Vámonos a Medium
Hace 1 año
El conocimiento es como una gran casa que se va construyendo de a poco. Y somos nosotros los constructores. Cada uno aporta (literalmente) un granito de arena, y así se hace cada ladrillo. A veces viene un Newton, un Einstein, un Bohr, un Mendel, y trae él solo treinta ladrillos, pero en general es así, granito a granito, sin que los treinta ladrillos hagan menos importante los granitos que hemos puesto.
Cuando se conocieron no pudieron pensar en un futuro juntos. Los dos eran demasiado diferentes el uno del otro. Ella había pasado por experiencias muy difíciles desde que comenzó a andar por el mundo. Tenía sus buenos golpes y sus buenos y viejos secretos. Era una mujer que tenía mucho kilometraje y a la que le gustaban las emociones fuertes. Él tenía un perfil bajo y sentimental que lo había hecho blanco y presa de conflictos que no lo habían dejado bien parado. Quizás él era capaz de ayudar al resto del mundo, menos de ayudarse a sí mismo a superar su timidez natural. Una timidez que conseguía encubrir con una personalidad jocosa y encendida. Siempre estaba dispuesto a sonreír. Y cuando cruzaron caminos… Fue él quien pensó en dar todo de sí a causa de aquello que había brotado entre ambos. Ella no estaba segura de sus sentimientos. El mundo la había forjado para ser fría y un poco despiadada, y no había tenido una verdadera experiencia romántica. Pero él sabía que lo suyo podía ser más hermoso que una ilusión. Podía convertirse en realidad. A pesar de que sus vidas eran dispares y de que podría haber conflictos, él estaba convencido de que aquella era la mujer que quería para compartir el resto de su vida. Ella dudaba y él se afirmaba más en su convencimiento. Y entre ellos brotó el amor. Juntos se complementaron. Eran el contrapunto perfecto. Eran la pareja ideal. Él comenzó a ganar seguridad en sí mismo y a depender menos de los demás. Ella consiguió abandonar sus viejas costumbres y modos de pensar y se atrevió a soñar en un nuevo universo. Un universo en el que la sangre y la muerte y la violencia se veían opacadas por el amor. Pero nuevos obstáculos se interponen en la pista de estos enamorados. Los obstáculos que podría encontrar cualquier pareja común y corriente. Pero ellos, además de ser una pareja, no son nada comunes ni corrientes. Así que tendrán nuevos retos para sortear en la carrera del amor.¿Buena historia, no? ¿Muy melodramática, no? ¿Muy mía, muy de Nicolás, no? Pues no. Desde ya. No encontré el amor ni nada de eso. Por si os lo estabáis preguntando. Mi respuesta es un rotundo “NO”. Entonces, me diréis (y creo que la pregunta es justa), a santo de qué viene todo lo anterior, que parece una descripción malísima de una novela rosa. Amigos y amigas… ¿qué iba a ser? ¿Olvidáis que soy un friki? Todo lo anterior es mi concepción de cómo sería un romance entre Herbie, ese simpático (y a veces irritante) escarabajo blanco y Christine, ese divertido Plymouth Fury del 58 que cada tanto gusta de darse un paseíto y cargarse a la mayor cantidad de transeúntes que encuentra. ¿A que hacen una pareja perfecta? ¿Os imagináis la secuela? Una historia de amor II Los Frutos del Amor (A mí no me miréis raro, considerad que hemos debido soportar Freddy contra Jason y Alien vs. Predator, yo no soy responsable directo de la manía de hacer esas chorradas. Así que los tomates, a los del cine).
