jueves, 17 de marzo de 2011
Han vuelto
Damas, caballeros, aquello que da sentido a este blog (las matemáticas, para que no pensemos que este blog se nutre de paz) (al contrario, este blog fomenta la ansiedad y el estrés) (deberían dejar de leerlo ya mismo)... han retornado. Por favor, que se entiendan los paréntesis como una sutil ironía de las que me gustan a mí.
Siempre me gusta decir algo para comenzar la sección de mates de cada cuatrimestre, pero hoy no tengo nada interesante que comentar y no he leído nada digno de publicarse con esa intención. Sin embargo, algo tendré que poner, ¿no? De lo contrario se me caería la entrada a pedazos, ¿no? Pues veamos...
... Dos y dos son cuatro cuatro y dos son seis...
... Seis y dos son ocho y ocho dieciseis...
... Ocho veinticuatro y ocho treinta y dos...
... Salta la tablita yo ya la salté...
Que el que se lo haya creído hasta aquí que levante la mano. Vamos, ahora bajadla, que lo mismo nadie la veía.
Damas, caballeros, porque amamos el mundo de las matemáticas, las matemáticas han retornado. Porque es nuestra pasión desvelarnos por no poder resolver un enigma, las matemáticas vienen a saciar nuestras ansias de pensar. Porque somos una panda de frikis sin remedio, vuelven las matemáticas para hacernos reír un rato.
Porque alto, ancho y largo es el mundo que se abre a los atentos exploradores, y temeroso va este, con cuidado de que las llaves que le han permitido entrar ahí le sean arrebatadas y su ser sea privado de la maravilla que ahí se esconde. Esto último lo dijo Tolkien sobre los cuentos de hadas, nada es mío. Porque larga es la aventura que nos aguarda al ponernos en marcha (esto ya sí es mío). Porque las matemáticas son inagotables e infinitas. Porque son un mar truculento en el que el viajero gusta perderse para explorar.
Porque abismales son sus aguas y también peligrosas. Porque cuando el marinero se hace a la mar sabe que correrá riesgos, pero le da igual con tal de perseguir sus aventuras. Porque son como las sirenas: son hermosas, pero también peligrosas y seductoras. Porque son como el amor: la plenitud de amar, y los dolores de cabeza que eso conyeva.
Porque es la forma en que el hombre ha decidido crear entes abstractos e ideales puros y perfectos. Y porque el estudio de estos entes ideales nutre al estudio de los entes concretos. Porque resulta francamente asombroso que el hombre haya sido capaz de crear sistemas de entendimiento (o modelos de explicación) que definan la realidad y proporcionen una interpretación tan certera sobre lo que nos rodea, y que para elaborar estos modelos de comprensión de la realidad se base en entes ideales que nutren las teorías existentes.
Porque sabemos que al hombre nos ha sido dado el privilegiado don de conocer aquello que nos rodea y descubrir las pequeñas maquinarias de la naturaleza. Entender los mecanismos ocultos del universo y maravillarnos ante la grandeza y la sutileza de la creación. Porque cada pequeño detalle, un átomo, una estrella o una nube, está maravillosamente diseñado y estructurado, y le ha sido concedido al hombre conocerlo y admirarlo.
Porque hay quien dice que la definición de "búsqueda de la verdad" que tiene la ciencia es abstracta y poco clara, pero es cierto hasta cierto punto. Porque es cierto que la labor del científico hoy en día se ve influenciada por la perniciosa economía y la búsqueda de reconocimiento, de fama o de dinero, y que muchos de los grandes hallazgos científicos son aplicados sin mesura y sin ética alguna. Pero no es menos cierto que la ciencia comenzó su camino por sabios hombres que, antes que nada, supieron entenderse como sencillos y extraviados exploradores ante algo mucho más grande que nunca llegarían a conocer.
Porque la ciencia de verdad, la que practicaron hombres como Lavoisier, como Hooke, como Boile, como Newton, como Copérnico, como Galileo, como Pasteur, como Dalthon, como Abogadro, como Vorg, como Raderfort, como Gram o como Kekulé, era la ciencia de humildad ante la gran sabiduría del cosmos, ante lo inmenso e inexplorado, ante aquello que permanecería siempre velado a toda inteligencia mortal.
Porque como dijo Milone, el conocer mecanismos y funcionamientos del ADN no da respuestas sobre interrogantes mucho más elevadas. Porque, así como es cierto que se incurriría en insensatez el pretender decir que el conocimiento científico es pura y exclusivamente objetivo, no es menos cierto que sería insensato decir que la ciencia puede abarcarlo todo. Puede llegar a un conocimiento amplio y profundo sobre el mundo que la rodea, y esta es una gran empresa y una increíble aventura de por sí.
Porque me aburro y quería traer este sección a la vida. Porque awquí luchamos fieramente por combatir esos retos matemáticos. Porque una aventura, si se queda a medias, deja de ser aventura. Porque es hora de retornar...
... Damas, caballeros, las matemáticas han vuelto.
Estad atentos.
lunes, 1 de noviembre de 2010
Los principios
Damas, caballeros...
... hacía mucho tiempo que en este salón no se publicada nada escrito por mí (escrito en el sentido de ficción). Hoy quiero ofreceros con uno de mis más modestos cuentos, escrito hace un mes, aproximadamente, para una amiga muy entrañable. En él, y como siempre me gusta hacer pequeñas reflexiones, introduzco a mi personaje principal de la serie policial y le doy un rol distinto al que suele ocupar. Es, por así decirlo, el relato de cómo comenzó todo en la mente y el corazón de Adan Evans.
Como siempre, este blog nunca se ha cerrado a críticas. Recuerden que si bien la crítica es una crítica, tiene que estar encaminada a un fin constructivo (de nada sirve si sólo alguien llega y se pone a gritar que esto no le gusta y luego a insultar a medio mundo). Como siempre, el deseo de todo escritor en fase de prueba es intentar hacerlo cada día un poquito mejor, y para eso necesito conocer la opinión de los lectores. La crítica constructiva, cuando está bien hecha y recalca los errores para lograr un bien, rinde buenos frtuso en la vida del escritor (a nivel de escritor y a nivel personal), pues se aprende a juzgar y a cuestionar lo mismo que se escribe con un criterio objetivo e imparcial. Además se corrijen defectos, se pulen cosas pequeñas en las que no siempre reparamos, y eso es lo que hace la diferencia a la crítica destructiva. Si tenéis una buena crítica (aunque sea para decirme que a vosotros no les gustó tal cosa o les parece de tal y tal modo) será recibida con los brazos abiertos, porque aquí estamos dispuestos a crecer y a mejorar siempre un poquito más. No hay mejor forma de avanzar en un camino que reconociendo las propias caídas y levantándose con más experiencia.
Sin mayor dilación (considerándose esto último como más dilación), os presento este modesto cuentito.
Los principios
La primera chispaEste modesto cuento (que no es siquiera digno de ser dedicado a semejante persona) está dedicado a la señorita Lady Ginger. No es ni mucho menos lo que hubiera querido regalarte para una fecha tan importante como la celebración de la vida, pero mi “extraordinario y magnífico sentido de la ubicación temporal” me ha demostrado que no puedo terminar una nuvelle de fantasía en dos días. Sé que te gustan los cuentos policiales, y también sé que te gusta Adan Evans. Lamento, no obstante, no haber podido pensar una nueva historia policial, como las que a mí tanto me gusta encaminar y a ti tanto te gustan leer. Conserva las esperanzas de que, quizás más adelante, puedas recibir la parte buena del obsequio. Por el momento, espero que veas en este cuento un signo sensible del cariño y la admiración que te tengo. Porque quizás este mundo necesite más hadas de luz como tú, y tú cumples a la perfección el cometido de llevar más amor y color a este mundo, feliz cumpleaños, querida amiga. Adan Evans también necesita tener una niñez, por más triste que sea esta en algunas ocasiones. Era necesario que el detective tuviera una firme razón para serlo. Porque los grandes dones… conllevan grandes responsabilidades. El niño caminaba por la quieta calle de Londres. El aire soplaba calmo y la fresca tarde de primavera invitaba a pasear un rato por el querido y familiar vecindario. Adan Evans era un niño bastante atípico y peculiar para su edad. Pero decir esto es una imprecisión en la descriptiva expositiva. En principio hay que señalar que (como casi todo el mundo sabe) no todos tenemos las mismas características, y he allí la causa de las desigualdades y que todos (en cierta medida) seamos atípicos. Convengamos, ¿cómo sería el mundo si todos fuéramos idénticos? Corresponde, por tanto, indicar qué clase de “atipidez” poseía Adan Evans.
Era un niño Delgado, pálido y bastante alto para su edad. El aspecto general era enclenque y su pelo azabache le daba un aire más desahuciado. Unos brillantes ojos verdes centelleaban en lo alto de su cabeza, y este era el único signo visible que delataba la particularidad de aquel jovencito. Sus ojos eran increíblemente suspicaces y llenos de una sagacidad impropia en un muchachito de nueve años. Por otra parte, no era muy aficionado al deporte, jugaba mucho al ajedrez, le gustaban los cálculos y los números y tenía una facilidad pasmosa para hablar latín y francés. Pero si algo sorprendía, algo que verdaderamente estaba fuera de lo común, era su increíble capacidad para resolver problemas, para generar nuevos enigmas y para penetrar todo con una mente afilada que no dejaba cabo suelto en cualquier dificultad. Si se le presentaba un problema cotidiano, antes de proceder a resolverlo, lo primero que hacía era analizarlo en todas sus formas para hallar la verdadera solución. Como detalle curioso, y fuera de los ya señalados, podemos destacar que tenía cierto gusto morboso por romper aparatos y volver a armarlos, jugar con el laboratorio de su padre y mirar las estrellas en las noches de verano.
