
Hoy es el cumpleaños de Nicolás. Por eso quiero hacerle un regalo especial. Uno de los mejores monólogos de el rey de las cosas pequeñas: Luis Piedrahita.
¡¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS, NICOLÁS!!!
El conocimiento es como una gran casa que se va construyendo de a poco. Y somos nosotros los constructores. Cada uno aporta (literalmente) un granito de arena, y así se hace cada ladrillo. A veces viene un Newton, un Einstein, un Bohr, un Mendel, y trae él solo treinta ladrillos, pero en general es así, granito a granito, sin que los treinta ladrillos hagan menos importante los granitos que hemos puesto.
... 2+3=10
7+2=63
6+5=66
8+4=96
9+7=144
2+3=10
7+2=63
6+5=66
8+4=96
Entonces, 9+7=???
"Siempre hay una luz en medio de la noche, y no importa lo pequeña que esta luz sea. Siempre estará encendida para alumbrar nuestro camino y recordarnos que la esperanza nunca debe morir".
Anécdota
Un homenaje al sutil humor británico y a Sir Arthur Conan Doyle. Porque siempre me pareció que Watson no gozaba de mucho humor y que Holmes, si bien era frío para muchas cosas, gozaba de un humor… bastante peculiar.
He mencionado en alguna parte de estos anales que en dos ocasiones —en “El hidalgo de Reigate” y en “La aventura del pie del diablo”—el señor Holmes, quien me honró durante muchos años con su amistad, había sufrido por exceso de trabajo un antecedente de colapso nervioso. Su organismo estaba enteramente destruido. Esto se debió más a su obstinación y ferviente empeño en no tener una vida regular y tranquila, más que por cualquier otra causa. En síntesis, diré sencillamente que como única solución de estos pequeños problemas físicos de mi amigo, que tenían como consecuencia una posible pérdida de sus facultades, tuvimos que abandonar nuestras habitaciones en el viejo departamento de Baker Street, e ir a pasar un tiempo reponedor a la campiña inglesa. Como esas aventuras ya se han contado en los relatos que ya he mencionado, no los recordaré; aunque hubo, sino me falla la memoria, otra ocasión en la que nos vimos obligados, por una y otra causa, a abandonar no sólo Londres, sino también la misma Inglaterra.
Nuestras andanzas de solteros nos llevaron en esta ocasión al país argentino, lugar en el cual he podido observar muchos comportamientos peculiares que discrepan un tanto con la refinada conducta inglesa. No obstante, nunca en mi estadía allí dejé de notar una cosa, como suele denominarse allí a lo que es impreciso, que me hizo pensar y sentir que esa tierra era en algunos aspectos especial y distinta a la tierra que se pisa del otro lado del charco. Pero son meros detalles carentes de importancia a lo que voy a narrar ahora.
Habíamos ido sin ninguna referencia exacta y como tenía experiencia, fruto de la campaña en Afganistán, fui prevenido contra posibles desavenencias que podían darse por el hecho de que estábamos a punto de entrar en una tierra enteramente desconocida para mi amigo y para mí.
De esta manera empaqué con migo las pertenencias necesarias para acampar de una manera cómoda y práctica, y así fue como llegamos a un bonito campo abierto; si no me vuelve a fallar la memoria, recuerdo que se trataba de la Villa de Carlos Paz, en la provincia de Córdoba de la Nueva Andalucía. El lugar en sí mismo no importa mucho, pero este acontecimiento servirá perfectamente para detallar las dotes deductivas de mi amigo, y mi propia estupidez.
Nos hallábamos pasando la noche bajo las estrellas, en un bello prado cercano al río, cuando después de la cena y de una buena botella de vino nos propusimos dormir. Entramos dentro de la carpa y nos recostamos cada uno en nuestros respectivos sacos de dormir. No tardé en conciliar el sueño, aunque no tengo idea de cuanto habrá tardado mi amigo en cerrar los ojos. Tengo la certeza, no obstante, de que por lo menos durmió un par de horas aquella noche. Esto lo sé porque cerca de las tres de la mañana, el señor Sherlock Holmes me codeó y urgió para que me despertara. Medio apabullado por la modorra me di vuelta en mi precario lecho y ví aquellos ojos grises y penetrantes, mirándome fijamente, aunque también noté muy en el fondo de aquellos mismos ojos escrutadores un dejo de sueño y fatiga.