Claro de LunaCon este libro entre mis manosveo crepitar las tristes ascuas del hogarse están consumiendodejándome en penumbrasY mis pensamientos vuelan hacia el vacíoA la habitación sumida en tinieblasA los cortinajes oscurosA los pasillos infinitosPor la ventana se ve la nochefría y quietay la luz de la lunael cristal atraviesaBaña este cuarto que se sumerge en las sombrasLo ilumina con el claro de lunaDisco plateado que asoma en los cielosque contemplas impasible la noche serena y tristeque ves en las almas de los pobres mortalesque riges el nocturno firmamentomudo observador que sin inmutarse contemplala cruel tragedia de la muerte inexpugnableY vuelvo una y otra vez a esos recuerdosque han venido de ninguna parteaquí mirando el fuego que mueresabiendo que la muerte no es sino la otra orillaAhí está, cruzando el puenteY en aquella habitaciónque soy obligado a contemplar por los pensamientos indómitosla muerte toma forma de platadescargada sobre el suave antebrazo de marfil¿Cuánta furia he de seguir presenciando?¿Cómo he de romper el hechizo que me ata a esta lúgubre visión?La muerte se lleva la vidaEl dolor rojo fluye por la habitaciónLa luz lunar saca destellos a la dagaa la sangre que mana de la herida abierta¿Por qué, tragedia ineludible?¿Por qué, sombras inexorables?Y la vida se extingue con lentitudllevándose a cada segundo un suspiro másque caen como gotas de vida en el charco eterno de la infinitudLa creación se estatiza en aquellos momentosLas gotas de vida abandonan y caencaen en el estanque formando círculos que se disipan y se olvidanse van, se vanestoy angustiadoasfixiado por estas siniestras imágenesmi corazón tiembla con estos recuerdosvenidos de ninguna parteY siento que terminaque concluyeque finalizaLa vida se pierdelentamente, lentamenteLos últimos latidos resuenan en mis oídoscomo bajos inmortales cuyos ecos perdurarán por siempre en las paredes del vacíoTristeza de muerte sientoContemplo el finalLa extensión imposible de la vida marchitaY lo veo acabarimplacableinamovibledefinitivoel gélido silenciode la muerte heladaY contemplo por primera vezel inmenso abismo que hay detrás de esa máscaraY siento temorporque más allá oigo los lamentosY me llevo conmigode vuelta a este fuego que muereesos llantos tristesvestigios de mi viajeque me acompañarán por siempreComo si fuese el recordatorioel reloj de la vida zumbando en mis oídosmarchando hacia el último instantea ese abismo y a esas vocesque jamás caerán en mi olvidoque no podré borrarque perdurarán siempreporque ahí estánagitándose como los mares de un acantiladoaguardando, quizás, mi regresoesperándome, tal vezqueriendo verme con ansiedadqueriendo tenermepara siempre con elloscon las voces del abismocon las voces de la oscuridad...
«Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas iluminadas por la Luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar. Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando ante él formas de aire frío, como humo de cigarro. A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a medianoche. Y pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecían manifestarse en las paredes interiores de un cuarto, donde aún no habían cerrado las cortinas a la noche. O se oían unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral donde aún no habían cerrado una ventana. (...) —Hola, los de adentro -les murmuraba a todas las casas, de todas las aceras-. ¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella loma?(...) —¿Qué pasa ahora? -les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera-. Las ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario? ¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de la luna? El señor Mead titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más. (...) Luego de diez años de caminatas, de noche y de día, en miles de kilómetros, nunca había encontrado a otra persona que se paseara como él. (...) Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la ciudad. Durante el día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos, con un gran susurro de insectos. (...) Pero ahora estas carreteras eran como arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz de luna».
Fragmento de El peatón, de Ray Bradbury, publicado en la recopilación de cuentos Las doradas manzanas del sol.
Esta mañana, a eso de las nueve, sonó el teléfono de casa. Estaba a su lado, y por eso atendí con un profundo "Hola". Preguntaron por un nombre, que en teoría es mi nombre (pero que también es el nombre de mi padre, así que técnicamente no mentía cuando dije que yo era el requerido). Esta es la introducción, mis queridos amigos, de cómo me percaté de que estamos viviendo en los mundos de ficción que nunca pudimos creer.