Pero el niño, que a esta altura ya debe estar bien descripto, sólo se dedicaba a caminar, paseando, observando y disfrutando de la bella primavera. Fue un grito lo que lo puso en guardia. Era un chillido amortiguado que provenía de sus espaldas. De inmediato se volvió, tratando de aguzar la visión para detectar de dónde provenían esos quejidos, y pudo distinguir, a lo lejos, un grupillo de muchachos de diecisiete años que caminaban con prisa hacia donde estaba él. Sabía que no le quedaba tiempo para huir, con lo que decidió esconderse en una callejuela lateral. De pronto parecía que el día había corrido demasiado rápido tras el atardecer, que las lámparas de sodio no alumbraban lo suficiente y que la callejuela se hacía más angosta y no parecía terminar. Al fin terminó, y Adan comprobó con estupor que no era una callejuela, sino un callejón del que no había ninguna escapatoria.
Volvió su rostro buscando algún refugio seguro, un lugar en donde no pudiera ser visto por los muchachos que se acercaban riendo y jurando con palabras extrañas y ajenas. Vio a la tenue luz de la farola un montón de cajas y dos botes de basuras. Decidió que eso debería bastar por el momento, y confió plenamente en que la Divina providencia no pusiera a los muchachos en ese callejón. Sus esperanzas, sin embargo, se vieron reducidas cuando oyó que las risas se hacían más nítidas, que los pasos comenzaban a resonar por el callejón…
Se quedó quieto y trató de serenar su respiración. Por la conversación que mantenían, sabía que esos muchachos no le tendrían consideración si lo veían por allí.
—Pongan a la rata en el suelo —dijo una voz—. Es increíble que la ratita de mamá no se haya defendido ni un poquito. Maldito nazi, ahora aprenderá lo que es bueno.
—Está a nuestra merced —replicó una segunda voz.
El niño oyó un ruido de arrastre y luego un golpe seco, como si tiraran algo muy pesado al suelo. Adan decidió que podía sacar un poco la cabeza para ver mejor.
Lo que vio lo dejó pasmado. Un jovencito de trece años yacía en el piso, atado de pies y manos, con un balde en la cabeza y un montón de cinta aislante en el cuello y la barbilla. Emitía leves quejidos, como si intentara gritar y respirar al mismo tiempo, pero los otros, en lugar de quitarle sus ataduras, comenzaban a extraer navajas y palos de bolsillos y mochilas que llevaban al hombro. El más alto de todos ellos, el que había hablado por primera vez, parecía también ser el primero que iba a golpear con una cachiporra. El golpe no se hizo esperar. El palo cayó sobre la cubeta y resonó como una campana. El niño de trece años gritó, quedándose sin aire, gritó y gritó hasta que sus pulmones estuvieron a punto de reventar, como si el dolor fuera insoportable.
—¿Te dolió, desgraciado? —le preguntó otro de la comitiva—. Espera a que acabemos esta noche, y luego nos dirás qué es dolor.
Fueron dos palos más a la cabeza del niño, quien había dejado de moverse, y su respiración se hacía más dificultosa. Adan estaba atónito, incrédulo; no podía pensar que lo que estuvieran haciendo fuera realidad. Habían sacado las navajas y practicado incisiones en los brazos y piernas del niño, causa de más gritos y de más dolor, y habían comenzado a arrancar de tirones la cinta aislante, dejando trozos de piel a su paso.
Los gritos del niño se habían vuelto insoportables. Adan notó que sobre el cielo crepuscular se arremolinaban unas nubes de tormenta. En la lejanía oyó un trueno. Luego vio un relámpago y poco tiempo después tronó con mayor intensidad. Las primeras gotas comenzaban a caer, movidas por el viento. De seguro esa sería una de las mejores tormentas del año.
La pandilla había levantado al niño, y había le sacado el balde de la cabeza. Adan casi soltó un grito al ver el rostro del niño: Estaba lleno de sangre, uno de sus ojos estaba morado y cerrado, la nariz estaba partida, y el niño parecía inconciente.
—¡Defiéndete! ¿Por qué no te defiendes?
Cayó un garrote sobre su cara, dejando los ojos ensangrentados y la nariz destruida por completo. El niño se tambaleó un par de pasos hacia atrás, pero un golpe en la espinilla con una bota remachada en acero lo hizo adelantar para recibir dos golpes en el lado de la cabeza. El aguacero había comenzado, y las gotas de lluvia se convertían en baldazos de agua por el viento.
—¡Defiéndete como un hombre!
Otro golpe en el otro lado de la cabeza, un nuevo tambaleo y un nuevo empujón. Un garrote en el estómago, dos patadas en la espinilla y un golpe en la boca. El pobre niño se ponía de rodillas, pues no resistía más el dolor, pero los demás lo levantaban de la chaqueta y lo obligaban a ponerse de pie mientra lo masacraban como sólo los animales podían hacer. Le arrancaron mechones de cabello con gran parte del cuero cabelludo, le tiraron las orejas hasta hacerlo sangrar y los puñetazos en el pecho y los palazos en el estómago no pararon, intercalados de vez en cuando con un garrote en la cabeza. El niño perdía cada vez más el conocimiento. Con horror notaba cómo dejaba de ver a sus agresores, de oír los truenos, de tener ganas de respirar…
Finalmente lo tiraron de espaldas y comenzaron a golpear sus piernas sin parar, y en una ocasión Adan pudo oír cómo un hueso crujía al romperse de una forma horrenda.
El jovencito sólo musitaba frases suplicantes llenas de peticiones de misericordia, pero los captores estaban en un grado elevadísimo de placer violento y destructivo, destruyendo, aniquilando y desmoronando. Habían perdido toda conciencia, ahora sólo la bestialidad dominaba sus impulsos.
El niño lloraba y gritaba cada vez más tenuemente, pero ese no era indicativo de que su dolor disminuyera, sino de que comenzaba a expirar lentamente.
Adan negó con la cabeza. No podía permitir que lo mataran, no podía… Pero qué podía hacer él. Si acaso llegaba a decir “no”, de seguro él terminaría peor que ese niño… Necesitaba pensar, y debía hacerlo rápido, pues una vida corría peligro. Una luz brotó en su interior.
Cuidando que ninguno de los rufianes lo viese, caminó en dirección a la salida del callejón. La lluvia y los truenos, que formaban charcos inmenso de agua, cubrían toda la visibilidad y dificultaban el moverse con sigilo; no obstante, le jugaron a favor, pues entre las risas sádicas, los gritos y el bullicio, nadie le prestó atención y consiguió salir de allí. El resto estaba en saber actuar de un modo convincente y gritar lo suficiente como para acallar el clamor de la tormenta.
—¡Guardias! ¡Guardias! —gritó una voz infantil que venía desde la boca derecha del callejón, justo por donde habían entrado hacía un momento.
Los pandilleros se vieron unos a otros, atónitos, sorprendidos y atemorizados, y comenzaron a preparar la retirada. Guardaron todas sus armas y tomaron al niño por la pechera.
—Escucha con atención —dijo el más alto de la pandilla—: Eres una rata inmunda y asquerosa. No mereces vivir en un país como este, porque eres un desgraciado alemán, un maldito nazi. —Acto seguido le escupió en el rostro—. No quiero volver a verte caminar, porque si lo hago, te juro que no estarás vivo para contarlo después.
El delincuente lo elevó del pecho de la chaqueta, y luego lo embistió contra el duro piso de cemento. La cabeza del niño de trece años se estampó contra el pavimento y después de emitir un débil gemido, se quedó inmóvil.
—¿Lo mataste? —preguntó otro miembro de la pandilla.
—¿Y qué si lo hice? —repuso el otro.
—¡GUARDIAS, POLICÍA!!! —volvió a gritar la voz pidiendo auxilio—. ¡POR AQUÍ! ¡ESTÁN EN EL CALLEJÓN!
—¡RETIRADA! —gritó el jefe, y toda la pandilla comenzó a trotar en medio de charcos de agua, recibiendo los baldazos de agua en todo el cuerpo.
Salieron presurosos del callejón y miraron a ambos lados con desesperación, de la misma manera en que un roedor ve próximo su fin. Finalmente uno de los pandilleros tomó el camino izquierdo, pues por allí perderían al policía de turno. Soltando maldiciones e improperios, los delincuentes corrieron hasta que sus pasos se perdieron en el fragor de los truenos.
Adan Evans salió de su escondite y corrió presuroso hacia el callejón. Sus pobres piernas no le permitían ser muy veloz, la ropa empapada, la continua lluvia y los charcos se tornaban dificultosos para sortear. Finalmente llegó al lado del cuerpo inerte del pobre muchacho que habían masacrado.
—¿Estás bien? —preguntó Adan casi con desesperación.
Se colocó al lado del muchacho y lo volvió para examinarlo. Su madre sabía hacer pasteles, hablaba varios idiomas y era una renombrada violinista. Su padre era un hombre de cálculos, de libros y de ciencia. Pero nunca le habían enseñado qué hacer en esos casos.
El joven aparecía magullado y casi deforme, con una nariz sangrante y un ojo al borde del derrame. Su mano estaba magullada y tenía fuertes golpes en la cabeza.
—¿Me oyes? —gimoteó Adan, cada vez más asustado—. Soy Adan Evans, ¿cómo te llamas tú? ¿Sigues conciente?
El muchachito respiró entrecortadamente e intentó abrir un maltrecho ojo. Reconoció a Adan en medio de la oscuridad y a pesar de que su visión se nublaba.
—¿Dónde están? —preguntó.
Su voz era entrecortada y ronca, con profundos jadeos y grandes dificultades.
—Los distraje —respondió el niño—. ¿Te sientes bien? ¿Te golpearon mucho? ¿Recuerdas a dónde vives? Dime algo. No… no te mueras… por favor… no te mueras…
—Benjamin… —dijo el muchacho—. Me llamo Benjamin Brosky…
—No te duermas —dijo Adan quedamente—. ¡Por favor, no te duermas!
Cada vez estaba más desesperado. En un arranque de pavor, había sostenido la mano al muchacho, como para evitar que se fuera, tratar de que no se sintiera solo. Sin darse cuenta de ello, Adan Evans estaba presenciando uno de los sucesos más trágicos, más temidos y dolorosos para los hombres. La muerte se hacía presente en aquel callejón como una sombra que comenzaba a cubrir la luz de la vida. Y la pequeña lucecita, cada vez más mortecina, cada vez más débil, se apagaba lenta y silenciosamente.
