hacerse-rico-pronto, hacerseun-
hombre-rápido. Engañar, mentir, falsificar, no importa. Ni para uno ni para sus colegas.
Nadie nos critica: nadie tiene pautas. Todos intentan hacer lo mismo: hacer algo grande, y
hacerlo rápido.
»Y, como uno se puede levantar sobre los hombros de los gigantes, se puede lograr
algo con rapidez. Uno ni siquiera sabe con exactitud qué ha hecho, pero ya informó sobre
ello, lo patentó y lo vendió. Y el comprador tendrá aún menos disciplina que el científico:
el comprador simplemente adquiere el poder, como si fuera cualquier bien de consumo. El
comprador ni siquiera concibe que pueda ser necesaria disciplina alguna.
—¿Saben de qué está hablando? —se inquietó Hammond.
Ellie asintió con la cabeza.
—Yo no tengo ni idea —dijo Hammond.
—Lo expresaré en forma sencilla —dijo Malcolm—. Un maestro de karate no mata
gente con las manos desnudas; no pierde los estribos y mata a su esposa. La persona
que mata es la que no tiene disciplina, no tiene restricciones, y que salió y adquirió su
poder como una dosis de droga. Y ésa es la clase de poder que la ciencia fomenta y
permite. Y ésa es la razón por la que usted cree que construir un lugar como éste es
simple.
—Era simple —insistió Hammond.
—Entonces, ¿por qué ha salido mal?».


A estas disquisiciones es a las que hacía alusión antes. El autor hace gala de una maestría excelsa a la hora de conjugar escenas de acción o de aventura con este tipo de reflexiones. Cabe destacar que, y sin tomar en cuenta que este sujeto es matemático y me cae terriblemente mal, es siempre el doctor Malcolm el que ejecuta estos sermones sobre la naturaleza humana. Antes hay otro, muy crudo, sobre la labor destructiva de la ciencia y de los científicos, y de cómo algunos sólo buscan dejar una huella tremenda y terrible en algo bello y hermoso, destruyendo y aniquilando sin cesar. Y creo que más adelante en el libro explica cuál fue el momento en que perdieron el camino, o quizá me confunda con el prólogo, que habla de lo mismo. Es el momento en que estalla una revolución genética, en que la ciencia deja de ser una búsqueda de verdad y se transforma en una búsqueda del tesoro, y en esa búsqueda gana el mejor postor, gana quien pueda dar más de sí mismo, y gana quien tenga menos escrúpulos. Estos tres temas son los que me llamaron la atención. Y concuerdo en muchos aspectos.

¿Es verdad? ¿Tienen los científicos en sus manos un poder de inalcanzables dimensiones? ¿Y están capacitados para utilizarlo? Me gusta la expresión "filosofía de hacerse rico", el dejar de lado las interminables horas de estudio para llegar al conocimiento... y a la sabiduría de qué hacer con ese conocimiento. Tener conocimiento sobre algo sin tener la sabiduría para saber cómo usarlo es como darle un arma de fuego a un niño de dos años. ¿Es verdad todo esto? Me temo que sí, y a veces da miedo.

Al tener una inclinación instintiva a las ciencias he terminado desarrollando una filosofía. Las ciencias no deben ser para que el hombre meta la mano en donde una sabiduría mayor no lo mandó a meterla. La ciencia debe servirnos para descubrir, conocer y maravillarnos de los misterios ocultos de la creación, sorprendiéndonos a cada paso como extasiados ante una visión extraordinaria de un universo nuevo, un universo cambiante y desconocido. Sabemos nada. Creemos conocerlo todo. Me llamó la atención esa pregunta: "¿En dónde está la humildad ante la naturaleza?". Siempre he sostenido que ante las tormentas el hombre se ve indefenso y frágil. Ante las estrellas, sobrecogido y pequeño. Ante el prado cubierto de sol, observador y silencioso. Ante los grandes témpanos de hielo, maravillado y fascinado. La humildad es algo que se ha perdido, lo mismo que la costumbre de ver las estrellas, de sabernos pequeños e ínfimos ante lo que se abre más allá. No creo en el superhombre de Nietzche, me parece lo más descabellado que oí en toda mi vida. Cuando quitamos la humildad a un ser humano, lo despojamos, quizá, de su mayor virtud, de lo único que podría frenarlo antes de cometer un acto atroz y catastrófico. Por la falta de humildad hemos tenido que soportar dictaduras militares, guerras que acabaron con personas inocentes, sucesos como la solución final, y aquí paramos. Quizá sea necesario replantearnos, en tiempos en que el relativismo está tan de moda como en la época de los sofistas, en épocas en las que la humanidad cambia de paradigmas y en momentos en los que atendemos a las consecuencias presentes de actos pasados, cuál es el valor que le atribuimos a un poder tan grande como el de las ciencias. No hay que confundirnos. Tener el poder para hacer algo no significa que se deba hacer algo. Como tío Ben dice en esa legendaria adaptación que vivirá en el corazón de todos los frikis de la historia: "El hecho de poder hacer algo, no te da derecho a hacerlo. Recuerda, Peter, un gran poder conyeva una gran responsabilidad".

Hay un momento en que tenemos que detenernos, y ese momento es este momento. Y pensar con claridad y lucidez, porque aún no sea tarde para corregir el rumbo. Este mundo necesita científicos dispuestos a ser rectos, a guiarse por convicciones y valores éticos y morales universales que nos conduzcan por un buen sendero. El hecho de tener mucho poder en las manos no debe ser motivo para creerse con el poder para hacer todo lo que queramos. Creo que Spielberg erró garrafalmente en esto: pudiendo tomar esta idea del libro, idea muy pequeña pero muy fuerte y muy cierta, y adaptarla para que el prota indiscutido del film la dijese en un momento crucial y bla, bla, bla... pudiendo convertir una película con los típicos clichés en una película con los típicos clichés y con un mensaje muy necesario para el siglo XXI, dejó de hacerlo.

¿Detalles impositivos de estos dos libros de Michael Crichton? Creo que no guarda correlación con algunas de las teorías expuestas en ambas novelas. En la primera novela, por ejemplo, el doctor Grant se queda inmóvil ante el T-Rex y el dinosaurio sólo le pega un coletazo, en clara alusión a eso de que si los Tiranosaurios tenían una cavidad ósea similar a la que tiene la rana en el cerebro debía tener también los mismos mecanismo de reacción, por lo que sólo vería aquello que tuviese movimiento, dejando de lado las cosas que no se movieran. En la segunda novela, por ejemplo, esto se descarta cuando otro T-Rex ataca directamente a una persona que había recurrido al mismo truco de quedarse inmóvil. En el primer libro se describe que los velocirraptores tenían un sistema estructurado de cacería y de organización. De hecho, esto se comprueba cuando Grant y Sattler bajan al nido de los raptores y los encuentran bien formados, con las nidadas bien establecidas y con un sistema bien organizado de matriarcado. Ahora bien. En la segunda novela, cuyo protagonista indiscutido ahora sí es el doctor Malcolm (Grant no aparece en este libro), se dice todo lo contrario bajo la mirada de este hombre que, recordemos, era un teórico matemático (oh, y de pasar a no saber nada sobre dinosaurios, termina siendo uno de los mejores paleontólogos en la segunda novela). Es más, cavilando sobre la evolución (¿cómo no?) cedado hasta las trancas con morfina, el hombre se pregunta si el hecho de tener una mente evolucionada no requería ciertos sacrificios. Daba como ejemplo el hecho de que los animales de especies menos desarrolladas alcanzaban independencia después de un periodo relativamente breve de tiempo, en tanto que las crías de mamíferos más evolucionados requerían más tiempo de maduración y, además, seguir el ejemplo estructural de la manada. Es decir, lo que los otros hacían por puro instinto, los animales desarrollados lo aprendían de su entorno... Malcolm cavila en que en el pasado los raptores habían tenido ejemplo de coordinación, de cooperación y de compañerismo, se respetaban y cuidaban unos de otros, cazaban juntos y no se mataban unos a otros... Ahora seguían cazando juntos, seguían coordinando movimientos, pero habían perdido el sentido de la unión, porque cada quien hacía lo que más le convenía. Pensó entonces que estos animales, los desarrollados por ingeniería genética, no habían tenido padres que les enseñaran cómo debían comportarse, cómo eran las reglas... Por eso reinaba el descontrol y cada quien hacía lo que quería de las suyas... Y ahora uno se pregunta: "¿Si los raptores del libro anterior, que también habían sido generados por técnicas genéticas y tampoco habían tenido padres que les enseñaran a cazar y a permanecer unidos y a respetarse y a ser buenos entre sí y sin embargo seguían siendo buenos y respetándose y manteniendo la unión y el orden en las nidadas de huevos, porqué estos no?". Esto es lo más negativo que puedo destacar.