—Watson —me dijo—, ¿está usted dispuesto a mirar arriba y decirme lo que ve?
Ante esta inquisición me ví más apabullado que antes; y, como conocía de sobra el accionar de mi amigo, que consistía en hacer cosas que para mí o para cualquier otra persona no tenían ningún significado, pero que para él siempre tenían un porqué, no dudé un solo instante en responder a su pedido.
—Claro es que no tengo ningún problema en mirar hacia arriba —contesté.
—Entonces —prosiguió—, ¿por qué no lo hace de inmediato?
Entonces me senté en mi bolsa de dormir y levanté la vista hacia el cielo nocturno. Estaba plagado de estrellas.
—¿Qué ve? —preguntó.
—Veo las estrellas —contesté, un tanto asombrado de lo trivial del asunto.
—Y entonces… ¿qué deduce usted de ello, mi querido Watson? —Volvió a inquirir.
Con un asombro mayor, no dudé en responder, pero a la vez pasó por mi cabeza la idea de tratar de impresionar a mi amigo con mis propias cualidades, como lo hice al analizar cierto bastón de cierto doctor que cierta vez fue a buscar el consejo de mi amigo, en cierto episodio que ha quedado registrado con el nombre de “El sabueso de los Basquerville”.
—Bueno —comencé—, deduzco, analizando el hecho desde un punto de vista astronómico, que hay infinidades de galaxias y millares de estrellas, y, a su vez, que hay billones de planetas de distinta composición y en los cuales pueden desarrollarse infinidad de acontecimientos extraños y que escapan a nuestra razón. Desde un punto de vista teológico, deduzco que la fuerza y el poder de Dios son tan enormes que es capaz de crear esto y de darnos la posibilidad de que dos criaturas, fruto también de su creación, puedan contemplarla y a su vez sentirse pequeños y minúsculos ante su bondad y extremo amor. Desde un punto de vista meteorológico, deduzco que mañana tendremos un clima perfecto, un día despejado y límpido. Desde un punto de vista cronológico, deduzco que deben de ser aproximadamente las tres y quince de la madrugada. Y desde un punto de vista astrológico, deduzco que, por la incandescencia de Júpiter y de Marte, hay una conjunción con sagitario y Escorpio —concluí, sintiendo muy dentro de mí un profundo sentimiento de autosatisfacción y suficiencia. Creyendo que había impactado a mi amigo, pregunté—: ¿Y usted, querido Holmes, qué deduce?
A esta pregunta siguió un largo silencio, que fue interrumpido por la respuesta de mi compañero.
—Deduzco, mi querido Watson, que se le ha borrado de la cabeza un antiguo y lejano axioma, el que decía que las circunstancias más extraordinarias son las que más comúnmente tienen la explicación más sencilla, como en el caso de “El hombre del labio retorcido”.
—¿Y por qué deduce usted eso? —pregunté, asombrado de ese comentario tan ofensivo.
—Deduzco eso —respondió— porque veo, Watson, que se ha esforzado por sobre manera de deducir grandes cosas, y se ha olvidado de deducir la más sencilla y esencial; la cual, por cierto, yo sí logré deducir.
Y un poco contrariado y acalorado, le pregunté:
—¿Y cuál es esa deducción tan sencilla y brillante que ha logrado conseguir y que a mí se me pasó por alto?
—La más sencilla, mi querido doctor —repuso al tiempo que soltaba una estridente carcajada—. Nos han… HM… ¿cuál es la expresión que usan los nativos de esta tierra? Ah, sí: nos han “afanado” (1) la carpa.
Fin.
Sir Nícolas Vásquez de Aragón.
(1): Expresión lunfarda que expresa la acción de robar o hurtar. Usada generalmente en Argentina. Ejemplo: “Nos han robado la carpa”. “Nos han afanado la carpa".
Los conflictos
Para que los conflictos nunca mueran, porque el conflicto es la base de este arte; para B.B. porque fue suya la idea de hacerle eso al Pato Lucas; y para reír un buen rato.