—La cabeza… —musitó el joven tendido en el suelo.
El agua se acumulaba a su alrededor, dejando buena parte de su cuerpo sumergida.
—¿Quieres que vaya por ayuda?
Adan hizo amague de levantarse, pero de inmediato lo sorprendió la mano del joven que yacía en el suelo. Con las pocas fuerzas que aún conservaba tras la paliza, logró retener a Adan y hablar quedamente: “No te vayas”, le dijo.
—Debo buscar ayuda —replicó el niño, tratando de hacerle entender.
El jovencito negó con la cabeza.
—Quédate, Adan…
—Necesitas ayuda. No te puedes quedar allí tendido.
El joven ya no respondió. Sólo se limitó a estrechar más la mano de Adan Evans y poco a poco el niño comenzó a sentir que esta se ponía más fría. El jovencito cerró los ojos con cansancio, como si le pesara mucho seguir manteniéndolos abiertos, y fue aflojando la presión en su mano. Sólo dijo una palabra más antes de dar su último suspiro: “Gracias”. Después de pronunciarla con esfuerzo, respiró por última vez y se quedó quieto, quizás demasiado quieto. En ese mismo instante, como comprendió con horror el pequeño niño de nueve años, quien nunca antes había visto tan de cerca a la muerte llevarse una vida, en lo más profundo de aquel inocente se había apagado la llama de la vida, que había crepitado con todo su vigor hasta ese momento, que había batallado en vano para no apagarse, luchando contra el viento y la marea.
Los ojos no volvieron a abrirse, el corazón no volvió a latir, los pulmones no volvieron a inflarse, la mano no volvió a apretarlo. Su mano. Estaba fría y sin vida, pero él seguía recordando con cuánta desesperación lo había tomado, con cuánta súplica le había implorado que se quedara a su lado. Ahora lo entendía. No quería morir solo. Había muerto sabiendo que estaba muriendo.
Adan se puso de pie, como temiendo que la muerte también quisiera llevárselo a él, mirando a su alrededor, despavorido y desconcertado. No le gustaba estar desconcertado. Pocas veces en su vida lo había estado, y esa era una de ellas. No sabía qué debía hacer en una situación semejante, ni a dónde debía ir, ni con quién debía dejar el cuerpo del pobre muchacho que había muerto sin tener que morir.
Elizabeth Dawson de Evans corrió a abrir la puerta cuando oyó a su hijo gritar desde fuera. Era una mujer alta, esbelta y de facciones delicadas. Al abrir, su pequeño se abalanzó en sus brazos y rompió en llanto histérico, como pocas veces lloraba un niño en su vida.
De inmediato llegó corriendo su padre, David Evans, alertado por los golpes en la puerta y por el llanto del niño. Ambos padres estrecharon al pequeño Adan entre sus brazos, sabiendo que sería inútil preocuparse por saber qué había sucedido mientras no tuvieran la declaración del niño; era un error teorizar sin pruebas, con lo que el niño podría estar llorando así por haber robado alguna minucia o por haber sido raptado. Cuando el niño se tranquilizó, su madre levantó su rostro y lo examinó a la luz de las lámparas.
—¿Te sientes bien, hijo?
—Yo…
—¿Por qué tienes tanto barro?
—Yo…
—¿Y esa sangre?
Su madre comenzaba a preocuparse al ver el estado en que había regresado el niño.
—¿Estás bien, Adan? —preguntó su padre con preocupación.
—Una pandilla —dijo el niño—. Una pandilla atacó a otro chico. No pude detenerlos. Los distraje demasiado tarde. Lo mataron.
Sus padres se miraron entre sí perplejos. El niño estaba más tranquilo, aunque su respiración era entrecortada. Por lo demás, se encontraba algo pálido y agotado.
—¿Tú lo viste? —preguntó su madre.
—Yo estaba a su lado cuando… cuando murió.
—¿Cómo distrajiste a la pandilla? —inquirió su padre.
—Salí del callejón en donde se habían metido, fui al camino por donde habían ido y metí la cabeza en un contenedor de metal; luego grité lo más fuerte posible como llamando a un policía, y poco tiempo después huyeron despavoridos.
Su madre lo atrajo hacia sí y lo estrechó fuertemente entre sus brazos. Su padre corrió al teléfono y llamó a la policía.
El niño ya se encontraba más repuesto cuando tocaron al timbre. Estaban los tres Evans sentados a la mesa, tratando de que Adan tomara un bocado antes de irse a la cama, cuando dos oficiales de Scotlan Yard entraron a la sala.
—Buenas noches —saludó el señor Evans en general.
—Buenas noches, señor…
—… Evans. David Evans.
—... Evans. Buenas noches, señor Evans. Soy el inspector Otis, y el caballero es el oficial Ograydie; somos de la división homicidios. Desearíamos hablar con el que vio todo el asesinato, creo que es su hijo.
—El niño no está en las mejores condiciones —explicó el señor Evans—. Espero que puedan entender su relato.
El niño habló durante veinte minutos, tratando de ser lo más claro posible, de dar la mayor cantidad de descripciones y de lograr que los que habían asesinado al pobre muchacho entraran en la cárcel.
—¿Dices que le dijeron “nazi”?
—En efecto —respondió Adan—, justo antes de tirarlo al suelo.
—¿Usted qué piensa, Ograydie?
—Debía ser un nazi refugiado en Inglaterra, quizás por eso lo mataron. Quizás parientes de un soldado caído en la guerra…
—El muchacho se llamaba Benjamin Brosky —dijo Adan Evans con total inocencia—. ¿No le dice nada eso, señor?
—¿Qué quieres decir, pequeño? —preguntó el oficial de policía con deferencia.
—Que tanto el nombre como el apellido son más judíos que alemanes. Mi madre me contó que al estallar la guerra muchos judío-alemanes que vieron peligrar su vida huyeron del país y se refugiaron en los Estados Unidos, entre ellos, ese científico, el señor Albert Einstein.
—Sigo sin entender —dijo Ograydie.
—Pues está más claro que el agua —dijo el señor Evans—: Mi hijo quiere decirle que es más probable que sea un judío refugiado que un nazi que ha escapado. Hay que investigarlo, por supuesto, pero creo que tendrán más suerte si investigan a los judío-alemanes en lugar de los nazis…
—Creo que tiene razón —sentenció el inspector Otis—, pero recuerden que será difícil atrapar a los perpetradores de este crimen.
—¿¿¿Qué???? —exclamó Adan con pasmo—. ¡Pero lo mataron! ¡Lo mataron!
—Sabemos que lo mataron, ya llevamos el cuerpo a la morgue, pero seguimos sin tener pruebas que apunten a… —dijo el oficial Ograydie.
—¡Usted es un estúpido! —gritó Adan colérico.
—Adan Evans —dijo Elizabeth Dawson detrás de su hijo—, no te hemos enseñado a tratar así a las personas.
—Pero sí me han enseñado a decir siempre la verdad. ¿Cómo no van a poder encontrarlos? ¡Les di la descripción de todos!
—Una descripción que resulta muy general, ¿o no sabes, niño, cuántos pandilleros hay en la ciudad? No hay huellas dactilares, ni las armas ni nada que nos lleve hacia los posibles sospechosos.
—Pero…
—¿Qué? ¿Tú sí puedes llegar a ellos?
—Esos pandilleros sabían que Benjamin Brosky era alemán, y quizás, como otros que conozco, no supieran que su nombre es completamente judío. Quizás esos pandilleros, si podían saber eso, vivan cerca de la casa del chico, o frecuenten comúnmente las colectividades judías en donde se hacen refugios. Habría que…
—… habría que cerrar la boca, acallar la imaginación y dejar que los oficiales adultos se hagan cargo de esto, niño —escupió Ograydie con fastidio. Parecía deleitarse en usar el vocativo “niño”.
—Le prevengo de dirigirse en esos términos a nuestro hijo —dijo el señor Evans con firmeza.
—Y yo le sugiero que hagan que su hijo tenga más respeto por la autoridad.
—Si respetar la autoridad significa —dijo Elizabeth Dawson— someter toda nuestra vida en manos de gente inepta, entonces estoy segura de que jamás le enseñaría a mi hijo a obrar así.
—Creo que nos estamos excediendo en este asunto —apuntó el inspector—. Nosotros no deberíamos darles cuentas a ustedes, ya que no son la familia del muchacho.
—En cualquier caso, es cierto que tienen pocas esperanzas de atraparlos? —preguntó el padre de Adan—. Mi hijo dio en el clavo hace un rato…
—… la gente —resopló el oficial Ograydie con gesto cansino—. Todo el mundo cree que ser detective es fumar en pipa y usar gabardina, tener mujeres y salir a perseguir criminales, o, en su defecto, también se hacen la deformada idea de que es menester ponerse a trabajar con una lupa y buscar pistas. Eso sólo ocurre en las novelas de misterio.
Después de un par de comentarios más, los oficiales de policía se marcharon del domicilio cómodo y modesto de los Evans. Adan había quedado verdaderamente disgustado de su encontronazo con ese hombre del que no recordaba el nombre. Sus padres habían intentado darle ánimos, esperanzarlo, convencerlo de que se podría hacer algo. Pero el niño seguía obstinado en que con persona así trabajando, difícilmente se llegaría a dar con los culpables de ese asesinato.
Sus sueños aquella noche no estuvieron exentos de vivenciar todos los momentos trágicos del callejón. No podía dejar de recordar en sueños, una y otra vez, como si su espíritu lo estuviera acusando de cobarde o traidor, la mano de ese pobre muchacho que no conocía, suplicándole que se quedara a su lado, y luego pidiéndole que encontrara a sus asesinos. Un par de veces despertó con la sensación de que tenía cierta culpa. Al fin y al cabo, él era el único que había estado cerca del muchacho en el momento de la paliza, y él era el único que había podido hacer algo por el desventurado joven. Quizás si hubiera reaccionado antes, si hubiera hecho su treta un poco antes… si los hubiera enfrentado en lugar de quedarse allí tendido… Pero ¿qué podía hacer él? Él era poco más que un gusano con patas, lo demolerían en cincuenta segundos. Y de nada servía atormentarse, pues el mal ya estaba hecho, y ahora ese muchacho había muerto cruelmente, sin ningún ser querido al lado, sólo con la persona que lo había salvado, y para peores de males, la persona que lo había salvado de nada. Ahora debía encontrarlos… Pero los encargados no podían… eran incapaces… eran unos incompetentes… unos idiotas… Llegó a la conclusión de que los policías no servían para nada, sólo para estorbar, molestar, obstruir y llevar injusticia.