Fuera de eso, el libro tiene algunos clichés que te sacan de quicio, algunos malos estereotipos y una tendencia a americanizarlo todo... Por otra parte, en una parte del primer libro te ponen una secuencia genética con la sucesión de bases nitrogenadas. Esto es, estuve leyendo lo siguiente: CAG CGT TTT ATT TAC CCA AAC TAT TTA GGT... durante largo rato hasta caer en la cuenta de lo que era. Uno podría pensar que el autor pudo haberse ahorrado esta molestia y despachar el asunto con "y en la pantalla aparecieron largas sucesiones de letras"... Pues no. Y aunque os sorprenda, yo sé para qué es...

... para que algún friki, cuando tenga su propio laboratorio y un secuenciador genético, pruebe a ver si la fórmula funciona realmente. ¡Si es que estaba claro!

Como sea, os recomiendo ambos libros (aunque el segundo no me gustó tanto como el primero, y esto ya es más subjetivo). Y vamos, os recomiendo también El mundo perdido original, de Arthur Conan Doyle. Y esto es todo, porque considero que la entrada ya es demasiado larga como para extenderla aún más. Es que la filosofía se presta... :D

Ahora con permiso, me voy a Escocia para tomar el té con Ness.

lunes, 5 de abril de 2010

Cuento experimental 1.0: Los conflictos




Los conflictos



Para que los conflictos nunca mueran, porque el conflicto es la base de este arte; para B.B. porque fue suya la idea de hacerle eso al Pato Lucas; y para reír un buen rato.