Se levantó tarde.
La noche anterior había colocado el despertador para que sonara a las siete en punto de la mañana. Durante la noche, sin embargo, por alguna extraña razón que jamás pudo entender, el despertador se movió de lugar y sonaría a las once y media.
—¡EL EXAMEN! —gritó cuando vió la hora que era—. ¡El examen era a las nueve, y me lo he perdido!
Tal era su desesperación y desconsuelo. Juan tomó sus largos cabellos y comenzó a gritar sofocado por la almohada que lo había engatusado.
“Vamos, no puede ser tan malo”, pensó.
“Oh, sí que es malo”, contestó una voz dentro de su cabeza.
“¿Quién eres?”, preguntó la voz que había hablado primero.
“Tu otro yo”, repuso la segunda voz.
De pronto, una tercera voz se alzó de entre las otras y dijo: “Y yo soy la conciencia”.
—¡Basta! —exclamó Claudio—. Yo estoy aquí y no sé quiénes sois vosotros.
—¡Callaos todos! —cortó Juan, quien estaba harto de tener tantas voces en su cerebro. Ni siquiera recordaba cuándo y dónde las había invitado a alojarse en su cabeza.
Se levantó de su cama y buscó sus zapatillas de dormir por todo el suelo. Aunque buscó y rebuscó, no las pudo encontrar y se colocó los zapatos de charol que tenía para ocasiones especiales.
—La corbata —masculló—, ¿en dónde está la corbata?
Pasó la mirada por su habitación y trató de recordar en qué lugar había dejado la corbata la noche anterior. Pensó unos segundos, inquieto, y luego corrió hacia su armario. Abrió la puerta y comenzó a rebuscar entre sus cosas. Sacó una pelota de fútbol, una pelota de tenis, una pelota de básquet, una pelota de tenis (“¿no la había sacado ya antes?”, pensó), una pelota de golf, otra pelota de rugby, una pelota de boley, y otra pelota de cartón.
—¿En qué momento de mi vida puse aquí estas pelotas? —pensó desesperado, recordando súbitamente que él jamás había jugado con una pelota en toda su vida, y que nunca había tenido tantas pelotas—. Son las de mi hermano —se dijo en voz baja, siguiendo en busca del corbatero. Pero luego se interrumpió, recordando que él no tenía ningún hermano.
Sacó un abrigo de lana, una colcha, un cobertor, treinta y cuatro juegos de sábanas, noventa almohadas, cuarenta y cuatro calzoncillos, ochenta y cinco medias, dos pantalones, media remera, ciento cinco camisetas, veintidós camisas, trecientas gorras, ocho monedas de dos centavos y catorce gabardinas. Luego abrió la otra puerta del armario y sacó la misma cantidad de objetos que la primera vez, pero más pesados, más grandes y más raros todavía. La talla de las prendas fue aumentando de tamaño hasta que se encontró con el traje adecuado para vestir a un elefante.
Entonces una trompa de elefante salió del armario más alejado de él y le gritó con voz chillona: “¡Devuelva esa camisa, que dentro de seis segundos y cuatro horas hay fiesta en la selva!”. Devolvió la camisa y el saco a su dueño, y abrió la puerta que estaba detrás. Finalmente, en un pedestal de oro bruñido, se encontraba el corbatero.
Se volvió presto hacia su escritorio para elegir la corbata, pero se tropezó con novecientas cincuenta y cuarenta y treinta, y veinte y diez y una y noventa pelotas. Pues las pelotas, a medida que caían en el piso, se multiplicaban entre ellas.
Luego esquivó todas las prendas que había sacado del armario y llegó al escritorio. Pero cuando puso el corbatero el escritorio se hundió en sí mismo y el corbatero se cayó al suelo, rebotó y le golpeó la nariz. La nariz, en lugar de sangrar como cualquier otra, comenzó a hincharse, y luego estalló soltando papel picado como si fuera una piñata de cumpleaños.
Algunos papelitos cayeron en su otro escritorio, armando una hoja entera. Se acercó para leer qué era y, ¡oh sorpresa!, eran los apuntes que él mismo había tomado durante siete años de universidad.