«Asesinato en el callejón de Hambrury.
»La pasada noche de mayo, un joven de trece años, al que sus padres han pedido que no se identifique para mantener el luto, fue violentamente asesinado por una pandilla juvenil de Londres, que, como tantas otras en estos accidentados tiempos que corren, se dedican a perseguir a alemanes refugiados en el país, confundiéndolos con nazis y torturándolos hasta la muerte. El niño que asesinaron salvajemente la pasada noche resultó ser miembro de la colectividad judía, quienes viven en refugios especialmente preparados para ellos y evitar que la masacre de Adolf Hitler siga adelante.
»El muchacho presentaba graves heridas, fuertes contusiones, derrames internos y cortes prolongados en todas sus extremidades. Asusta ver el sadismo con el que acabaron con esta vida. El forense no ha detallado más sobre la autopsia del cadáver, ya que hay detalles morbosos que podrían atentar contra la sensibilidad de los lectores.
»La investigación de la muerte está siendo llevada por el inspector Mark Otis, y por su joven y prometedor asistente, el oficial de homicidios el señor Richard Ograydgie. A pesar de contar con fabulosos genios en materia criminalística, se hace dificultosa la busca de los pandilleros que acabaron con la vida del desafortunado joven. “Los crímenes más sensacionales suelen ser los de más difícil solución”, declara el inspector Otis a nuestro enviado especial. “Sin embargo, estamos haciendo todo lo que está en nuestra mano para evitar que este delito quede impune”, dijo el oficial Ograydie tras las declaraciones de su superior.
»Rogamos a toda la población que, si alguien sabe algo sobre el brutal ataque a este pobre joven, quien será sepultado en el cementerio (…), el día diecisiete de este mes a las trece horas, se comuniquen con la redacción o bien con Scotlan Yard. Ayudemos a que estos delitos no queden impunes».
El artículo del periódico había aparecido crudamente, indicando una aplastante y dolorosa realidad que Adan no quería reconocer: La policía había cerrado por completo el caso. Era regla general que, si la policía conseguía resolver algo (cosa que muy pocas veces ocurría), los periódicos publicaran como mínimo cinco páginas sobre el maravilloso accionar de la policía. Era regla general que, si la policía daba por cerrado un caso (pero el periódico no quería dejar traslucir su incompetencia), publicaran un petitorio de ayuda y citaran los motivos por los que la investigación se dificultaba. Conforme avanzaban los días, Adan se convencía de que ese horrible homicidio quedaría sin ningún culpable, que todo se olvidaría en el tiempo, que los padres del pobre Benjamin Brosky morirían sin saber quiénes le arrebataron a su hijo, que jamás se haría luz. Era dolorosamente conciente de que sus esperanzas se perdían.
El muchacho que le reclamaba en sueños comenzó a desaparecer progresivamente de sus pesadillas, pero no de su vida por entero. Había descubierto algo más aquellos días: Él no era ningún niño idiota. Todo lo contrario, Adan Evans tenía facultades extraordinarias para reaccionar en circunstancias difíciles. Las ideas brotaban a manantiales de su mente. Cuanto más decían los medios que era imposible resolverlo, más creía tener formas de encontrar a los asesinos. Y con el correr de los días, además, había centrado su atención en otros casos que la policía, para variar, no conseguían resolver, dándose cuenta con pasmosa incredulidad que la solución estaba al alcance de la mano. Había hecho una carpeta con recortes de periódicos y distintas anotaciones marginales (hechos con lápices rojos y verdes) en las que señalaba posibles formas de encontrar más información o de hallar una solución con lo lamentablemente expuesto en los casos que consignaba. Y cuando su padre lo revisó, no dudó en ningún instante en asentir con la cabeza y quedarse mirando el vacío durante unos momentos; y en su padre eso era signo de que las cosas se estaban haciendo bien.
El último hecho destacable de esta reseña en la vida de Adan Evans ocurrió el diecisiete de mayo de mil novecientos cuarenta y tres. Aquel día, como todos sabemos gracias al artículo periodístico que he rescatado de los anales de la memoria humana, se auspiciaría el funeral del pequeño Benjamin Brosky. Sus padres, oriundos de Alemania y judíos desde su nacimiento, habían decidido invitar, dado a que él había sido el primero en dar la alarma, al pequeño Adan junto con sus padres, pues era lo mínimo que podían hacer.
Adan recordó la ceremonia como una de las más brumosas, tristes y aburridas de toda la historia. Predominaban la tristeza y la negrura, siendo el aburrimiento la reacción más lógica a no conocer los ritos judíos de los funerales. Sin embargo, como se hallaban en tierras extranjeras y los tiempos que corrían no eran idóneos para un funeral judío a lo grande, asistieron pocas personas a la lamentable ceremonia, los hombres se pusieron el kipá, como era costumbre entre el pueblo hebreo y señal de respeto, y se pronunció un solemne discurso antes de las oraciones finales. Adan sólo pudo escuchar una parte del discurso, mientras un frío viento, impropio para la primavera, se llevaba el resto de las palabras.
—Resulta difícil ver cómo una joven vida se extingue tan pronto —decía el Rabino que dirigía la ceremonia—, y ante esto sólo podemos contemplar el inmenso dolor que nos produce ver a los padres del joven Benjamin dolientes y llorosos por la pérdida de su hijo. No hay nada más triste para un padre que enterrar a su hijo, pero los designios del Señor son algo infuso y que escapa a nuestro entendimiento. Por largos años nuestro pueblo vagó en el desierto, hasta llegar por fin a la tierra que el Señor había prometido a Moisés. Por tres largas generaciones, Abraham, Isaac y Jacob, luego llamado Israel, habitaron como extranjeros en las tierras de los cananeos, en la tierra que el Señor le había prometido a Abraham, nuestro padre, cuando aún estaba en Ur de los Caldeos y tenía setenta y cinco años. —Largo silencio—. Quizás las vueltas que tuvo Yahvé para con su pueblo jamás sean conocidas, pero lo cierto es que esas vueltas, que a nuestros padres les parecieron increíblemente dolorosas y amargas, tenían una razón de ser en la santa voluntad de Dios, y como Dios es Todopoderoso, debemos aprender que todo lo que ocurre a nuestro alrededor y a nosotros mismos es sólo porque Dios lo permite. Nos dolerá ver partir a una joven vida? Es evidente que sí, claro está. Pero creo firmemente que debemos confiar en que los actos de justicia, el cumplimiento de la ley y la adhesión vital de este muchacho a la fe de sus padres sean el motivo por el cual sea acogido en el Seno de Abraham hasta que llegue el momento en que goce de la promesa de salvación que tiempo atrás nuestro Señor le hizo a David. Hoy confiamos en esto para consolarnos pobremente, pero no deja de doler que el joven Benjamin fuera vilmente asesinado. A una persona que no ha hecho injusticias, que no ha cometido acciones propiciatorias del mal, a una persona que ha sido tocada con el beneplácito de la misericordia de Dios por haber sido grata a los ojos de Dios, y a una persona que, por sobre todas las cosas, y como todo su pueblo, fue perseguida, expatriada y expulsada, hasta llegar aquí, resulta doloroso que sea asesinada injustamente. ¿Dónde está el designio de Dios? ¿Dónde está la justicia? ¿Dónde se manifiesta la misericordia? Preguntas que quizás nunca lleguemos a responder, quizás sean preguntas que escapan a nuestra vida. ¿Por qué los enemigos, los malvados y los impíos no son castigados, como rezan los salmos de David? Confiemos en que la mano de Dios, la misma mano que castigó con crueldad a los captores de Egipto, la misma mano que condenó a Sodoma y Gomorra, la misma mano que dirigió la onda de David para vencer a Goliat, la misma mano que encaminó a los ejércitos a conquistar a los cananeos, sea la mano que caiga ferozmente sobre los malvados e impíos.
El discurso terminó con más lágrimas, con sollozos contenidos y con Adan Evans atónito. Sabía que, al menos en gran parte del discurso, el Rabino había errado garrafalmente, según la educación cristiana que había recibido desde pequeño. Pero había habido algo en ese discurso que lo había tocado fuertemente: ¿En dónde estaba la justicia? ¿En dónde estaba la verdad? Adan sabíaque el arrepentimiento verdadero de los hombres podía alcanzar la misericordia y el perdón. Pero también sabía que había crímenes que debían ser juzgados por los tribunales de los hombres. Y para esos juicios era necesaria la verdad. Esos tribunales no perseguían la venganza, la ley del Talión, el rencor ni el odio, sino que cada quien, aún en el mundo terrenal, recibiera lo que le era propio. Y para eso se necesitaba la verdad.
Los policías que se habían hecho cargo del caso de Benjamin habían privado de la verdad a muchas personas. y era justo, al menos, que los asesino de Benjamin Brosky recibieran su condena por semejante falta a los ojos de los hombres y a los ojos de Dios. Sabía que, por más daño que hubiese hecho una persona, no se podía infligir ese mismo daño a quien lo hubiese cometido, pues sería caer en la venganza, el placer de ver sufrir, el deseo morboso y orgulloso de equilibrar la balanza a favor de una parte, satisfacer la perniciosa necesidad de verse retribuido, en cierta y retorcida medida, con el dolor de los que habían causado dolor. Sabía que si eso ocurría, el mundo sería un círculo de dolor y odio que no acabaría jamás.