Se levantó tarde.
La noche anterior había colocado el despertador para que sonara a las siete en punto de la mañana. Durante la noche, sin embargo, por alguna extraña razón que jamás pudo entender, el despertador se movió de lugar y sonaría a las once y media.
—¡EL EXAMEN! —gritó cuando vió la hora que era—. ¡El examen era a las nueve, y me lo he perdido!
Tal era su desesperación y desconsuelo. Juan tomó sus largos cabellos y comenzó a gritar sofocado por la almohada que lo había engatusado.
“Vamos, no puede ser tan malo”, pensó.
“Oh, sí que es malo”, contestó una voz dentro de su cabeza.
“¿Quién eres?”, preguntó la voz que había hablado primero.
“Tu otro yo”, repuso la segunda voz.
De pronto, una tercera voz se alzó de entre las otras y dijo: “Y yo soy la conciencia”.
—¡Basta! —exclamó Claudio—. Yo estoy aquí y no sé quiénes sois vosotros.
—¡Callaos todos! —cortó Juan, quien estaba harto de tener tantas voces en su cerebro. Ni siquiera recordaba cuándo y dónde las había invitado a alojarse en su cabeza.
Se levantó de su cama y buscó sus zapatillas de dormir por todo el suelo. Aunque buscó y rebuscó, no las pudo encontrar y se colocó los zapatos de charol que tenía para ocasiones especiales.
—La corbata —masculló—, ¿en dónde está la corbata?
Pasó la mirada por su habitación y trató de recordar en qué lugar había dejado la corbata la noche anterior. Pensó unos segundos, inquieto, y luego corrió hacia su armario. Abrió la puerta y comenzó a rebuscar entre sus cosas. Sacó una pelota de fútbol, una pelota de tenis, una pelota de básquet, una pelota de tenis (“¿no la había sacado ya antes?”, pensó), una pelota de golf, otra pelota de rugby, una pelota de boley, y otra pelota de cartón.
—¿En qué momento de mi vida puse aquí estas pelotas? —pensó desesperado, recordando súbitamente que él jamás había jugado con una pelota en toda su vida, y que nunca había tenido tantas pelotas—. Son las de mi hermano —se dijo en voz baja, siguiendo en busca del corbatero. Pero luego se interrumpió, recordando que él no tenía ningún hermano.
Sacó un abrigo de lana, una colcha, un cobertor, treinta y cuatro juegos de sábanas, noventa almohadas, cuarenta y cuatro calzoncillos, ochenta y cinco medias, dos pantalones, media remera, ciento cinco camisetas, veintidós camisas, trecientas gorras, ocho monedas de dos centavos y catorce gabardinas. Luego abrió la otra puerta del armario y sacó la misma cantidad de objetos que la primera vez, pero más pesados, más grandes y más raros todavía. La talla de las prendas fue aumentando de tamaño hasta que se encontró con el traje adecuado para vestir a un elefante.
Entonces una trompa de elefante salió del armario más alejado de él y le gritó con voz chillona: “¡Devuelva esa camisa, que dentro de seis segundos y cuatro horas hay fiesta en la selva!”. Devolvió la camisa y el saco a su dueño, y abrió la puerta que estaba detrás. Finalmente, en un pedestal de oro bruñido, se encontraba el corbatero.
Se volvió presto hacia su escritorio para elegir la corbata, pero se tropezó con novecientas cincuenta y cuarenta y treinta, y veinte y diez y una y noventa pelotas. Pues las pelotas, a medida que caían en el piso, se multiplicaban entre ellas.
Luego esquivó todas las prendas que había sacado del armario y llegó al escritorio. Pero cuando puso el corbatero el escritorio se hundió en sí mismo y el corbatero se cayó al suelo, rebotó y le golpeó la nariz. La nariz, en lugar de sangrar como cualquier otra, comenzó a hincharse, y luego estalló soltando papel picado como si fuera una piñata de cumpleaños.
Algunos papelitos cayeron en su otro escritorio, armando una hoja entera. Se acercó para leer qué era y, ¡oh sorpresa!, eran los apuntes que él mismo había tomado durante siete años de universidad.
“¡El examen!”, pensó angustiado. “¡El examen para el que he estudiado durante siete largos años! ¡El examen que decidirá mi futuro!”.
Puso el corbatero sobre el escritorio, pero esta vez lo sostuvo con una mano para que no hundiera la madera de ese nuevo escritorio. Miró el corbatero y vio una inscripción que rezaba: “Corte y elija”.
¿Quién había escrito eso en ese corbatero? ¿Quién había comprado ese corbatero? ¿Él tenía ese corbatero antes? ¿Desde cuándo lo tenía? ¿Él tuvo alguna vez un corbatero? ¿Usó corbata alguna vez? ¿Y cuándo había comprado aquel armario? ¿Y el elefante venía con el armario gratis o también había pagado por él? Pero ¿tenía camiseta de vestir para usar corbata? ¿Y alguna vez supo ponerse la corbata?
Abrió el corbatero y tomó un trozo de tela. Lo tiró hacia fuera, pero en lugar de salir una corbata, salió un largo trozo de tela. Y el trozo era de color escarlata y tenía dos metros de largo. Luego el trozo se hacía más grande y cambiaba de color. «“Corte y elija”», pensó con amargura. Y el color cambiaba cada dos metros, o eso le pareció a él. Primero fue rojo, luego azul, luego amarillo, después… violeta, rosa, fucsia, celeste, anaranjado, lila, púrpura, magenta, carmesí, bermellón, punzó, amatista, fluorescente, a lunares morados y verdes, con rayas rojas y amarillas, gris, manteca, pastel, clavel, margarita, amarillo otoño, amarillo canario, amarillo patito, amarillo huevo, amarillo verdoso, verde amarillento, verde hoja, verde lima, verde tierra, verde oscuro, verde azulado, azul verdoso, azul cobalto, plateado, dorado, piel, verde loro, blanco, arco iris, chispita, rojo payaso, y así siguió sacando colores como si fuera el más barato de los magos.
Luego de un rato llegó al negro anhelado, y cuando se percató, no tenía tijeras para cortar la tela y no sabía coser. Buscó unas tijeras en el cajón del escritorio. Sin embargo, cuando volvió, toda la tela se había entrado otra vez al corbatero. Nuevamente comenzó a sacar la tela y a pasar colores.
Rojo, azul, rosa, amarillo, verde, azul celeste, azul cobalto, violeta, fucsia, anaranjado, verde oscuro, verde lima, verde loro, verde hoja, verde amarillento, amarillo verdoso… y llegó al negro.
Pero luego se percató de que las tijeras no estaban afiladas. Salió a la calle en pijama, con tijeras y zapatos de charol, en busca de un afilador. El que por allí estaba pasando aceptó afilarle las tijeras, pero se las afiló al revés y el mango quedó filoso. Cuando Juan las tomó se cortó gravemente y pensó: “¡Ahora cómo he de escribir para responder al examen, el examen que define mi vida!”. Se largó a llorar, pero se dijo que algo debía hacer.
Entró a su casa y cortó la tela negra con la otra mano, intentando darle forma de corbata. Luego llamó a su mamá para que le ayudara con la herida y la costura, pero se acordó de que hacía años que no vivía con su madre.
Fue al baño y se lavó la mano herida, viendo que el corte no era muy profundo. Luego se observó el rostro en el espejo y decidió tomar una rápida ducha.
Al salir de la ducha notó que tenía un extraño salpullido en la pierna. Tomó una pomada contra la picazón y se la aplicó, pero no salió la crema que debía salir, y en su lugar, un enjambre de abejas comenzó a escapar por allí. Alcanzó a tapar el aplicador cuando noventa y siete habían salido, y trató de ahuyentarlas por la ventana. Pero cuando abrió la ventana notó que estaba obstruida por la nieve y se asombró mucho, pues aquella mañana no estaba pronosticada ninguna nevada. Luego vió que era un oso polar, y se asustó mucho.
Las abejas picaron al oso y el oso rugió, pero como estaba fuera no le pudo hacer ningún daño. Juan, por si las moscas, cerró la puerta y tiró de la toalla, y el oso sintió el ataque, marchándose asustado.
Juan recordó el tremendo dolor que le producía la picazón, y se rascó, aliviándose de la picazón por unos momentos. Luego vio que el salpullido había pasado a sus manos, y trató de saciar su comezón con el torso desnudo.
Pero en el torso también salió el salpullido, y se comenzó a restregar por las paredes. Su picazón se alivió satisfactoriamente hasta que desapareció la comezón, pero luego la casa comenzó a quejarse diciendo: “¡Hum! ¡Ah! ¡Hum! ¡Pica! ¡Ham! ¡Her! ¡Hum! ¡HM! ¡Uh! ¡Ah! ¡HM! ¡Ah!”.
Y la casa se retorcía desde sus mismísimos cimientos, doblándose las paredes en busca de un contacto en el que poder aliviar su comezón.
—¡Habrase visto en esta vida! —gritó Juan desesperado—. ¡Una casa contagiada por el sarampión!
Fue raudo hacia su habitación y vio el despertador. ¡Eran las cinco de la madrugada!
—¿QUÉ TE OCURRE, VIEJO CACHIBACHE? —gritó fúrico mientras golpeaba el despertador contra la pared, despertador que había sido adquirido sólo un par de días antes.
—¡Hum! ¡Ah! ¡Oh! ¡HM! ¡HMMM! ¡HMMM! ¡Uh! ¡Oh! ¡Ah! ¡Hum! ¡Hem! ¡Hmju! ¡Oh! —gimoteaba la casa, reconfortada por la delicia de estar siendo aliviada con los golpes del reloj despertador.
—¡Todo el mundo se ha vuelto loco! —gritó Juan, desquiciado por tanta patraña.
Luego buscó y rebuscó una camiseta, los pantalones, calcetines y calzoncillos. A pesar de que había dejado todo desperdigado por el piso, no era capaz de encontrar las prendas requeridas para partir. El reloj cucú (¿cuándo se había comprado un reloj cucú?) marcó las doce de la noche, cuando estaban a plena luz del día. Luego el sol le envió un mensaje a la luna que decía: “¿Qué ha pasado? ¿Acaso nos hemos equivocado?”. La luna le respondió: “Es cierto, equivocados estamos. Para remediar nuestro error hay que intercambiar los papeles ahora mismo”. Entonces el sol y la luna giraron sobre sí mismos y el día se tornó en noche en el lugar en el que Juan se hallaba, y la noche fue día del otro lado del mundo (o sea, donde Juan no estaba).
—¡Oh, qué calamidad! —lloró Juan amargamente en un rincón.
No encontraba sus prendas, pues estas habían sido las primeras en sacar del armario, y habían quedado sepultadas bajo el resto de prendas de vestir que había extraído después. Finalmente, buceando en los mares de ropas y de pelotas, llegó hasta el fondo de aquella masa informe, y consiguió extraer algunas cuantas prendas.
Cuando se probó las medias, reconoció que tenían dibujitos de Bugs Bunny estampados en la tela, y supo que eran de su infancia (cosa que, por otra parte, conseguía explicar a la perfección el porqué las sentía tan ajustadas). La camisa de vestir era de color lila con rayas amarillas y lunares verdes. Los pantalones eran de color verde fluorescente y parecían hechos para un payaso con exceso de peso.
Se caló el sombrero en la cabeza (¿desde cuándo usaba sombrero?, ¿desde cuándo había una percha para sombreros a la salida de su casa?, ¿desde hacía cuánto tiempo había vuelto a vivir en casa paterna olvidándose de su pequeño y confortable departamento de soltero?) y salió a la calle.
En tanto, la luna y el sol (o el sol y la luna) se habían dado cuenta de que el cucú engañoso estaba ahí debido a una jugarreta de niños traviesos, y habían vuelto a cambiar de posiciones. Dándose un fugaz beso por el camino se fueron cada cual a su sitio, y los astrónomos exclamaron asombrados: “¡Que gran fenómeno astro-físico!”. Tiempo después, muchos estudiosos se preguntaron si los científicos consideraban un “gran fenómeno astro-físico” que el sol y la luna se besaran o que cambiaran tan rápido de posición.
Juan había salido disparado, sintiendo que aquel día no era muy bonito, en busca de un taxi que lo llevara rápidamente hacia la universidad. Tomó uno y le dijo al chofer: “¡Rápido! Tenía un examen a las diez en la universidad. ¡Vaya como un ciclón!”.
El taxi aceleró y fue hacia atrás corriendo como el viento más fuerte que jamás se hubiera visto.
—¿Qué es lo que está haciendo, hombre! —gritó Juan—. ¡Nos vamos a estrellar!
Y en efecto, así ocurrió. Juan y el taxista se estrellaron contra un colectivo que venía hacia delante y en contramano. Luego el colectivo, activando la maniobra defensiva, abrió las alas de murciélago y comenzó a elevarse con todo y taxi. Juan gritaba desesperado y harto de aquel día. Pero había más sorpresas reservadas para él.
El colectivo no tomó en consideración que estaba en medio de la ciudad, y con las alas y el cuerpo enganchó los cables del teléfono y de la luz. Como seguía haciendo fuerza, y como la ciudad no había activado el filtro anti-volador en los cimientos, el colectivo comenzó a llevarse volando media ciudad (y no, para desgracia de Juan no era la mitad de la ciudad en la que estaba la universidad), quedando la otra parte en tierra firme.
Un grito desgarrador se oyó desde el taxi encastrado en la trompa del autobús: “¡¡¡NOOOOOOO!!!”.