“¡El examen!”, pensó angustiado. “¡El examen para el que he estudiado durante siete largos años! ¡El examen que decidirá mi futuro!”.
Puso el corbatero sobre el escritorio, pero esta vez lo sostuvo con una mano para que no hundiera la madera de ese nuevo escritorio. Miró el corbatero y vio una inscripción que rezaba: “Corte y elija”.
¿Quién había escrito eso en ese corbatero? ¿Quién había comprado ese corbatero? ¿Él tenía ese corbatero antes? ¿Desde cuándo lo tenía? ¿Él tuvo alguna vez un corbatero? ¿Usó corbata alguna vez? ¿Y cuándo había comprado aquel armario? ¿Y el elefante venía con el armario gratis o también había pagado por él? Pero ¿tenía camiseta de vestir para usar corbata? ¿Y alguna vez supo ponerse la corbata?
Abrió el corbatero y tomó un trozo de tela. Lo tiró hacia fuera, pero en lugar de salir una corbata, salió un largo trozo de tela. Y el trozo era de color escarlata y tenía dos metros de largo. Luego el trozo se hacía más grande y cambiaba de color. «“Corte y elija”», pensó con amargura. Y el color cambiaba cada dos metros, o eso le pareció a él. Primero fue rojo, luego azul, luego amarillo, después… violeta, rosa, fucsia, celeste, anaranjado, lila, púrpura, magenta, carmesí, bermellón, punzó, amatista, fluorescente, a lunares morados y verdes, con rayas rojas y amarillas, gris, manteca, pastel, clavel, margarita, amarillo otoño, amarillo canario, amarillo patito, amarillo huevo, amarillo verdoso, verde amarillento, verde hoja, verde lima, verde tierra, verde oscuro, verde azulado, azul verdoso, azul cobalto, plateado, dorado, piel, verde loro, blanco, arco iris, chispita, rojo payaso, y así siguió sacando colores como si fuera el más barato de los magos.
Luego de un rato llegó al negro anhelado, y cuando se percató, no tenía tijeras para cortar la tela y no sabía coser. Buscó unas tijeras en el cajón del escritorio. Sin embargo, cuando volvió, toda la tela se había entrado otra vez al corbatero. Nuevamente comenzó a sacar la tela y a pasar colores.
Rojo, azul, rosa, amarillo, verde, azul celeste, azul cobalto, violeta, fucsia, anaranjado, verde oscuro, verde lima, verde loro, verde hoja, verde amarillento, amarillo verdoso… y llegó al negro.
Pero luego se percató de que las tijeras no estaban afiladas. Salió a la calle en pijama, con tijeras y zapatos de charol, en busca de un afilador. El que por allí estaba pasando aceptó afilarle las tijeras, pero se las afiló al revés y el mango quedó filoso. Cuando Juan las tomó se cortó gravemente y pensó: “¡Ahora cómo he de escribir para responder al examen, el examen que define mi vida!”. Se largó a llorar, pero se dijo que algo debía hacer.
Entró a su casa y cortó la tela negra con la otra mano, intentando darle forma de corbata. Luego llamó a su mamá para que le ayudara con la herida y la costura, pero se acordó de que hacía años que no vivía con su madre.
Fue al baño y se lavó la mano herida, viendo que el corte no era muy profundo. Luego se observó el rostro en el espejo y decidió tomar una rápida ducha.
Al salir de la ducha notó que tenía un extraño salpullido en la pierna. Tomó una pomada contra la picazón y se la aplicó, pero no salió la crema que debía salir, y en su lugar, un enjambre de abejas comenzó a escapar por allí. Alcanzó a tapar el aplicador cuando noventa y siete habían salido, y trató de ahuyentarlas por la ventana. Pero cuando abrió la ventana notó que estaba obstruida por la nieve y se asombró mucho, pues aquella mañana no estaba pronosticada ninguna nevada. Luego vió que era un oso polar, y se asustó mucho.
Las abejas picaron al oso y el oso rugió, pero como estaba fuera no le pudo hacer ningún daño. Juan, por si las moscas, cerró la puerta y tiró de la toalla, y el oso sintió el ataque, marchándose asustado.