Y con sus escasos nueve años, Adan Evans comprendió al fin que para evitar el dolor y la venganza, para llevar la justicia verdadera a los hombres y para impedir la propagación de la maldad, era necesaria la verdad. Y que privar a todo el mundo de la verdad, era privar a todo el mundo de la justicia. Y la justicia debía ser el equilibrio. Y nadie llevaba verdad a los asuntos oscuros. Y los asesinos de Benjamin Brosky jamás serían juzgados por los tribunales de los hombres. Y la memoria manchada en sangre del desventurado joven quedaría siempre enturbiada por las aguas de la mentira y de la omisión. Y era necesario hacer algo.
Tuvo que obligarse a despedir como correspondía al pobre joven al que había visto morir, al que había sostenido mientras moría, y, en frente de la tumba recién cerrada, elevó una única plegaria a los Cielos: Que ese muchacho, sin importar cuáles hubiesen sido sus creencias, encontrara, aunque más no fuera por sus actos de justicia, la misericordia y la paz. Sólo al salir del cementerio una idea se alojó en su cabeza.
El frío viento azotaba su rostro. El pequeño estaba tomado de la mano de su madre, y su padre apoyaba su mano sobre un hombro mientras los tres caminaban hacia la salida en un respetuoso silencio. Recordó en ese momento todos los recortes que había juntado en esos últimos dos días, y supo que en el mundo entero se ocultaba la verdad tras los engaños, tras la oscuridad y tras el crimen. La maldad se cernía sobre los corazones, debilitaba a los hombres y traía sufrimientos y angustias. Una lágrima resbaló por su mejilla, perdiéndose prontamente, ocultándose tras una firme determinación que había nacido en el corazón del pequeño.
Sabía que de algún u otro modo, un modo que él mismo encontraría en algún u otro momento, debía dedicarse incansablemente, durante el resto de su vida, a llevar la verdad allí a donde abundaba la mentira, sirviendo siempre al bien, a la justicia y a la honestidad. Desde aquel día, dedicaría su vida y sus esfuerzos al servicio de la verdad y de la justicia. Y hallaría una forma. Estaría siempre alerta. Nunca dejaría de combatir contra la mentira. Siempre encontraría la verdad que se hallaba oculta en una maraña de tinieblas. Lucharía incansablemente por encontrar la verdad.Fin. Sir Nícolas Vásquez de Aragón.
domingo, 12 de septiembre de 2010
Podríamos llamarle "tercera temporada"
Damas y caballeros...
... como ya anunciaba más abajo, el salón del estudio volvería a abrir sus puertas al conocimiento formal en principios de septiembre. El caso de la La Sociedad del Misterio me ha mantenido un tanto alejado del blog, pero ya estamos de vuelta y tengo algunos lindos enigmas para compartir con todos vosotros. Pero antes de esos enigmas, creo yo, convendría arrancar esta, si lo deseáis, tercera temporada de matemáticas en el salón del estudio, como siempre lo hemos hecho. Recordaréis que la tercera entrada del blog estuvo dedicada a hablar de matemáticas, y desde entonces, hasta el mes de diciembre de dos mil nueve, se publicaron regular e irregularmente (todo hay que decirlo) problemas de matemáticas y entradas alusivas a ello. En diciembre todo el blog respiró de matemáticas hasta abril de este año, y desde entonces se publicaron un par de problemas hasta junio, mes en que el blog entró, por así decirle, en una especie de stand by (exámenes y pereza general).
Hace poco han terminado mis vacaciones (¡quiero más!) lo que indica que es menester comenzar a darle vida a este blog con las matemáticas. Agradezco aquí a Jengibre, porque con sus anuncios y sus divertidísimas entradas sobre Cruz y Raya me ha hecho comenzar septiembre con una sonrisa y una carcajada, y lo que empieza bien... generalmente termina bien.
Pero las matemáticas en cuanto a problemas y curiosidades no son lo único que predominan en este blog, damas y caballeros. Referidas a las matemáticas se han publicado ya otras entradas. He allí la tercera entrada del salón, que habla de las matemáticas en cuanto ciencia para descubrir y pensar. También puede citarse la poesía de diciembre pasado, en la que me despido de las matemáticas por un tiempo. Se podría decir que la introducción y reapertura de abril es una entrada alusiva al papel que cumple la lógica lateral en nuestras vidas y a su importancia. En suma, todos los momentos resaltables de este blog con respecto al inicio o fin de las temporadas de matemáticas han estado revestidos o coronados con la entrada especial. Incluso creo recordar publicar una en cuanto a la educación y al enseñar al pensar.
Creo que, como comenzamos temporada (o arrancamos luego de un paroncito), convendría hacer lo propio. Pero esta vez no seré yo quien divague, sino el señor Paenza, personaje que tiene peso en este blog y en gran parte de mi vida. Se reproducirá a continuación el prólogo de su libro Matemáticas... ¿estás ahí? VOL2, en el que el señor Paenza explica los motivos por los que escribe el libro, aclara que las matemáticas no es la calculadora y que el matemático no es el "elegido" (lo mismo que dije yo en abril), y que las matemáticas, bien enseñadas, son seductoras... atractivas y llenas de una magia especial. Habla sobre la enseñanza de la matemática como herramienta para alcanzar un pensamiento crítico y racional. Habla de la matemática como instrumento para la perfección de la ciencia y la mejora en la sociedad. El problema de que la matemática esté recubierta del mito "me llevé matemática a febrero" es generado por los difusores de la matemática, con lo que es necesario que a través de la divulgación científica (ya sea por libros, revistas especializadas, periódicos y, en cierta y retorcida medida, este blog, así como todos los que dediquen aunque más no sea un párrafo a la matemática) es el medio por el cual se contrarreste esta imagen impositiva.
Pero vamos a la cita. Después de eso, al trabajo. Seguir escribiendo yo sería quitarle importancia a las palabras de un genio como Adrián Paenza. Sólo añadiré una cosita: La última anécdota de este prólogo yo ya la he contado (de una forma mucho más resumida) en el problema de la Eminencia (el primer problema de este blog), pero he decidido ponerla aquí para que aquel que no quiera llegar hasta allá (se llama vagancia XD) pueda tenerla más a mano. Enseña una gran lección: "Hasta el más grande debe permitirse decir 'no entiendo'". Y este es un tema que ya he tocado mucho por aquí, aunque nunca está de más repetirlo: Somos seres humanos falibles y nada perfectos. El razonador ideal o utópoico que nos presenta Arthur Conan Doyle difícilmente pueda plasmarse en la realidad. El reconocer que somos falibles, que no siempre lo lograremos al primer intento, que tenemos la posibilidad de caer siempre, y que siempre podremos levantarnos tras esas caídas, es lo que nos hace ser seres humanos. Más aún, estoy arriesgado a pensar que la verdadera sabiduría, como proponía en cierta medida Sócrates, está en reconocernos ignorantes de todo lo que creemos saber. Reconocer que no somos máquinas perfectas de razonamiento y que somos capaces de poder errar (de equivocarnos, de no entender, de no comprender), no es un signo de debilidad o estupidez. Todo lo contrario. Es lo más sano que podemos llegar a hacer, es un signo de valentía, de deseo de superarse a sí mismo, de vencer nuestras propias limitaciones, y es evidencia de una inteligencia natural. Como escribí en una ocasión, más sensato es aquel que sabiendo que no sabe pregunta para saber (he aquí el inmenso valor que tiene reconocer la ignorancia), que aquel que, aún sabiendo que no sabe, deja pasar el tiempo y no se esfuerza para saber.
Con ustedes, el señor Adrián Paenza.
Prólogo
La inequitativa distribución de la riqueza marca una desigualdad
ciertamente criminal. Unos (pocos) tienen (tenemos)
mucho; otros (muchos) tienen poco. Muchos más tienen casi
nada. La sociedad ha sido, hasta aquí, más bien indiferente a las
desigualdades de todo tipo. Se las describe, sí, pero en general
el dolor termina en hacer una suerte de catarsis que parece
“exculpadora”. Bueno, no es así. O no debería serlo. Hasta aquí,
ninguna novedad.
La riqueza no sólo se mide en dinero o en poder adquisitivo,
también se mide en conocimiento, o mejor dicho, debería
empezar por ahí. El acceso a la riqueza intelectual es un derecho
humano, sólo que casi siempre está supeditado al fárrago
de lo urgente (nadie puede pretender acceder al conocimiento
si antes no tiene salud, ni trabajo, ni techo, ni comida en su
plato). Así, todos tenemos un compromiso moral: pelear para que
la educación sea pública, gratuita y obligatoria en los niveles
primario y secundario. Los niños y jóvenes tienen que ir a estudiar,
y no a trabajar.
Con la matemática sucede algo parecido. Es una herramienta
poderosa que enseña a pensar. Cuando está bien contada es
seductora, atractiva, dinámica. Ayuda a tomar decisiones educadas
o, al menos, más educadas. Presenta facetas fascinantes que aparecen escondidas y reducidas a un grupo muy pequeño que las disfruta. Y es hora de hacer algo, de pelear contra el preconcepto de que la matemática es aburrida, o de que es sólo para elegidos.
Por eso escribí Matemática… ¿Estás ahí? Porque quiero que le demos una segunda chance. Porque quiero que la sociedad advierta que le estamos escamoteando algo y que no hay derecho a que eso suceda. Hasta aquí, quienes comunicamos la matemática hemos fracasado, no sólo en la Argentina sino en casi todo el mundo.
Ha llegado la hora de modificar el mensaje. Obviamente, no soy el primero ni seré el último, pero quisiera ayudar a abrir el juego, como lo hice durante más de cuarenta años con alumnos de todas las edades. La matemática presenta problemas y enseña a disfrutar de cómo resolverlos, así como también enseña a disfrutar de no poder resolverlos, pero de haberlos “pensado”,porque entrena para el futuro, para tener más y mejores herramientas, porque ayuda a recorrer caminos impensados y a hacernos inexorablemente mejores.
Necesitamos, entonces, brindar a todos esa oportunidad.
Créanme que se la merecen.