Juan rompió en llanto, pero sus lágrimas eran jugo de limón, luego jugo de ananá, luego de pera, después de pomelo, de naranja, de mango, de kiwi, de manzana, de mandarina, de melón, de frutilla, de cerezas, de arándanos, de frambuesas, de maracuyá, de banana, de fresa y un montón de otros sabores. Lloraba tanto, pero tanto, que en pocos minutos llenó todo el taxi con sus lágrimas. Pero como su llanto era amargo e infeliz, todo el jugo de distintos sabores sabía agrio y feo. Luego el taxi, el colectivo, los postes, los cables, media ciudad y la casa con sarampión comenzaron a descender en picada por el peso de las lágrimas. El taxi se salió del colectivo y comenzó a caer más rápido que todo lo demás y Juan veía cómo se iba a estrellar contra el suelo de la otra parte de la ciudad.
Pero en ese momento llegó el expendedor de algodón de azúcar, que estaba en aquella parte de la ciudad cuando ocurrió el infortunio del colectivo volador y tenía verdaderos deseos de ayudar. Salió volando con su carrito de algodón y logró atrapar a Juan y al taxi justo a tiempo.
Pero el taxista, personaje conocido por ser goloso y angurriento, comenzó a comerse todo el algodón de azúcar del carrito, que era lo que le daba la ligereza para poder volar, pues el algodón de azúcar contiene el mismo principio que las nubes. El algodonero, al ver que perdían elevación y constatar que la causa era el taxista glotón, comenzó a pegarle al taxista por comerse el preciado material de vuelo. Pero como le pegó mucho, se olvidó de conducir el carrito, y el algodón se salió de su sitio, pasando por la hélice y difuminándose en una gran y rosada nube.
—¡¡¡No!!! —gritó el algodonero, y trató de remontar el vuelo.
—¡Mi examen! —lloró Juan.
—¡Mi carrito! —siguió el algodonero.
—¡Mi barriga! —quejó se el taxista.
—¡¡¡NUESTRAS VIDAS!!! —dijeron los tres al unísono, constatando que caían más rápido que la vez anterior.
Cayeron al suelo de forma estrepitosa, pero como estaban rodeados por la nube de algodón, y este, además de ser un material leve como las nubes, claro, también resulta ser un excelente rebotador. Así, los tres rebotaron una y otra vez. Primero bajaban hacia abajo y luego ascendían, volviendo a bajar y a ascender.
Pero luego Juan vió algo que le sobrecogió el corazón: la casa —sí, esa casa que él no recordaba haber comprado jamás— se dirigía hacia ellos, aleteando con puertas y ventanas, como si de un pájaro moviendo sus alas se tratara. La enfermedad había avanzado mucho, y se veía llenas de ronchas feas, y algo afiebrada; pero le gustaba el algodón de azúcar, y quiso comer un poco del que los rodeaba.
Se interpuso entre el cielo y el carrito. Ahora los tres (taxista, algodonero y Juan) caían hacia abajo, chocando contra el piso, y subían hacia arriba, chocando con el otro piso. Luego la casa se puso patas para arriba, y los tres comenzaron a caer hacia abajo, chocando contra el piso, y a subir hacia arriba, chocando contra el techo. Pero luego se voltearon, y quedaron ellos cabeza abajo.
Entonces la cosa quedó así: caían hacia arriba y chocaban contra el piso; luego rebotaban hacia abajo y chocaban contra el techo, y así en una sucesión que se vio interrumpida por la casa de Juan.
Harta ya de jugar con el algodón, quiso comérselo de una vez. Así, bajó hasta interponerse entre los tres hombres y el suelo. Se echó de lado y abrió las grandes puertas de par en par (pues eran dos). Comió lentamente el algodón de azúcar y saboreó cada poco que iba comiendo. Los tres hombres entraron a la casa del revés y se quedaron tendidos, exhaustos, en una de las paredes. Luego la casa se levantó y comenzó a volar.
La casa, por consiguiente, se enderezó. Los hombres volvieron a tener noción del arriba y el abajo, de ese lado y del otro (¡no, ese otro!).
Juan, quien aún conservaba las esperanzas de hacer su examen, miró por la ventana y se horrorizó. Su casa, aquella que ni siquiera recordaba, estaba empachada con el algodón y sus movimientos eran lentos y torpes. Como si estuviera embriagada, se dirigió hacia la universidad donde estudiaba Juan.
—¡Allí no! ¡La destruirás! —gritó Juan.
Finalmente, la casa se estrelló contra la fachada principal de la universidad, que soltó su alarma de incendios. Todas las regaderas que había dentro se soltaron, pero en vez de liberar agua, comenzaron a soltar fuego.
Juan bajó corriendo de su casa (por la escalera de incendios) y se metió en la universidad, chocando a todos los que del incendio huían. Corrió hasta encontrar su salón de clases, y agradeció porque aún estuvieran allí gran parte de sus compañeros y examinadores.
—Señor Ramírez —dijo su profesor—, llega tarde. Aunque como dice el refrán: “Más vale tarde que nunca”. Pase al aula.
—Muchas gracias, señor —repuso el joven con una sonrisa de oreja a oreja.
—No tan rápido, Ramírez —intervino otro maestro—; antes debe presentar su identificación.
Juan maldijo por lo bajo y metió las manos en los pantalones. Sacó un pañuelo de color rojo. Cuando pensaba que estaba a punto de sacarlo, descubrió que el pañuelo seguía, pero con un color distinto. Primero fue rojo, luego azul, siguieron el verde, el rosa, el bermellón, el escarlata, el esmeralda, el… Después se fijó en el otro bolsillo y vió que sólo tenía un poco de algodón de azúcar y un gran frasco (tres o cuatro litros) de remedio contra la fiebre.
—Hem… yo… Lo siento, señor, pero no tengo identificación aquí mismo. Digamos que he tenido una mañana un poco… accidentada.
—Una vergüenza. Comprenderá que esto le resta unos tres puntos, ¿verdad? ¿No? Bueno, ya lo comprende. ¿Trajo sus apuntes y libros para verificar algunos ejercicios y defender algunas cosas en forma oral?
Juan quedó con la boca abierta. Recordando los eventos de aquella mañana, tuvo una fantástica idea y dijo “sí”.
Luego procedió a prepararse psicológicamente para lo que iba a hacer, y pidió un momento de silencio. Los maestros lo miraron escandalizados, preguntándose qué iba a hacer ese loco, y sus compañeros, que lo habían considerado durante todo el curso como un cerebrito aburrido, se mostraban divertidos ante lo que fuera hacer ahora ese chico callado y atento.
—Esperad un momento —dijo Juan. Luego puso las manos sobre una pared lateral y estampó con todas sus fuerzas la nariz contra ella. Ufano y satisfecho (sintiendo un leve sabor metálico en la boca) se volvió a sus profesores—. Hay que esperar unos minutos hasta que se hinche y estalle —dijo con una sonrisa de oreja a oreja ante la mirada atónita de los profesores (que él, por cierto, tomaba como una forma de felicitación)—, y luego hay que ir juntando los pedacitos; pero es un pequeño sacrificio con tal de tener aquí los apuntes —terminó orgulloso y pagado de sí.
Sus compañeros profirieron en carcajadas histéricas al verlo, y un par de sus profesores lo miraban con la misma forma de mirar a un loco que se cree y trata de convencerse a sí mismo de que está cuerdo.
—Señor Ramírez… —dijo una profesora que le tenía en alta estima—, quizás esté presionado por el examen, pero usted es un alumno muy capaz. ¿Trajo los apuntes? No es necesario, podemos hacerle un examen más largo, que compense… bueno, la falta de material.
—¡Pero no está viendo el confeti! —preguntó sorprendido Juan, y su voz sonó ahogada por la risa de sus compañeros (y la de alguno de sus maestros).
Una maestra le hizo señas para que se tocara la nariz y así lo hizo; horrorizado, sintió la sangre caliente y un profundo dolor en el hueso.
—Por lo menos sabe qué carrera está a punto de terminar? —inquirió un profesor que le había tomado algo de aversión.
—Fi… Filosofía y Letras —contestó Juan, un momento antes de desmayarse.
Cuando despertó estaba rodeado por sus amigos y sentía un penetrante olor a alcohol. Antes de que pudiera moverse, un amigo lo detuvo y le dijo: “Ya estás mejor. Antes deberías pensar que, si bien no eres ni físico ni biólogo, un golpe así contra una pared te rompería la nariz, como ha ocurrido. ¿Te sientes en condiciones de hacer el examen? Los maestros están furiosos contigo, salvo algunas contadas excepciones, pero tienes suerte. Esta mañana no se pudo realizar y se dio prórroga hasta esta tarde. Sé que estás mal y que… has tenido una grave crisis psicótica, pero también sé que quieres realizar el examen”. Juan se incorporó bruscamente (mareándose a causa de la pérdida de sangre) y dijo con voz nasal: “¿Adónde firmo?”.
Antes de acudir al salón en el que se celebraría el examen, Juan manifestó la necesidad de ir al baño. Al entrar en el cuarto de baño tuvo una leve conmoción, al verse reflejado al revés en el espejo. Cuando volvió a mirar, constató que se trataba de una ilusión óptica, pues el reflejo era claro y perfecto. Abrió el grifo del agua fría, pero, en aquel preciso instante, un fuerte estornudo recorrió toda la universidad. Juan intentó ignorarlo y volvió a intentar abrir el grifo. Pero cuando lo abrió, en lugar de salir el agua, un líquido vaporoso y rosado —“por Dios, que no sea algodón de azúcar”— comenzó a emanar del grifo, y el baño se volvió en un brusco giro. Allí quedó Juan, colgado del piso que ahora era techo, y oliendo el perfumado aroma del algodón de azúcar.
—No —se dijo—. No ahora.
Salió corriendo del cuarto de baño, cual gacela que ha visto a un tigre, y era tal su apresuramiento que no notó el cambio de posicionamiento al salir del baño. Mientras corría, también gritaba “¡la universidad está con sarampión! ¡la universidad está con sarampión! ¡Mi casa la contagió!”.
Así, gritando, con la nariz vendada y un poco de algodón de azúcar en la barbilla, llegó hasta el pasillo del salón, en el que se encontraban los profesores. Todos lo miraron con una mueca de lástima y compasión. Sólo una maestra pudo acercarse a él y explicarle en pocas palabras cuál sería su trabajo.
—Tienes suerte, Ramírez —le dijo, una vez estuvieron dentro del salón—. No sólo llegaste tarde, sin identificación ni apuntes, sino que también te consideran medio loco y te permiten hacer el examen. Espero que te esfuerces.
Le dieron ciento ochenta y cinco preguntas, y él las respondió sabiamente. Se esmeró mucho. Había estudiado durante siete largos años y tenía muy dentro de sí la carrera completa. Daba ejemplos, ponía paralelismos, citaba autores, enumeraba con presteza cada punto que le pedían desarrollar.
Había terminado. Por fin su largo sueño de ser maestro de Literatura se cumpliría tras mucho esfuerzo, por fin terminaría la carrera con los más elevados honores que se hubieran visto en esa universidad. Quedaron atrás los absurdos recuerdos de la mañana, el miedo y el temor. Quedaron atrás esas cosas de pesadillas, producto de los nervios del examen. Cuando regresara a su departamento llamaría a sus padres y les contaría todo. Sería una excelente anécdota para contarle a sus hijos, nietos y toda la parentela.
Pero la casa que tenía sarampión le había contagiado la enfermedad a la universidad. Esta última se había enfermado con menor rapidez, pues su estructura era increíblemente grande. Pero la enfermedad ya estaba a punto. El primer estornudo que Juan había oído en el baño había sido sólo la antesala a una mayor catástrofe. Por una tos seca. Fue una tos seca y ronca lo que terminó con siete años de estudio y tres horas de memoria y dolor en la muñeca.
Juan oyó una tos, y sintió cómo el estremecimiento recorría los cimientos del edificio. Algunas lámparas se balancearon peligrosamente sobre las cabezas de los demás, pero nadie pareció notarlo. Juan tuvo un extraño presentimiento y llamó a la profesora diciéndole que había concluido el examen.
La profesora se acercaba lentamente —“que se dé prisa”— recorriendo a todos los alumnos con la mirada. Un nuevo estremecimiento surcó el cielo-raso y un pequeño cascote gris cayó desde lo alto. Juan creyó que caería a su lado, quizás en frente de su pupitre, pero lo cierto fue que el cascote gris, lleno de arenilla, tierra y polvo, calló sobre las hojas de su examen. Doscientas sesenta y cinco hojas completamente manchadas de tierra y cemento.
Juan lloró. Lloró amargamente como lo había hecho aquella mañana en el taxi, lloró amargamente por todo su esfuerzo tirado a la basura, lloró tanto, pero tanto, que el polvillo, que hubiera podido ser removido, se humedeció y manchó por completo el papel.
Las ciento ochenta y cinco preguntas, respondidas con precisión quirúrgica, fueron perdidas para siempre, y nunca jamás se volvió a ver examen tan magistral en aquella universidad.
Su maestra, viendo que era ilógico que el muchacho escribiera doscientas páginas con tonterías, llamara a una profesora para que buscara el examen y provocara (vaya a saberse cómo) que parte del techo se cayera sobre las hojas, decidió concederle una nueva oportunidad.
Ante el muchacho apareció una única consigna en la hoja de papel. Con miedo y temor reverencial, pensando que quizás la pluma pudiera quedarse sin tinta o convertirse en algodón de azúcar que una abeja succionaría, leyó la única consigna de trabajo que le habían dado como última oportunidad.
La misma rezaba:
“Escribir un cuento fantástico aplicando diligentemente la normativa del conflicto, poniéndola como regla de oro inquebrantable”.