Juan recordó el tremendo dolor que le producía la picazón, y se rascó, aliviándose de la picazón por unos momentos. Luego vio que el salpullido había pasado a sus manos, y trató de saciar su comezón con el torso desnudo.
Pero en el torso también salió el salpullido, y se comenzó a restregar por las paredes. Su picazón se alivió satisfactoriamente hasta que desapareció la comezón, pero luego la casa comenzó a quejarse diciendo: “¡Hum! ¡Ah! ¡Hum! ¡Pica! ¡Ham! ¡Her! ¡Hum! ¡HM! ¡Uh! ¡Ah! ¡HM! ¡Ah!”.
Y la casa se retorcía desde sus mismísimos cimientos, doblándose las paredes en busca de un contacto en el que poder aliviar su comezón.
—¡Habrase visto en esta vida! —gritó Juan desesperado—. ¡Una casa contagiada por el sarampión!
Fue raudo hacia su habitación y vio el despertador. ¡Eran las cinco de la madrugada!
—¿QUÉ TE OCURRE, VIEJO CACHIBACHE? —gritó fúrico mientras golpeaba el despertador contra la pared, despertador que había sido adquirido sólo un par de días antes.
—¡Hum! ¡Ah! ¡Oh! ¡HM! ¡HMMM! ¡HMMM! ¡Uh! ¡Oh! ¡Ah! ¡Hum! ¡Hem! ¡Hmju! ¡Oh! —gimoteaba la casa, reconfortada por la delicia de estar siendo aliviada con los golpes del reloj despertador.
—¡Todo el mundo se ha vuelto loco! —gritó Juan, desquiciado por tanta patraña.
Luego buscó y rebuscó una camiseta, los pantalones, calcetines y calzoncillos. A pesar de que había dejado todo desperdigado por el piso, no era capaz de encontrar las prendas requeridas para partir. El reloj cucú (¿cuándo se había comprado un reloj cucú?) marcó las doce de la noche, cuando estaban a plena luz del día. Luego el sol le envió un mensaje a la luna que decía: “¿Qué ha pasado? ¿Acaso nos hemos equivocado?”. La luna le respondió: “Es cierto, equivocados estamos. Para remediar nuestro error hay que intercambiar los papeles ahora mismo”. Entonces el sol y la luna giraron sobre sí mismos y el día se tornó en noche en el lugar en el que Juan se hallaba, y la noche fue día del otro lado del mundo (o sea, donde Juan no estaba).
—¡Oh, qué calamidad! —lloró Juan amargamente en un rincón.
No encontraba sus prendas, pues estas habían sido las primeras en sacar del armario, y habían quedado sepultadas bajo el resto de prendas de vestir que había extraído después. Finalmente, buceando en los mares de ropas y de pelotas, llegó hasta el fondo de aquella masa informe, y consiguió extraer algunas cuantas prendas.
Cuando se probó las medias, reconoció que tenían dibujitos de Bugs Bunny estampados en la tela, y supo que eran de su infancia (cosa que, por otra parte, conseguía explicar a la perfección el porqué las sentía tan ajustadas). La camisa de vestir era de color lila con rayas amarillas y lunares verdes. Los pantalones eran de color verde fluorescente y parecían hechos para un payaso con exceso de peso.
Se caló el sombrero en la cabeza (¿desde cuándo usaba sombrero?, ¿desde cuándo había una percha para sombreros a la salida de su casa?, ¿desde hacía cuánto tiempo había vuelto a vivir en casa paterna olvidándose de su pequeño y confortable departamento de soltero?) y salió a la calle.
En tanto, la luna y el sol (o el sol y la luna) se habían dado cuenta de que el cucú engañoso estaba ahí debido a una jugarreta de niños traviesos, y habían vuelto a cambiar de posiciones. Dándose un fugaz beso por el camino se fueron cada cual a su sitio, y los astrónomos exclamaron asombrados: “¡Que gran fenómeno astro-físico!”. Tiempo después, muchos estudiosos se preguntaron si los científicos consideraban un “gran fenómeno astro-físico” que el sol y la luna se besaran o que cambiaran tan rápido de posición.