Enseñar a pensar
El mundo académico se nutre de la circulación libre de
información. Cada uno aporta (literalmente) un granito de arena, y así se hace cada ladrillo. A veces viene un Newton, un Einstein, un Bohr, un Mendel, y trae él solo treinta ladrillos, pero en general es así: granito a granito.
ANÓNIMO
Miguel Herrera fue un gran matemático argentino, director de muchas tesis doctorales, en la Argentina y también en el exterior.
Lamentablemente, falleció muy joven. Herrera se graduó en Buenos Aires y vivió muchos años en Francia y los Estados Unidos, para luego retornar al país, donde permaneció hasta su muerte. Quiero aprovechar para contar una anécdota que viví con él y que me sirvió para toda la vida.
Luego de graduarme como licenciado (a fines de 1969), estuve por unos años fuera de la facultad trabajando exclusivamente como periodista. Una noche, en Alemania, más precisamente en Sindelfingen, donde estaba concentrado el seleccionado argentino de fútbol, comenté con algunos amigos que al regresar al país intentaría volver a la facultad para saldar una deuda que tenía (conmigo): quería doctorarme. Quería volver a estudiar para completar una tarea que, sin la tesis, quedaría inconclusa. Era un gran desafío, pero valía la pena intentarlo.
Dejé por un tiempo mi carrera como periodista y me dediqué de lleno a la investigación y a la docencia en matemática.
Luego de un concurso, obtuve un cargo como ayudante de primera con dedicación exclusiva, y elegí como tutor de tesis al doctor toral a Ángel Larotonda, quien había sido mi director de tesis de licenciatura. “Pucho” (así le decíamos a Larotonda) tenía muchísimos alumnos que buscaban doctorarse. Entre tantos,
recuerdo los nombres de Miguel Ángel López, Ricardo Noriega, Patricia Fauring, Flora Gutiérrez, Néstor Búcari, Eduardo Antín, Gustavo Corach y Bibiana Russo.
Doctorarse no era fácil. Requería (y requiere) no sólo aprobar un grupo de materias sino, además, escribir un trabajo original y someterlo al referato de un grupo de matemáticos para su evaluación. La tarea del tutor es esencial en ese proyecto, no sólo por la guía que representa, sino porque lo habitual es que sea él (o ella) quien sugiera al aspirante el problema a investigar y, eventualmente, resolver.
La situación que se generó con Pucho es que éramos muchos, y era muy difícil que tuviera tantos problemas para resolver, y que pudiera compartirlos con tantos aspirantes. Recuerdo ahora que cada uno necesitaba un problema para sí. Es decir que cada uno debía trabajar con su problema. La especialidad era Topología Diferencial. Cursábamos materias juntos, estudiábamos juntos, pero los problemas no aparecían.
Algo nos motivó a tres de los estudiantes (Búcari, Antín y yo) a querer cambiar de tutor. No se trataba de ofender a Larotonda,
sino de buscar un camino por otro lado. Noriega ya había optado por trabajar con el increíble Luis Santaló y nosotros, empujados y estimulados por lo que había hecho Ricardo, decidimos cambiar también. Pero ¿a quién recurrir? ¿Quién tendría problemas para compartir? ¿Y en qué áreas? Porque, más allá de que alguien quiera y posea problemas para sus estudiantes, también importa el tema: no todos son igualmente atractivos, y cada uno tenía sus inclinaciones particulares, sus propios gustos.
Sin embargo, estábamos dispuestos a empezar de cero, si lográbamos que alguien nos sedujera.
Así fue como apareció en nuestras vidas Miguel Herrera, quien recién había vuelto al país después de pasar algunos años
como investigador en Francia. Reconocido internacionalmente por su trabajo en Análisis Complejo, sus contribuciones habían sido altamente festejadas en su área. Miguel había formado parte del grupo de matemáticos argentinos que emigraron luego del golpe militar que encabezó Juan Carlos Onganía en 1966, y se fue inmediatamente después de la noche infame de “los bastones largos”. Sin embargo, volvió al país en otro momento terrible, porque coincidía con otro golpe militar, esta vez el más feroz de nuestra historia, que sometió a la Argentina al peor holocausto del que se tenga memoria.
Pero vuelvo a Herrera: su retorno era una oportunidad para nosotros. Recién había llegado y todavía no tenía alumnos. Lo fuimos a ver a su flamante oficina y le explicamos nuestra situación.
Miguel nos escuchó con atención y, típico en él, dijo: “¿Y por qué no se van al exterior? ¿Por qué se quieren quedar acá con todo lo que está pasando? Yo puedo recomendarlos a distintas universidades, tanto en Francia como en los Estados Unidos.
Creo que les conviene irse”.
Me parece que fui yo el que le dijo: “Miguel, nosotros estamos acá y no nos vamos a ir del país en este momento. Queremos preguntarte si tenés problemas que quieras compartir con nosotros, para poder doctorarnos en el futuro. Sabemos muy poco del tema en el que sos especialista, pero estamos dispuestos a estudiar. Y en cuanto a tu asesoramiento y tutoría, hacé de cuenta que somos tres alumnos franceses, que llegamos a tu oficina en la Universidad de París y te ofrecemos que seas nuestro director de tesis. ¿Qué nos vas a contestar? ¿Váyanse
de París?”.
Herrera era el profesor titular de Análisis Complejo. Al poco tiempo, Antín, en su afán de convertirse en crítico de cine y árbitro de fútbol (entre otras cosas), decidió bajarse del proyecto, pero Néstor Búcari (a partir de aquí “Quiquín”, su sobrenombre) y yo fuimos nombrados asistentes de Herrera y jefes de trabajos prácticos en la materia que dictaba. Si uno quiere aprender algo, tiene que comprometerse a enseñarlo… Ése fue nuestro primer contacto con nuestro director de tesis. Empezamos por el principio. La mejor manera de recordar lo que habíamos hecho cuando tuvimos que cursar Análisis Complejo (y aprobarla, claro) era tener que enseñarla. Y así lo hicimos.
Pero Quiquín y yo queríamos saber cuál sería el trabajo de la tesis, el problema que deberíamos resolver, Herrera, paciente, nos decía que no estábamos aún en condiciones de entender el enunciado, y ni hablar de tratar de resolverlo. Pero nosotros, que veníamos de la experiencia con Pucho, y nunca lográbamos que nos diera el problema, queríamos saber.
Un día, mientras tomábamos un café, Herrera abrió un libro escrito por él, nos mostró una fórmula y nos dijo: “Éste es el primer problema para resolver. Hay que generalizar esta fórmula.
Ése es el primer trabajo de tesis para alguno de ustedes dos”.
Eso sirvió para callarnos por un buen tiempo. En realidad, nos tuvo callados por mucho tiempo. Es que salimos de la oficina donde habíamos compartido el café y nos miramos con Quiquín, porque no entendíamos nada. Después de haber esperado tanto, de haber cambiado de director, de cambiar de tema, de especialidad, de todo, teníamos el problema, sí… pero no entendíamos ni siquiera el enunciado. No sabíamos ni entendíamos lo que teníamos que hacer.
Ésa fue una lección. El objetivo entonces fue hacer lo posible, estudiar todo lo posible para entender el problema. Claro, Herrera no nos dejaría solos. No sólo éramos sus asistentes en la materia para la licenciatura que dictaba sino que, además, nos proveía de material constantemente. Nos traía papeles escritos por él o por otros especialistas en el tema, y trataba de que empezáramos a acostumbrarnos a la terminología, al lenguaje, al tipo de soluciones que ya había para otros problemas similares.
En definitiva, empezamos a meternos en el submundo del Análisis Complejo. Por un lado, dábamos clases y aprendíamos casi a la par de los alumnos. Resolvíamos las prácticas y leíamos tanto como podíamos sobre el tema. Además avanzábamos por otro lado, e íbamos acumulando información al paso que él nos indicaba.
Quiquín fue un compañero fabuloso. Dotado de un talento natural, veía todo mucho antes que yo, y fue una guía imposible de reemplazar. Yo, menos preparado, con menos facilidad, necesitaba de la constancia y la regularidad. Y ése era y fue mi
aporte a nuestro trabajo en conjunto: él ponía el talento y la creatividad; yo, la constancia y la disciplina. Todos los días, nos encontrábamos a las ocho de la mañana. No había días de frío,
ni de lluvia, ni de calor, ni de resaca de la noche anterior: ¡teníamos
que estar a las ocho de la mañana sentados en nuestra oficina,
listos para trabajar! Para mí, que tenía auto, era mucho más
fácil. Quiquín venía de más lejos y tomaba uno y, a veces, dos
colectivos.
Lo que siempre nos motivaba y nos impulsaba era que a las
ocho, cuando recién nos habíamos acomodado, alguien golpeaba
sistemáticamente a la puerta. Miguel venía todos los días a
la facultad a ver qué habíamos hecho el día anterior: qué dificultades
habíamos encontrado, qué necesitábamos. Así construimos
una relación cotidiana que nos sirvió para enfrentar
muchas situaciones complicadas y momentos de dificultad en los
que no entendíamos, no nos salía nada y no podíamos avanzar.
Encontrarnos todos los días, siempre, sin excepciones, nos permitió
construir una red entre los tres que nos sirvió de apoyo
en todos esos momentos de frustración y fastidio.
El problema estaba ahí. Ya no había que preguntarle más
nada a Herrera. Era nuestra responsabilidad estudiar, leer, investigar,
preocuparnos para tratar de entender. Con Quiquín siempre
confiamos en Miguel, y él se ganó nuestro reconocimiento no
por la prepotencia de su prestigio, sino por la prepotencia de su
trabajo y su constancia. Miguel estuvo ahí todos los días.
Una mañana, de las centenares que pasamos juntos, mientras
tomábamos un café, nos miramos con Quiquín y recuerdo que
nos quedamos callados por un instante. Uno de los dos dijo algo
que nos hizo pensar en lo mismo: ¡acabábamos de entender el
enunciado! Por primera vez, y a más de un año de habérselo
escuchado a Miguel, comprendíamos lo que teníamos que hacer.
De ahí en adelante, algo cambió en nuestras vidas: ¡habíamos
entendido! Lo destaco especialmente porque fue un día muy feliz
para los dos.