El hombre se presenta como un operario de la compañía de telefonía fija que usamos en casa. Me dice que habré notado, seguramente, que la tarifa de teléfono junto con la de internet es abultada. Dijo los números de las cuentas de los dos últimos meses y me pedía mi opinión. Y un servidor, a todo esto, respondiendo con total descaro "Sí, sí, lo entiendo, es cierto". Entonces ahí el tío soltó la bomba que yo me venía venir.
“Ya que se hace muy costoso pagar esto”, dijo, “queríamos ofrecerle una opción que quizá le resulte más económica y mucho más interesante”. Entonces me dije "Vale, si este tío me dice que me darán el internet gratis, le hago una fiesta y todo". “No sé si lo habrá escuchado en alguna 'propaganda', pero estamos ofreciendo un paquete triple, que consta de tres servicios. ¿Oyó hablaralgo sobre esto?”. Como soy así de tocanarices, voy y le digo "No, en absoluto". “No hay problema, se lo comento ahora. Verá, este paquete conciste en proporcionarle a usted tres servicios: telefonía fija, internete y televisión por cable. ¿Usted tiene algún servicio de televisión por cable?”. Mi respuesta, como las anteriores (salvo la primera), es otra vez "No". “Entonces quizás esto le interese, porque le ofrecemos el servicio de telefonía e internet, que usted ya tiene, junto con el servicio de televisión por cable, todo por el módico precio de...”.
El tío me sigue comentando las cosas un rato más, listándome beneficios, tratando de hacerme picar el ansuelo, diciéndome que tendré noventa canales de televisión si acepto y, básicamente, regalándome el mundo entero. Siempre a condición de que acepte.
Creo que no lo he contado por aquí, pero mi madre y yo tenemos un convenio. Si llaman de las tarjetas de crédito, de los seguros de vida o de casa, de todo lo que implique gastar dinero... yo puedo fingir que soy mi padre y decirles lo que se me ocurra para hacer que no vuelvan a llamar nunca jamás y nos dejen en paz. Hasta ahora, he sido un profesor de matemáticas con cenilidad, un detective baleado en la pierna en el noventa y cinco, un reciente acólito de la secta de los Hermanos de la Iluminación Luminosa de la Luz Iluminada, un viejo profesor de filosofía con tendencias comunistas guerrilleras, un excéntrico poseedor de piezas de arte (pianos, arpas, violines), entre algunas otras cosas. Así que hoy no iba a ser la excepción.
Si mi padre hubiera estado en mi lugar, habría dicho "¡Sí!" de inmediato. Pero mi madre es un poco más centrada. Eeeen fin.
El hecho es que he terminado diciendo la verdad. Después de la pausa que él inició, él preguntó “¿Qué le parece esta propuesta?”. Y yo fui sincero, muy sincero. Dije un rotundo "MAL".
—¿Usted no está interesado en...?
—No.
—¿Es por una cuestión económica? ¿Quizás el precio se va demasiado...?
—No, no es eso.
—¿Entonces?
El tío ya no estaba ni siquiera fingiendo buena predisposición para engancharme. Y ahí fui rotundo.
—Porque no veo televisión.
—¿Usted no ve televisión? —preguntó con el mismo tono de voz con el que cualquiera (o cualquiese) preguntaría “¿Tú no comes nada en ningún momento del día?”.
—No, trabajo mucho y mi tiempo libre lo ocupo en leer.
—Ah, usted lee —repuso con sequedad. Parecía estar calibrando eso. Se había oído como la respuesta del que dice “Ah, es que estás enfermo y por eso no comes”—. Buenos, señor, siento haberlo molestado.
—No, en absoluto, Gabriel. No ha sido ninguna molestia. Que tenga un buen día. Dios lo bendiga.
—Gracias. Hasta luego.
Y así terminó.
Voy a ser breve y concreto.
No fui muy imaginativo en lo que dije, pero fue la verdad; y fue esa verdad la que lo terminó desarmando. No es que no vea televisión porque no veo. Ni siquiera me siento delante de la caja luminosa para oír las noticias. Vale que algún día vea una película, o de vez en cuando vea un episodio por el ordenador de algune serie que me guste. Pero nunca lo hago con regularidad. Lo que más hago es abrir un libro y leer.