Fin.

Sir Nícolas Vásquez de Aragón.


No, aún sigo aquí en mi casita. Y no, tampoco me he escapado del manicomio.

Digamos que es una especie de sátira o parodia de los cuentos con muchos conflictos. Siempre me dicen que los cuentos han de tener conflictos por montones para hacerlos interesantes. «¿Quieren conflictos? —me digo—. Pues conflictos tendrán». No, tampoco conozco el significado del vocablo «término medio», como podrán haber apreciado anteriormente. En sí, es una gran y perfecta broma que hice con el propósito de reírme solito de los disparates que pueden escribirse con algo de fiebre y de humor absurdo e ilógico.
Como dato adicional (vamos, el material extra de un DVD realmente malo), sólo puedo decir que la imagen mental de ver al pobre Juan allí con la nariz sangrando y a los profesores con cara de “¿WTF?” me ha hecho reír a más no poder. Es más, cuando estaba escribiendo esa parte, me reía tanto, pero tanto, que tuve que dejar de escribir porque ya estaba escribiendo cualquier cosa (y cuando digo “cualquier cosa”, estoy diciendo “CUALQUIER COSA”).
El recurso del multiperspectivismo que uso al final lo había visto en otro cuento del mismo género, pero no recuerdo ni el título ni el autor, así que es medio difícil que lo enlacemos por aquí. Sólo sé que no sé nada... hem... esto no era. Sólo sé que iba de una cámara fotográfica, y luego el recuerdo es difuso.
Otro dato adicional sería el siguiente: es la primera vez que uso una locación de habla hispana para un cuento, así como nombres plenamente españoles. Me sentí muy raro al hacerlo, como si no fuera normal, pero ahora me ha gustado salir de los nombres ingleses. ¿Lo véis, más experimental imposible?

Para hacer esto más participativo y entretenido, se me ha ocurrido que podría hacer una serie de consignas para hacer funcionar la mente. ¿Estáis listos? Allá vamos.


  1. Punto friki para quien descubre quién es B.B. y a qué hago alusión con ese apartado de la dedicatoria.
  2. ¿Por qué nunca doy una explicación de los sucesos paranormales de lo que le ocurre al pobre Juan?
  3. ¿Por qué es un cuento fantástico y no un cuento de ciencia ficción? La pregunta también podría ser: ¿Cuál es la diferencia entre el cuento fantástico y el de ciencia ficción?


¿Véis de qué sirve un cuento experimental? No sólo se aprovechan muchos recursos, sino que también podemos aprovechar para hacer consignas.

Como siempre, queda el espacio abierto para vuestros comentarios. Ideas, aportaciones, pensamientos y sensaciones. Sugerencias para el cuento (como siempre digo, las sugerencias y consejos, cuando están hechas con sinceridad y respeto, ayudan al crecimiento mutuo y a madurar), así como sus impresiones particulares. Sus respuestas e ideas con respecto a las consignas...
... el espacio está abierto a la reflexión y a quien desee participar. Sentiros cómodos, y recordad: estáis en un salón abierto y despejado para volcar vuestros conocimientos y vuestras experiencias.

¡Elen síla lumenn'omentielvo!

viernes, 26 de marzo de 2010

2018

Damas, caballeros, amigos del salón del estudio...
... vengo a ustedes con un nuevo cuento de mi invención. Hace ya algún tiempo que lo tengo, pero no sabría decir desde cuándo. Hace ya algún tiempo que lo quiero publicar por aquí, pero lo cierto es que también estoy preocupado por cómo enfoco el tema.
Es un cuento de ciencia ficción. He notado que es un género interesante, cautivador y que puede dar mucho cuando se lo trabaja bien. Hay muchos planes nuevos para el salón del estudio, pero quisiera comenzar por ir poniéndolos en papel a los que tengo ahora antes de comenzar nuevos proyectos; lo que sí puedo decir es que tendremos un par de entradas de literatura o teoría literaria para aclarar conceptos. Estas últimas tendrán un formato más abierto y libre que las de costumbre, pero espero que puedan funcionar. En esas entradas veremos, entre otras cosas no menos interesantes, las características y propiedades de un buen cuento de ciencia ficción y pondremos algunos ejemplos prácticos.
Por el momento, los dejo con la pequeña y modesta creación.


2018



Día tras día, mes tras mes, era siempre lo mismo. En una ciudad, gris, como cualquier otra ciudad, asomó la tenue y clara luz solar. El disco dorado que, en los últimos años, se había ennegrecido, comenzó a asomar por el horizonte de una gris ciudad.
Una alarma chilló estrepitosamente. Era un sonido hueco y apagado, un llamado rutinario y costumbrista, una alerta demasiado desalentadora. Era una llamada artificial y vana, carente de toda belleza, que alertaba a toda la ciudad.
Gente gris salía de las casas, en silenciosa procesión. La muchedumbre se movía en una dirección, hacia un mismo sitio, con una misma meta, siguiendo el mismo rumbo, con un mismo propósito. Era una masa gris; ya no se podía decir que fuera un conjunto de individuos grises. Cual cardumen de peces, se dirigieron rápidamente hacia el lugar que la señal sonora indicaba. Algunos, los menos, lloraban. Otros, la gran mayoría, sólo se resignaban a atender la cruel verdad con indiferencia.
La masa gris se movía. Parecía que hubieran concertado los pasos que daban, la ropa que vestían, las expresiones que hacían, las cosas que decían. Ya no eran un conjunto, eran una sola cosa, una sola masa capaz de ser doblegada y vuelta hacia el lugar que se quisiese.
Niños, hombres, mujeres, ancianos. Marchaban, marchaban, marchaban. Tan bien iban… parecía que sus pasos estaban dirigidos por una banda militar. Sucios, andrajosos, con las ropas roídas.
La alarma chilló otra vez. El aparatoso sonido apresuró a los que se hallaban en la tétrica marcha. A lo lejos, el sol se alzaba en el cielo de Londres.
—¡Ayuda! —gritó una voz—. ¡Ayuda! —volvió a suplicar—. ¡Ayuda! —pidió por tercera vez—.
La voz era aguda y estridente, plañidera y suplicante. No fueron pocos los que la oyeron, pero nadie, a pesar de ello, se detuvo para ayudar.
El grito de auxilio sonó otra vez; nadie se molestó en, siquiera, bajar la mirada al suelo. Una niña, de poco más de ocho años, había caído, dándose un fuerte golpe en el costado. Sujetaba entre sus manos una cacerola, y, a pesar del dolor, no la soltaba ni aflojaba sus manos. Volvió a gritar; todos seguían como si nada. La niña comenzó a llorar de dolor y de impotencia. No podía levantarse con facilidad, no tenía ninguna escapatoria. El sol se elevó más en el cielo, y la niña comenzó a toser fuertemente.
—¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Ayuda! —gritó a todo pulmón, pero lo único que consiguió fue toser más fuerte—. ¡Ayuda! ¡Por favor, ayuda! —Volvió a toser y a jadear—. ¡Ayuda! —El grito fue desgarrador, inhumano, necesitado, suplicante, impotente, triste, quejumbroso. Nadie se detuvo, nadie se inmutó. La niña volvió a toser estridentemente, esta vez con una potencia atronadora y para nada habitual.
Las lágrimas bañaban su rostro, convulsionado por la fuerte tos y el espanto de quedarse allí hasta que alguien, en un hipotético e improbable caso, quisiera ayudarla. Su tos se hizo más ronca, más seca, más áspera. Finalmente, terminó esputando flemas y saliva. Sus fosas nasales estaban irritadas por el Ozono. Sólo volvió a gritar una vez más; luego, no se la volvió a oír.
Un grupo de gente pasó por el lugar en donde se hallaba extendida, pero no se atrevió a bajar la mirada hacia el suelo; siguieron su camino y la pequeña calló.