Un par de meses más tarde, un día cualquiera, súbitamente
creímos haber encontrado la solución a un problema que los
matemáticos no podían resolver hacía ya siglos. ¡No era posible!
Teníamos que estar haciendo algo mal, porque era muy poco
probable que hubiéramos resuelto una situación que los expertos
de todo el mundo investigaban desde tanto tiempo atrás. Era
más fácil creer (y lo bien que hicimos) que estábamos haciendo
algo mal o entendíamos algo en forma equivocada, antes que
pensar que pasaríamos a la inmortalidad en el mundo de la
matemática. ¡Pero no podíamos darnos cuenta del error!
Nos despedimos esa noche, casi sin poder aguantar hasta el
día siguiente, cuando llegara Miguel. Lo necesitábamos para
que nos explicara dónde estaba nuestro error. Por la mañana,
Miguel golpeó a la puerta como siempre, y nos atropellamos
para abrirle. Le explicamos lo que pasaba y le pedimos que nos
dijera dónde nos estábamos equivocando. Entrecerró los ojos y
sonriente dijo: “Muchachos, seguro que está mal”. No fue una
novedad; nosotros sabíamos que tenía que estar mal. Y comenzó
a explicarnos, pero nosotros le refutábamos todo lo que
decía. Escribía en el pizarrón con las tizas amarillas con las que
siempre nos ensuciábamos las manos, pero no había forma.
Peor aún: Miguel empezó a quedarse callado, a pensar. Y se
sentó en el sofá de una plaza que había en la oficina. Tomó su
libro, el libro que él había escrito, leyó una y otra vez lo que
él había inventado y nos dijo, lo que para mí sería una de las
frases más iluminadoras de mi vida: “No entiendo”. Y se hizo
un silencio muy particular.
¿Cómo? ¿Miguel no entendía? ¡Pero si lo había escrito él!
¿Cómo era posible que no fuera capaz de entender lo que él
mismo había pensado?
Esa fue una lección que no olvidé nunca. Miguel hizo gala de
una seguridad muy particular y muy profunda: podía dudar, aun
de sí mismo. Ninguno de nosotros iba a dudar de su capacidad.
Ninguno iba a pensar que otro había escrito lo que estaba en su
libro. No. Miguel se mostraba como cualquiera de nosotros…
falible. Y ésa fue la lección. ¿Qué problema hay en no entender?
¿Se había transformado acaso en una peor persona o en
un burro porque no entendía? No, y eso que se daba el lujo de
decir frente a sus dos alumnos y doctorandos que no entendía
lo que él mismo había escrito.
Por supuesto, no hace falta decir que después de llevárselo
a su oficina, y de dedicarle un par de días, Miguel encontró el
error. Ni Quiquín ni yo pasamos a la fama, y él nos explicó en
dónde estábamos equivocados.
Con el tiempo nos doctoramos, pero eso, en este caso, es lo
que menos importa.
Miguel nos había dado una lección de vida, y ni siquiera lo
supo ni se lo propuso. Así son los grandes.
Creo que todos saben bien qué significa esto. Las matemáticas han vuelto al blog (Jengibre se agarra la cabeza con ambas manos y grita "noooooooooooooo"). El señor Paenza ha sido el que abre esta nueva temporada de Matemática a la carga.
Estad atentos. Pronto puede llegar un nuevo problema en el que la lógica lateral y el pensamiento analítico sea indispensable. Lo dicho, ¡estad atentos!
(cómo me gusta decir eso)
jueves, 15 de abril de 2010
Introducción y reapertura
¡Bienvenidos a una nueva entrada de matemáticas, damas y caballeros!
Como probablemente ya habrán oído por algunos Lares, el salón del estudio tuvo que renunciar, durante un tiempo, a su sección de matemáticas. Los principales motivos se resumen en dos palabras: poca participación. Tomando en cuenta la cantidad de seguidores que había en aquella época y la cantidad de comentarios sobre esas entradas, creo que no era muy popular. Estoy haciendo un intento más para verificar que aquellos viejos tiempos hayan cambiado un poquito.
Como ya he dejado dicho en otras ocasiones y en múltiples entradas del salón, las matemáticas no sólo sirven para hacer matemáticas. Es una ciencia formal y, como tal, tiene propios conceptos y casos de aplicación específicos para su campo de estudio; sin embargo, muchas son las áreas de aplicación de la ciencia formal por excelencia. Materias tan dispares como la Ecología, la Taxonomía, la Geología, la Meteorología, la Climatología, la Edafología, la Química, la Física, la Biología, la Zoología, la Botánica y la Astronomía… se sirven de la matemática para poder avanzar y seguir camino adelante. No sólo para otras ciencias, sino, también, para la vida cotidiana. Las matemáticas aparecen prácticamente en toda nuestra vida y, bien empleadas, pueden constituirse en la solución a gran parte de nuestros problemas.
Otra ciencia formal es la Lógica. Como tal, aliada con la Matemática, puede servir para resolvernos aún más la vida. El principal estudio de la Lógica es la Lógica Lateral o Lógica alterna. Este tipo de lógica cuenta, específicamente, con la capacidad de desarrollar en quien la practica una habilidad de resolución que linda con la intuición.
Como su nombre indica, la lógica lateral o alterna consiste en la lógica aplicada de una forma alternativa o por un camino poco transitado. Otra definición, un poco más concreta, sería pensar las cosas desde un ángulo distinto o con otro punto de vista.
Al practicar constantemente la lógica lateral, inconcientemente, uno comienza a aplicarla en los problemas cotidianos que van surgiendo por allí, así como en las preguntas que nos dan interés y nos llenan de curiosidad. Cuando se nos presenta un problema en la vida diaria, lo más usual que tendemos a hacer es dejarlo de lado y no resolverlo por:
- No tengo ganas.
- No sé cómo.
- No tiene solución.
Con lógica lateral aplicada esto no ocurriría. El no saber cómo resolver el problema es el principio del juego. Porque ¿si uno supiera cuál es la forma de solución, seguiría siendo problema? La respuesta, como pueden imaginar, es “no”. La experiencia me ha demostrado que, cuando a un niño le ponen un problema común y ordinario en que le dan la respuesta demasiado claramente, se le está perjudicando gravemente, pues el niño tiende a creer que eso es una situación problemática verdadera. Ahora bien; cuando el niño se encuentra con un problema de dificultad media y necesita resolverlo, cree que le están dando a resolver la Ecuación de Strodengert. Es así como, desde mi humilde opinión, considero que lo necesario es preparar problemas jugosos y ricos que inciten a pensar, reflexionar y razonar, y que puedan ser útiles para la vida fuera del colegio o del salón de estudios.
El no tener ganas se debe a no tener las herramientas básicas para trabajar. “Claro, porque si no tengo ningún material con el que hacer mi labor… ¿cómo diantres se supone que voy a resolver esto?”. Es algo así como un principio que dice que los seres humanos necesitamos cierto grado de experiencia para poder trabajar con algo. Como es lógico suponer, si no se ha tenido una preparación previa en el conocimiento matemático y de la lógica aplicada, obviamente no se tendrán muchos instrumentos para la resolución de problemas.
Y, respondiendo al tercer punto, creo que el hecho de no tener ganas o de no saber cómo responder una cosa hace a que tengamos la cierta o vaga impresión de que el problema no puede resolverse. Y esto sin siquiera haber estudiado el problema a fondo. Sería algo muy parecido a prejuzgar a una persona por el color de piel, por su religión o por su idioma. “Claro… el problema a primera vista parece confuso y lioso; entonces debe ser, necesariamente, que el problema es tan complejo que no tiene solución”. Complejidad no es sinónimo de no tener solución; complejidad es sinónimo de la promesa de pasarse toda una tarde estudiando analíticamente el problema y tratando de encontrar luz en la oscuridad.
Si queremos hacer una definición un poco más concreta de la lógica lateral podríamos hacer esto:
«La lógica lateral es aquello que nos impulsa a hallar nuevos caminos, nuevos puntos de vista o nuevas formas de ver la realidad.
»El ser humano, frecuentemente, está sujeto a ver la realidad de una única forma y a no encontrar nuevos puntos de vista sobre la vida en general; esta actitud, sumada al hecho de no tener muchas herramientas disponibles, hacen que la lógica lateral no sea capaz de desenvolverse como moneda corriente en nuestras vidas.
»Supongamos que tenemos una casa en medio del bosque. Supongamos que para llegar a esa casa hay un camino trazado de ante mano por otros hombres. Supongamos que nosotros tomamos ese camino para llegar a la casa en medio del bosque. Esto es un paralelismo de los problemas que se suelen dar en la escuela primaria. Ya saben, eso típico de: “María tiene tantos billetes de tantos valores. Va a la tienda y gasta una cuarta parte de lo que tenía”… Un horror. Lo que se pretende en este caso de problemas es que el estudiante, guiándose por las palabrejas claves que deja caer el enunciado, piense cuáles son las operaciones que tiene que realizar para resolver el problema; si ha hecho todo correctamente, el alumno aprueba el examen y se queda con una noción tremenda de lo que es un problema de matemáticas. El alumno ha seguido el camino trazado de ante mano para llegar a la casa en medio del bosque.
»Ahora supongamos que el camino hacia la casa del bosque (sí, ese camino que ya había sido trazado antes por otros hombres) se bloquea debido al derrumbe de muchos árboles. Supongamos que tenemos que llegar a la casa del medio del bosque. ¿Qué tendríamos que hacer? Simple, buscar un camino o ruta alternativa. A esto quería llegar: una ruta alternativa… La lógica lateral trata de eso, precisamente. Cuando el camino trazado de ante mano no sirve para llegar a la solución de un enigma, necesitamos una ruta alternativa para llegar a esa solución, necesitamos una lógica distinta y lateral. Un nuevo punto de vista; un nuevo enfoque de cámara; una nueva alternativa a hallar la solución. Es la hora de trazar un nuevo mapa, un nuevo rumbo, una nueva recta de acción sobre la que trabajar. Supongamos un problema que no se resuelve con la forma tradicional o típica de solucionar un “seudo-problema” del colegio. ¿Quién podrá defendernos? ¡Yo!, ¡el Chapulín Colorado! Hem… como que eso no iba aquí. Retomo: ¿qué podremos hacer? ¡Ser creativos! ¡Aplicar la imaginación! ¡Tratar de hallar un nuevo camino aplicando lo que ya sabíamos! ¡Tratar de hallar un nuevo rumbo sin saber nada! ¡Comenzar a construir nuestro propio método! ¡Avanzar en el camino! ¡No rendirnos por la primera piedra! Recordar que estamos trazando un nuevo camino a la cabaña, y que hay maleza, pastizales, malas hierbas, piedras y muchos árboles. Estamos tratando de hacerlo y ¡lo lograremos!