Pero vamos, hombre, que no reviste nada de peculiar ni de extraño. En un mundo que se dice "avanzado", esa debería ser una de las actividades más regulares. Abrir un libro es lo correcto. Encender el televisor y entretenerse un rato no es incorrecto, pero hacerlo siempre y de continuo no ha de ser muy saludable.
Leonard Mead vive en un mundo enn el que está absolutamente solo. En el que hay seres humanos (porque el cuento dice que hay vida en esa ciudad), pero en el que no hay ningún sonido humano. Todo el mundo está en sus casas, en silencio, envuelto en penumbra, iluminados de frente por la luz más tenebrosa que haya brotado de las tinieblas del alma humana.
Ese no es el mundo de Leonard Mead, ese no es el mundo del dos mil cincuenta y tres, ese no es el mundo en el que los coches patrulla son máquinas inquisidoras que no entienden cómo un hombre prefiere salir a caminar en lugar de quedarse a ver televisión. No. Ese es nuestro mundo, el mundo del dos mil doce, el mundo en el que un telefonista te pregunta con incredulidad el porqué no ves televisión.
Charlando con una amiga, me parecía estar viviendo en un mundo aparte. Allí en donde ella vive el lunes celebraron por lo alto el día del libro. Aquí no se hizo mención de nada. No digo que allí estén mejor que aquí, pero el hecho es que aquí estamos muy mal.
No haré un ensayo sobre este tema, porque creo que se sobreentiende la importancia que le doy a leer un buen libro y generar un hábito de lectura. Sólo diré que creo que el mundo académico iría un poco mejor si los niños, antes de aprender a usar el mando de la televisión, aprendieran a abrir un libro y encontrar entre sus páginas un mundo flexible y abierto, un mundo que está a una página de distancia, un mundo que se transforma según nuestro capricho y en el que nosotros podemos intervenir cuando queramos.
No me enorgullece tener que contar estas cosas, pero pensé que sería importante rescatarlo. A veces me gustaría que la televisión no existiera durante unos días, un par de semanas o un mes. Estoy seguro de que las cosas cambiarían un poco.
Feliz día del libro a todos vosotros, amigos del salón. Y bueno... no la hice el veintitrés, pero al menos he terminado escribiendo algo relacionado con los libros (y no he demorado un mes en hacerlo).
Au revoir.
Homero Simpson está en su sala de estar de la Avenida Siempreviva. Acaba de recibir una carta de la Universidad de Sprinfield luego de que su jefe, el dueño de la planta de energía nuclear, haya "extorcionado" al comité de admisión. Lee la carta de admisión y suelta una exclamación. Se lo ve alegre, muy feliz (más que de costumbre). En este momento apreciamos la calidad del personaje en todo su explendor.
"¡YAHOO! ¡YA SOY UNIVERSITARIO! YA NO NECESITO EL DIPLOMA DE LA ESCUELA SECUNDARIA".
A continuación presenciamos uno de los más grandes espectáculos que nos ofrece la inagotable capacidad intelectual de Homero Simpson. Casi a la par que dice lo anterior, toma un encendedor y quema el diploma de la escuela secundaria (sí, ese papelito que dice ya no necesitar), y comienza una especie de danza ritual a la par que gri... (perdón) canta.
"¡SOY INTELECTUALMUY INTELIGENTE
AY QUE BONITO SOY!
Lo sigue repitiendo mientras vemos cómo no sólo se incendia el cuadro, sino también el resto de la pared. Y así concluye esta escena, con la danza piromaníaca de Homero Simpson en agradecimiento al dios Fufu, por haberle permitido ingresar en la universidad.
Aquí podéis encontrar la entrada en la que se anuncia la entrega de este precioso regalo y la poesía que cuenta la historia de esta mariposa multicolor.