La procesión había continuado, y ahora se encontraba cerca del lugar de donde provenía el bullicioso chillido. Cuando todos estuvieron congregados alrededor, la alarma cesó. Habían llegado a un recinto rectangular, que ocupaba el espacio de una manzana, y que tenía grandes portones de aluminio. Una voz metálica habló:
—En tres minutos y treinta y tres segundos se abrirán las compuertas. Las reglas siguen siendo las mismas. Recuerden: no pueden llevarse más de dos contenedores por cabeza, no se puede alegar pertenencia a una manada ni tenencia de crías. La próxima reunión será dentro de treinta y tres días, treinta y tres minutos y treinta y tres segundos.
La voz metálica calló. La muchedumbre, la masa gris, comenzó a esperar el tiempo restante para entrar al recinto. Finalmente el marcador llegó a cero. Como si hubiera estado todo perfectamente preparado, las compuertas se abrieron de forma automática y sincronizada. La masa gris soltó un suspiro de alivio, todos al mismo tiempo, todos con el mismo tono, todos como todos. En una perfecta y ordenada fila, comenzaron a avanzar hacia el interior del recinto. Después de atravesar los primeros portones, se encontraban con una puerta más pequeña. Un grupo de tres hombres se detuvieron en frente de la delicada puerta, esperando, aguardando, esperando. De pronto, una voz fría e inhumana habló:
—Nombre. Apellido. Trabajo. Domicilio. Estado civil.
Uno de los tres hombres se adelantó y dijo:
— Marshal McLuhan. Arquitecto. Fenchurch Street, 35. Soltero.
Un Segundo individuo se acercó y respondió a la fría voz:
—Robert Windar. Contable. Little Winging. Casado, dos hijos.
Desde el lugar de donde había salido la voz, se oyó un potente chirrido que dejó aturdidos a los tres hombres. Luego, el sonido se hizo más tenue y la voz metálica volvió a hablar:
—Manada, dos crías. ¿Dónde están?
—En nuestro hogar —contestó el hombre, con una voz temblorosa y nada firme.
—¿Cómo, si están en su madriguera, encontrarán sus crías…?
—…Yo pensaba que —interrumpió el hombre—… yo pensaba que yo podría….
—¡Usted pensaba! ¡Oh, usted pensaba! —La fría voz sonaba como si se estuviera riendo del mejor chiste que le hubieran contado en su vida—. ¡Que usted pensaba! Usted —dijo volviendo al tono áspero y despectivo— no piensa, no siente, no nada. ¿Entendido? Si su manada quiere venir a recibir su ración, debe venir a buscarla ella misma.
—Pe-pe-p-ero mis hijos son de-demasiado pe-pequeños… No saben ni siquiera gatear.
—Eso no es mi culpa —replicó la voz—, es culpa de su raza que, a diferencia de otros animales, tarda más tiempo en desarrollarse.
El segundo hombre quedó en silencio, sin saber qué decir. Luego el tercero se adelantó para dar los datos que la voz le había pedido, u ordenado.
—Richard McCarty. Abogado. West End. Soltero.
Desde los altavoces llegó un sonido de metales entrechocando, de botones que se oprimían con una precisión de metralla, de clavecillas, estática y algunos pitidos. Después de un momento, la voz resonó por los altavoces:
—Acceso aceptado. Al entrar se les dará la segunda cacerola, con doble capacidad de la que ustedes traen. Rápidos, ordenados y precisos.
La puerta se abrió, deslizándose a un lado, y permitió el paso de los tres grises hombres. Entraron a un recinto de altos techos, de atmósfera húmeda, y de menor temperatura. A los lados había grandes fuentes y piscinas llenas de agua, el material más valioso y delicado del mundo. Los tres hombres se acercaron a las fuentes de agua cristalina con sumo orden, llenaron las cacerolas que habían llevado (con capacidad de un litro y medio), y luego llenaron las que les habían dado al entrar en aquel recinto. Luego, sin alterar el orden sistemático de la organización, y cargando con el tremendo peso de los cuatro litros y medio de agua, salieron de la estancia por medio de un pasaje posterior, destinado a ese uso. Antes de atravesar la puerta que los dejaría en el exterior, fueron sometidos a un último escaneo rápido con un censor. Luego de que la luz violeta les recorriera cinco veces el cuerpo, en sentido vertical, de arriba hacia abajo, una nueva voz metálica les habló.
—El próximo llamado será dentro de treinta y tres días, veinticinco minutos, cuarenta y un segundos. No antes, no después.
Los hombres salieron, finalmente, a las oscuras y grises calles. De inmediato, la temperatura pareció aumentar increíblemente, el olor a Ozono se hizo patente, la respiración y la visibilidad se dificultó más.
Todos los que salían, volvían a sus casas. Siguiendo su propio camino, su propio sendero, su propia calle, cual hormigas dispuestas a regresar. Volvían a sus casas cargados con el enorme peso del agua, intentando no derramar ni una preciosa gota, con cuidado, con cuidado.
Volvían a casa, cual hormigas después de recolectar.
Volvían a casa, con el cuidado puesto en las cacerolas, en el agua.
Ni una gota, ni una gota.

Sir Nícolas Vásquez de Aragón.




Como todos los cuentos de ciencia ficción filosófica que he leído, trato de plasmar una opinión personal sobre el futuro del agua, producto de la poca racionalización y la ambición humana. También dejo caer una crítica social hacia el desenfreno por las máquinas y las nuevas tecnologías, pero eso es un detalle subordinado a la crítica principal.
Como siempre, amigos de por aquí, la última palabra es vuestra y estáis en vuestro pleno derecho a opinar y compartir vuestras impresiones sobre el cuento. Sugerencias, críticas constructivas, opiniones, todas serán bienvenida. Recordad que aquí estáis libres de decir cuanto quieráis a vuestro antojo, y que hay libertad de expresión para decir cuáles son vuestras opiniones sin ninguna clase de retención. El verdadero objetivo de una crítica constructiva es lograr una ayuda mutua. El escritor se beneficia si la crítica constructiva está hecha con sinceridad y respeto, porque aprende, madura y comprende a los lectores. Y el lector se beneficia, descubriendo que dentro tiene muchas cosas para aportar y muchas buenas ideas.

¡Elen síla lumenn'omentielvo!

viernes, 8 de enero de 2010

El ruido de un trueno, por Ray Bradbury


El sol se detuvo en el cielo.
La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.
-Cristo no ha nacido aún -dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler... no han existido.
Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.
-Eso -señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.
Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.
-Y eso -dijo- es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.
-¿Por qué? -preguntó Eckels. Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.
-No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.
-No me parece muy claro -dijo Eckels.
-Muy bien -continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?
-Entiendo.
-¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!
-Bueno, ¿y eso qué? -inquirió Eckels.
-¿Eso qué? -gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!
-Ya veo -dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.
-Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil. Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.


Hay una proposición matemática que dice que, cuando se comete un error, por más efímero e ínfimo que sea este, al atravesar una sucesión de pasos, soluciones y despejamientos, este error se magnificará y terminará resultando en errores de inmensa magnitud, garrafales y que, como está claro, de una proporción muy superior a la del primer error. ¿Es esto cierto? Bueno, la triste realidad es que sí es cierto. En realidad, pequeños fallos en los cálculos de un ejercicio combinado, de una ecuación o similar, pueden resultar tremendamente graves a la larga. Una suma mal realizada, un número obviado, un signo mal colocado. Todo lo que no está bien, a la larga se termina volviendo adverso.
Es esta máxima la que utiliza Ray Bradbury en uno de sus mejores cuentos: ’El ruido de un trueno’. Este cuento ha sido adaptado mil y una veces, así que es raro verlo aquí. la idea original fue la del propio Bradbury, y aquí él nos cuenta una historia asombrosa por sus características fantásticas. La ciencia ha evolucionado más de lo previsto, nos hallamos en el año 2055, hemos creado una máquina del tiempo, podemos ir a cualquier era que nosotros queramos. Pero una premisa de advertencia surge en torno a esta máquina: “Si vais al pasado, no debéis alterar nada. La muerte de cualquier planta o animal que no estuviera ya ‘programada’ podría ser fatal”. Una compañía organiza cacerías hacia el jurásico. Su sistema es perfecto e infalible. Sólo pueden cazar los especímenes que se sabe que morirán. Así, por lo menos, no se alterará el rumbo de la vida. Su teoría es que, cualquier espécimen que muera, cualquier cosa que se altere, repercutirá gravemente en el futuro; es decir, su propio presente. Ni una brizna de hierba, ni un mosquito, ni una bacteria. Saben que ellos son ajenos a ese tiempo, saben que no debieran estar allí. Saben que cualquier alteración podría significar la pérdida de toda una especie. Pero sin embargo, ellos siguen allí y siguen corriendo el increíble peligro de alterar todo un mundo.
Esta es la situación que, con gran magnificencia y con una increíble capacidad narrativa, Ray Bradbury nos presenta en su cuento. ¿Qué puede ocurrir? ¿Habrá garantías? ¿Cuántas cosas pueden pasar?
Un excelente cuento, una genial obra de ficción que os recomiendo para matar el rato y echar las células grises a pensar. Más que pensar, tan sólo para perderse, primero, en los fantásticos mundos de la literatura, y luego en los fantásticos recovecos de nuestra mente.
Sinceramente, considero a Ray Bradbury unos de los mejores escritores del siglo XX, y una referente en la literatura de ciencia ficción. ¿Qué más decir? Nada, mis palabras serían sólo un impedimento, un obstáculo, una forma de quitarle espacio a un verdadero genio de las palabras.
Aquí el cuento en su totalidad.