»¿Creen que un matemático es el que se encierra a jugar con una calculadora todo el día? No. ¡¿Creen que un matemático es alguien que se sabe todos los dígitos decimales de P y E?! No. ¿Creen que ser matemático es tener una camisa a cuadros y estar analizando la teoría de la relatividad, o la teoría del caos, o la teoría de la cuantización atómica, o la teoría de la salsa de carne? ¡¡¡No!!! Ser matemático es tratar de ser creativo y poder aplicar esa creatividad a un problema. ¡Soy Juan Pérez y estoy tratando de dilucidar quién me ha robado mi calcetín! ¡Eso es ser un matemático! ¡Soy Fulano Perengano y estoy perdiendo mi tiempo tratando de saber cuál es la solución al problema de la eminencia! ¡¡¡ESO ES SER UN MATEMÁTICO!!! ¡Soy Ramón García, y estoy tratando de encontrar un camino para llegar a la cabaña del bosque! ¡Ramón García es un matemático porque está aplicando la lógica lateral!
»Este es el grado de pasión y locura que pongo en las matemáticas. Todos somos matemáticos, en cierto sentido y de cierto modo. Matemático es aquel que aplica la lógica lateral, la creatividad, la imaginación, la perspicacia y la capacidad de deducción para desentrañar un enigma. Ha habido personas que han descubierto misterios inmensos de matemática pura, y no sabían ni las tablas de multiplicar. En cambio, ha habido otras que eran increíbles matemáticos, pero se les fue la vida tratando de resolver el problema de las cuatro mujeres o el de la balanza y las monedas.
»Esto es lógica lateral, esto es aprender a pensar de formas distintas para llegar a la misma conclusión.
»Supongamos que el camino ya trazado es muy aburrido y el paisaje no es bello, pero que hay lugares del bosque que son ricos en vegetación y en animales. Entonces… supongamos que usted decide ir por un camino alterno, trazar su propio rumbo y disfrutar del paisaje y de los animales. Entonces… hay otra persona que prefiere llegar más rápido y perderse de un hermoso paisaje y de espectacular flora y fauna. ¿Ambas llegaron al mismo lugar? Si. ¿Cuál fue la diferencia? Que tomaron distintos caminos y que uno llegó antes y otro después.
»Las variables son múltiples; los ejemplos son millares; las cosas que se pueden decir son tantas que no entrarían en una entrada de este blog. La variable puede ser: El hombre que eligió ir por el camino ya trazado se percata, a mitad del recorrido, que hay una manada de lobos salvajes por allí y tiene que encontrar una solución alternativa, o un rumbo distinto al que estaba siguiendo.
»Lo que hay que decir es siempre: ¡Sí se puede! Tener un espíritu abierto y libre, lleno de deseo por aprender y entender. ¿Qué? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Cómo?
»Entonces… si están todos dispuestos, los invito a recomenzar el camino, a bordear nuevos rumbos, a resolver más problemas, a entrenar sus mentes, a aprender la magia de la lógica lateral.
¿Qué me dicen? ¿Están listos?...
... si la respuesta es afirmativa, ¡a comenzar otra vez el camino! ¡Adelante, y a por más aventuras en el camino de la matemática!
martes, 9 de marzo de 2010
Premio Kreativo: Prólogo

Damas, caballeros...
... hoy "El salón del Estudio" se viste de fiesta ante un magno acontecimiento que ha acaecido durante el pasado mes de febrero. Hoy, con un poco más de retraso del deseado, "El salón del Estudio" es galardonado con un increíble honor para todos los que día a día hacemos de este blog un blog lleno de conocimientos y avances para iniciar nuestro camino.
Sé que aquí sólo dos personas hacemos entradas y coordinamos charlas, pero el verdadero valor radica en vuestros comentarios, en vuestros aportes, en vuestras reflexiones personales, en lo que vosotros pensáis sobre tal o cual tema. Aquí nadie tiene la verdad absoluta ni es dueño de la sabiduría máxima, pues, como dijimos en los inicios de este blog, el conocimiento es algo inabarcable y no es muy realista pretender que toda la sabiduría humana se quede en esta bitácora. Aquí todos tenemos un pedacito de verdad, por decirlo de algún modo, y todos contribuimos a través del diálogo reflexivo y de las charlas a que nos enriquezcamos con otros puntos de vista, con otras formas de ver un tema, con otros nuevos conocimientos, con los pedacitos de la verdad de los demás.
Hoy "El salón del Estudio" recibe orgullosamente el "Premio Kreativo", otorgado a aquellos blogs que tienen creatividad desbordante y que aparecen de forma brillante ante nuestros ojos. Son esos blogs que uno no suele pasar por alto, blogs que intentan ser originales, constructivos y con fines de entretenimiento didáctico y práctico. Son esos blogs que son capaces de sacarte una sonrisa, o que te dan un dato interesante que te sorprende y divierte a partes iguales. Son bitácoras en donde hay dedicación y esfuerzo del otro lado, y donde se intenta llegar a una participación múltiple y abierta entre lectores y escritores.
Hoy "El salón" se alza con un premio que reconoce algunos logros de este blog que nació como un proyecto. En mayo del 2009, este blog nació como una metida de pata en el botón. Cuando intentaba crear una cuenta Gmail, entré por error a la cuenta de Google que tenía y no sé cómo ni de qué forma... llegué a crear un blog. En ese momento surgió una idea, y esa idea se transformó en un proyecto concreto. Hoy en día este proyecto ya está alcanzando su primer año de vida, y puedo decir que hemos cumplido muchas de las expectativas propuestas para esta bitácora.
Jengibre, nuestra querida amiga del salón, al recibir el premio por su trabajo en "Los cuentos del Hada Jengibre", y teniendo que apelar a las dos condiciones que el premio requiere para ser recibido del todo, decidió dar este gran honor a esta humilde bitácora.
Posteriormente, Fantasmas, amigo del salón, comentarista extraordinario, perspicaz y de mente rápida, al recibir el premio en "Los Fantasmas del Paraíso", aplicando una de las dos condiciones para recibir el "Premio Creativo", y decidiéndolo junto con Zaira, Andrea y Natalia, dedicó al Salón del Estudio unas bellísimas palabras y le concedió el inmenso honor de vernos galardonados con un segundo premio.
Con el clásico y agudo pensamiento que me caracteriza a la hora de resolver una curiosidad (risas del público) tuve que preguntarme si esta situación extraordinaria no modificaría en algún sentido los términos y condiciones en que se deben recibir el premio. Pero para que todos nos entendamos mejor, haremos ya un resumen de dichas condiciones.
Para recibir el "Premio Creativo" con todas sus letras, se deben cumplir los siguientes requisitos:
- Que otro blog conceda el premio: Vale, como que este es algo redundante, pero lo mismo ha de decirse.
- El autor y/o autores del blog que haya recibido el premio debe/deben contar siete cosas sobre él/ellos.
- El blog premiado deberá otorgar el premio a otros siete blogs.
Como podéis apreciar, el premio torna otro matiz al agregársele las condiciones que conlleva. He pensado muy seriamente sobre las cosas que contar y los blogs a los cuales galardonar (y en parte, eso ha sido lo que me ha demorado más), así que pronto, en dos entradas más, tendréis las dos condiciones que requiere el alzarse con el premio.
Mas...
... quiero decir unas cuantas palabras más antes de concluir este post con la promesa de dos entradas venideras que harán alusión a este tema. Tal como los invitados a la fiesta del 111º cumpleaños de Bilbo, de seguro vosotros ya estáis pensando: "Que diga lo que tiene que decir ahora mismo". Pero os respondo: "Todo a su tiempo".
A todos vosotros, a Jengibre, a Fantasmas, a la plantilla constituida por Zaira, Andrea y Natalia, a los seguidores de este blog, a los que, como Adivín, Fiaris Alfabeta, laMar, entre otros, se toman el tiempo de dejar aquí vuestro comentario y de aportar algo a la charla. A todos vosotros, por todo lo que dais a este proyecto, por todo lo que hacéis por esta bitácora, por todo lo que enriquecéis con vuestros aportes a través de los comentarios: gracias. Porque sin vosotros esto no sería lo mismo que es ahora, porque sin vosotros esto no tendría fuerzas.
A Jengibre, por estar siempre allí desde los inicios, por aportar estupendas ideas en sus entradas y en sus comentarios, por concedernos el premio.
A Fantasmas, por estar siempre fiel al blog, por aportar cosas interesantes que hacen al crecimiento, por condecorarnos con el premio.
A todos vosotros, porque ponéis un poco de vuestra experiencia y de vuestros conocimientos al servicio del salón del estudio.
Gracias, porque por vosotros hoy puedo ver con mucha alegría que el blog marche como está marchando.
Ahora sí, el fin de este post ha llegado. El prólogo ha terminado, y la aventura ha de comenzar. Pronto tendréis noticias de los artículos que se referirán a las condiciones especiales del premio. Pero no quería dejar de hacer este post, de decir todo lo que tenía para decir; y, la verdad sea dicha, si tuviera que conjugar la parte de las cosas personales, con los otros blogs premiados, y con todo esto... sería una entrada de considerable tamaño.
¡Estad atentos!
(siempre he querido decir eso)
[Nota: Sí, he pasado casi una odisea buscando la forma de poner el enlace gráfico en esta entrada, pero eso quedará para otra ocasión.]