[Nota: La máxima matemática propuesta con anterioridad se denomina “Efecto mariposa”, y podéis encontrar más sobre ella aquí. El efecto mariposa está enmarcado (junto con otras teorías) en la Teoría del Caos].

viernes, 21 de agosto de 2009

El diario

Buenas noches mis estimados lectores, aventureros en el viaje del saber. Sé que los he tenido un poco abandonados, desde hace ya veinti dos días, si no me falla la memoria. Pero después de aquella Odisea como lo fueron los exámenes, traté de alejarme todo lo posible de las responsabilidades. Yo no tomé recesos invernales, ni nada por el estilo. Así que decidí tomar mis recesos invernales en esos tiempos. Y no me dio la gana de venir por aquí, y dejar más material para estudiar. Pienso ahora que no podré cumplir con la sorpresa que os tenía prometida. Pero veré si puedo hacerlo. Y creí que tenía que publicar algo, porque pensaba que de otro modo ya nadie seguiría visitando este blog fantasma, y algo tenía que hacer. La verdad, os confieso que llegué a olvidar que tenía un blog, sí, así de tonto y atolondrado he estado después de mi Odisea.
Desearía pedirles, por tanto, una disculpa a esta conducta. No obstante, esta entrada será aprovechada para algo más. Dejadme dar la bienvenida al salón del estudio a un nuevo bibliotecario. A una persona que he podido comprobar muy inteligente, abierta, y apta para ayudar con la causa de este blog. Notarán, que en el encabezado de los bibliotecarios, hay un nuevo nombre. Aquel que se hace llamar Zalaya que de un paso al frente... Pues entonces, os digo: "¡Bienvenido al salón del estudio! Y que vuestra estancia por esta cómoda salita, llena de comodidades y libros, sea un buen sitio en donde volcar parte de vuestro conocimiento, y aportar un granito de arena". Es así que una nuevo miembro se suma al blog, y yo estoy muy contento de este afortunado hecho. Zalaya es jefe de departamento en la sociedad del misterio, dedicado a las declaraciones e interrogatorios de nuestros villanos de turno. Lo dicho, espero que se pase por aquí, y nos deje parte de su saber que, sin duda, nos será muy útil.
Por otro lado, y para finalizar esta entrada algo rebuscada, se estarán preguntando: "¿Qué tiene que ver todo esto con el título del post?" Bien, paso a explicaros. ¿Les conté alguna vez que soy un escritor aficionado en face de preparación? Creo que sí. Lo que soy en realidad es un adicto a los libros, al que le gusta tanto leer que se cae dormido después de terminar una novela de dos semanas, sin haber pegado un ojo. Y como tal, también he hecho mis exploraciones en el terreno de la escritura aficionada. Pero tan sólo soy un aficionado, que lo hace más o menos bien, pero que puede seguir mejorando. Para hacerlo he decidido tomar un taller de literatura, en el cual estamos tratando de comenzar a escribir. La mayoría de los asistentes al taller, tienen entre cincuenta y setenta años.... y ustedes se dirán: "¡Y este que hace entre ellos!" ¿Yo? Yo soy la mascotita del club, que intenta boquear para sobrevivir en aquel mundo de colosos de la literatura. Son escritores profesionales, la gran mayoría, y tienen ideas muy conservadoras con lo que atañe a la escritura. No toleran que me base en la escuelita inglesa para escribir, y no lo haga siguiendo el patrón latinoamericano de Horacio Quiroga. En fin... Por suerte tengo un par de coordinadores que aceptan mi gusto por la literatura inglesa clásica. Y me dejan escribir cuentos a mi antojo. Hace una semana, me propusieron, o mejor dicho, nos propusieron una consigna. Que tomáramos una pastilla de menta, y de acuerdo al sabor pensáramos y creáramos una historia. Bien, quien me conozca lo suficiente sabrá que odio la menta... Así que los que acaban de enterarse sabrán qué fue lo que ocurrió. No, no les tiré la menta dándoles una sugerencia dándoles alguna sugerencia de dónde la podía guardar. No, lo que hice fue quedarme en silencio, comer la dichosa menta. Y ver qué se me ocurría. Como no se me ocurría nada, no me gusta la menta, oigan, y no creo que algo que no te gusta te pueda dar inspiración para hacer algo; hasta que me llegó una idea. Terminé de tragarme la menta, como buenamente pude, y allí comenzó una nueva semana. Escribí un cuento de tres páginas, que se titula como esta entrada. Y los que lo han corregido y leído han dicho que está bastante bien. Por mi parte lo considero un cuento nefasto, y horrendo, pero que es de mi creación. No me gusta, porque lo hice enojado y cabreado. Creedme, cuando yo me enojo es mejor no estar cerca. Y este cuento lo demuestra muy bien.
En fin, diré, y para resumir, que este es el cuento que he escrito. Ahora tengo otro que preparar para este jueves, así que no sé cuándo vaya a poder darles mi sorpresa. No obstante, me haré un tiempillo. Ya sabeis que quiero que hagais. Lean el cuento, critíquenlo, con certeza y objetividad, pero sin caer en el insulto y la agresión. Den un buen consejo para mejorar, y así todos podremos aprender. Ustedes a detectar estos errores en vuestros escritos, si algún día hacen algo. Y yo a detectarlos también, y cambiarlos en algún día. ¡Espero sinceramente que les guste!
ADVERTENCIA: El cuento que os propongo puede ser doloroso para la gente que tenga o haya tenido familiares, amigos, o algún ser querido en la guerra. A esos posibles y potenciales lectores les digo: "No he hecho esto para ofender, y no lo he publicado por malicia. Lamento si el cuento pudo haberlos llegado a ofender, y me disculpo con extrema franqueza por ello. Temo erir, o haber herido vuestros sentimientos. Y espero que me crean, y entiendan que publico esto como si fuera un cuento, en parte porque amo la literatura, y en parte porque es una crítica social. Por favor, os ruego que me disculpéis si pude haberles ocasionado algún daño, y si creen que este contenido puede llegar a herirlos os recomiendo no leerlo".
El diario


Este cuento está dedicado a las personas que me dieron la inspiración para escribirlo. A ustedes, mis estimados compañeros.


Viernes 19 de febrero 2034
Ginebra, Suiza.

Un nuevo día, un nuevo informe. Este día es igual, e incluso peor, que todos los anteriores. El comandante Strudengert, ha decidido que no dará cuartel a nuestros enemigos. Desde que comenzó esta ridícula guerra el mundo se ha ido al pozo. Ya nadie recuerda ni siquiera porqué esta guerra comenzó, sólo la continúan porque quieren vengar a sus hermanos y padres, muertos en esta masacre humana. Los días son cada vez peores, y ya nos tratamos unos a otros, como si fuéramos perros salvajes. Nos mueve el hambre, nos mueve el deseo y la desesperación, ya no tenemos conciencia. No sabemos, ni recordamos quiénes somos, o fuimos. Porque está claro que ya nadie es lo que era. Veinticuatro años de guerra, por lo que puedo recordar, veinticuatro años ya que estamos condenados a la destrucción del ser humano. Nadie sabe, ni quiere saber la causa por la que peleamos, sólo, peleamos. Combatimos contra el enemigo, y contra nosotros mismos. Pero ya no lo hacemos con ideales ni con afanes. Ya no buscamos un objetivo, ni luchamos con el fervor de una creencia. Ya no salimos al campo de batalla creyendo que nuestras acciones definirán el curso de la humanidad, de nuestro pueblo. Ya no gritamos al morir por nuestra patria o nuestros seres queridos. Ya no lloramos por la pérdida de nuestros amigos. Ya no peleamos por defender nuestras convicciones. No, ahora somos máquinas. Máquinas frías y sin sentimientos que vana pelear como autómatas. Ya no tenemos fervor, ni pasión, ni dolor. Somos robots, en eso nos han convertido estos últimos veinticuatro años de guerra y desolación. Nuestras familias pasaron al olvido, quizás han muerto a manos de nuestros enemigos. Nuestras vidas quedaron atrás, quizás murieron porque nosotros las destruimos. Quizás nosotros, sin saberlo, destrozamos nuestro propio hogar. Pues es obvio que no sólo hemos librado batalla en este mísero país, sino que hemos guerreado en zonas lejanas. La nieve lo cubre todo, todo el tiempo. El frío es penetrante y desconsolador. No da tregua, no damos tregua, y seguimos muriéndonos de frío.
El general ha informado que pronto ganaremos. Ya nadie le cree, porque siempre lo dice, y eso no ha pasado. Cada diecinueve de febrero, año tras año, este estúpido hombre trata de hacernos creer que estamos ganando. Ya todo está perdido, y la suerte tirada. No digo que perdamos algún día, sino, que esta guerra está condenada a no terminar. No habrá ningún bando ganador ni vencedor, porque nadie jamás vencerá ni ganará. Nadie sabe porqué peleamos, y sospecho que el general tampoco lo sabe. Creo que ni siquiera sabe quién es nuestro enemigo. A decir verdad, creo que al igual que el motivo de esta guerra, nadie sabe nada. ¿Quiénes son nuestros enemigos? ¿Contra quién peleamos? Preguntas que nadie puede responder.
Ya no hay tácticas ni estrategias, eso se ha perdido, y ahora es considerado una vieja leyenda. He perdido casi toda mi vida en esta estúpida guerra, pues entré cuando tenía la edad de treinta años. Ahora, si mis cálculos son correctos sólo tengo cincuenta y cuatro años. Arruiné mi vida al entrar en esta guerra, y ahora ni siquiera recuerdo porqué decidí entrar. Quiero llorar, pero hace tiempo que perdí las lágrimas. Quiero gritar, pero hace tiempo que perdí la voz. Quiero volver a ver a mi familia, a mis padres, a mi prometida, y a mi hijo que jamás llegué a conocer. Quiero ver a la familia que pude haber constituido, pero lamentablemente ya no tengo ojos para ver algo que no sea muerte y guerra; ya ni siquiera recuerdo el rostro de mi amada.
Agente John Smith del 34º ejército de Ginebra, suiza.
Dos hombres estaban parados uno al lado del otro, miraban atentamente la fría tundra que los rodeaba. El paisaje estaba nevado, y el paraje estaba carente de todo tipo de vida. Los árboles parecían muertos, y no había un solo silbido de algún ave. El frío era intempestivo y cortante, y respirar una bocanada de aquel aire helado era como comer un iceberg.
-¿De qué oficial sacó esto? –preguntó uno de los hombres. El que estaba a la derecha, y tenía una cinta roja y blanca en el pecho.
-Del oficial Smith, señor –respondió el segundo hombre que tenía muchas medallas en la pechera de su uniforme militar térmico.
-¿Qué cree usted que significa esto?
-Creo que esto significa que muchos de los combatientes están hartos de esto.
-¿Hartos de esto? ¡Esa es su deducción brillante! –Replicó exasperado el hombre de la banda-. ¡Hace años que tuvo que haber dicho eso! Claro que esta guerra estúpida está inquietando a los hombres, y claro que están hartos. Yo, el imbécil que comenzó todo esto, estoy harto. Ni siquiera recuerdo contra quién declaré la guerra.
-Mi señor –dijo conciliador el general Strudengert-, no es su culpa. Esta guerra terminará más pronto o más tarde, y saldremos victoriosos; nos alzaremos en la gloria de… -se interrumpió-. Nadie sabía ya con qué gloria se podían alzar de ganar el conflicto. Hacía veinticuatro largos años.
Hacía veinticuatro años que el país de Alemania, había sufrido un grave agravio, que le había hecho entrar en periodo de crisis. Cuando nadie se lo esperaba, había surgido una alianza con el país menos imaginado. Estados Unidos de América, el país yankee, se había unido con Alemania y querían hacer frente a toda Europa. Así había comenzado una guerra ferozmente librada en terrenos enemigos, que se había prolongado veinticuatro años. Las condiciones de vida comenzaban a ser míseras, ya nadie tenía identidad, la única clasificación era en: enemigos, y compañeros de batalla. ¿Quién era el enemigo? Nadie, absolutamente nadie lo sabía.
-¿Qué vamos a hacer con Smith? –preguntó el que tenía pinta de ser el general.
El hombre de la banda roja y blanca se quedó mirando el vacío un momento, y pensaba en lo torpe y estúpido que era; “No valgo nada –se decía-, soy un…” . No llegó a terminar su hilo de pensamiento; no quería hacerlo. Reflexionó un momento, y luego, con una voz cansada, pero certera, dijo: “Creo que es riesgoso que Smith permanezca más tiempo en el cuerpo; los demás podrán enterarse de sus ideas, y apoyarle”.
-O puede que lo quieran silenciar –acotó el general.
-Es un imbécil, Strudengert –replicó el hombre de la banda bicolor-, no tengo la más mínima idea de cómo un hombre tan rematadamente idiota pudo haberse convertido en un general estratega. Pero ahora que lo pienso –meditó-, esto es una buena explicación de porqué todas las batallas nos han salido como un tiro por la culata.
Cada palabra, cada sílaba, cada sonido que salía de la boca del hombre era un cuchillo cortante, que se enterraba en el cuerpo del general, envenenándolo de odio y rencor.
-Por otra parte –continuó el que parecía de mayor rango-, decía que si dejamos a Smith junto a sus compañeros podrá contagiar su idiosincrasia, y eso conllevaría un amotinamiento. Será mejor acabar con la célula madre ahora mismo, ya que el cáncer entero es mucho más difícil de quitar.
-¿Cómo lo haremos sin levantar sospechas? –inquirió el general.
-¿Y qué me sugiere mi terrateniente estratega? –preguntó secamente el de mayor rango.
-Sugiero que lo asesinemos en silencio, mientras duerme, quizás; y podríamos hacerlo pasar por una muerte natural. Veneno, arsénico, ácido prúsico. ¡O un suicidio! –respondió orgulloso de su ingenio, el general Strudengert.
-¡Magnífico! –respondió irónicamente el hombre de la banda roja y blanca-. Ahora no tengo ninguna duda de porqué hemos fracasado en todo. Lo único que hemos hecho bien es exterminar a los suizos, y apropiarnos de estas tierras como frente de batalla. ¿Acaso no se percata de que si hacemos eso, sus compañeros tendrán más razones para enfurecerse?
-Entonces –dijo Strudengert-, ¿Qué sugiere que hagamos?
-Darle una misión –respondió con naturalidad el de mayor rango-, algo difícil, pero fácil al mismo tiempo. Algo que pueda considerarse piadoso, pero que sea suicida. Algo, que en definitiva, nos haga quedar bien con el resto del cuerpo, y nos permita deshacernos de Smith.
-¿Como qué? –inquirió el general.
-OH, eso es lo de menos –dijo quitándole importancia con un ademán de la mano-. Encomiéndele una misión simple, pero peligrosa. Dígale que lleve un mensaje a los fronteros, para que traigan refuerzos, y suelte los perros la noche de su partida. Diremos que fue el enemigo, y como nadie querrá ver el cadáver todos se quedarán tranquilos.
Después de un asentimiento por parte del general, y de unos pequeños arreglos, ambos hombres callaron, y miraron el cielo gris y acerado que se extendía sobre ellos. Respirando el aire helado y penetrante el dictador de la banda bicolor tenía la certeza de que el mundo se estaba cayendo a pedazos. Escrutó el paisaje con sus fríos ojos de acero, y asintió levemente.
Él tenía razón, y el futuro del ser humano, ya estaba echado.



Sir Nícolas Vásquez de Aragón.

Allí lo tienen, pueden comentar, agregar cosas, hacer opiniones, correcciones, e incluso vuestras observaciones particulares. Nuevamente, me disculpo ante todos aquellos lectores que pudieron sentirse ofendidos con este material. Para los que estéis interesado, el género en que he catalogado este cuento, y a mi modo de ver, es ciencia ficción. Si podéis darle otra categoría en el subgénero de cuento, estaré encantado de oírlas.

Será pues, hasta que el mar de los conocimientos vuelva a reunirnos, hasta que el universo nos encuentre desprevenidos, y atraiga a la curiosidad, al deseo, y a la necesidad de saber, explorar y conocer el mundo, para poder seguir adelante.
"No se es inteligente por lo que se sabe, sino, por lo que se admite no saber".
Sir Nícolas Vásquez de Aragón.

P.S. Para los que estén pensando en que el salón se convirtió en una sala editorial, debéis saber que estoy interesado en que este salón siga siendo igual de objetivo, como siempre. Y que además, tenga algún que otro entremés. Tales como estos cuentos, que son una forma objetiva, o por lo menos, más implícita de exponer opiniones y hablar de uno mismo.
P.P.S. Aquellos lectores que quisieran que alguno de sus escritos, cuentos, materiales, poemas, pequeñas historias, tratados de algo en particular; se publiquen por aquí, y si creen que puede encajar en un blog de estas características. Deben escribir a saladelestudio@gmail.com, y allí veremos cómo podremos solucionarlo.