Juan había salido disparado, sintiendo que aquel día no era muy bonito, en busca de un taxi que lo llevara rápidamente hacia la universidad. Tomó uno y le dijo al chofer: “¡Rápido! Tenía un examen a las diez en la universidad. ¡Vaya como un ciclón!”.
El taxi aceleró y fue hacia atrás corriendo como el viento más fuerte que jamás se hubiera visto.
—¿Qué es lo que está haciendo, hombre! —gritó Juan—. ¡Nos vamos a estrellar!
Y en efecto, así ocurrió. Juan y el taxista se estrellaron contra un colectivo que venía hacia delante y en contramano. Luego el colectivo, activando la maniobra defensiva, abrió las alas de murciélago y comenzó a elevarse con todo y taxi. Juan gritaba desesperado y harto de aquel día. Pero había más sorpresas reservadas para él.
El colectivo no tomó en consideración que estaba en medio de la ciudad, y con las alas y el cuerpo enganchó los cables del teléfono y de la luz. Como seguía haciendo fuerza, y como la ciudad no había activado el filtro anti-volador en los cimientos, el colectivo comenzó a llevarse volando media ciudad (y no, para desgracia de Juan no era la mitad de la ciudad en la que estaba la universidad), quedando la otra parte en tierra firme.
Un grito desgarrador se oyó desde el taxi encastrado en la trompa del autobús: “¡¡¡NOOOOOOO!!!”.
Juan rompió en llanto, pero sus lágrimas eran jugo de limón, luego jugo de ananá, luego de pera, después de pomelo, de naranja, de mango, de kiwi, de manzana, de mandarina, de melón, de frutilla, de cerezas, de arándanos, de frambuesas, de maracuyá, de banana, de fresa y un montón de otros sabores. Lloraba tanto, pero tanto, que en pocos minutos llenó todo el taxi con sus lágrimas. Pero como su llanto era amargo e infeliz, todo el jugo de distintos sabores sabía agrio y feo. Luego el taxi, el colectivo, los postes, los cables, media ciudad y la casa con sarampión comenzaron a descender en picada por el peso de las lágrimas. El taxi se salió del colectivo y comenzó a caer más rápido que todo lo demás y Juan veía cómo se iba a estrellar contra el suelo de la otra parte de la ciudad.
Pero en ese momento llegó el expendedor de algodón de azúcar, que estaba en aquella parte de la ciudad cuando ocurrió el infortunio del colectivo volador y tenía verdaderos deseos de ayudar. Salió volando con su carrito de algodón y logró atrapar a Juan y al taxi justo a tiempo.
Pero el taxista, personaje conocido por ser goloso y angurriento, comenzó a comerse todo el algodón de azúcar del carrito, que era lo que le daba la ligereza para poder volar, pues el algodón de azúcar contiene el mismo principio que las nubes. El algodonero, al ver que perdían elevación y constatar que la causa era el taxista glotón, comenzó a pegarle al taxista por comerse el preciado material de vuelo. Pero como le pegó mucho, se olvidó de conducir el carrito, y el algodón se salió de su sitio, pasando por la hélice y difuminándose en una gran y rosada nube.
—¡¡¡No!!! —gritó el algodonero, y trató de remontar el vuelo.
—¡Mi examen! —lloró Juan.
—¡Mi carrito! —siguió el algodonero.
—¡Mi barriga! —quejó se el taxista.
—¡¡¡NUESTRAS VIDAS!!! —dijeron los tres al unísono, constatando que caían más rápido que la vez anterior.
Cayeron al suelo de forma estrepitosa, pero como estaban rodeados por la nube de algodón, y este, además de ser un material leve como las nubes, claro, también resulta ser un excelente rebotador. Así, los tres rebotaron una y otra vez. Primero bajaban hacia abajo y luego ascendían, volviendo a bajar y a ascender.
Pero luego Juan vió algo que le sobrecogió el corazón: la casa —sí, esa casa que él no recordaba haber comprado jamás— se dirigía hacia ellos, aleteando con puertas y ventanas, como si de un pájaro moviendo sus alas se tratara. La enfermedad había avanzado mucho, y se veía llenas de ronchas feas, y algo afiebrada; pero le gustaba el algodón de azúcar, y quiso comer un poco del que los rodeaba.
Se interpuso entre el cielo y el carrito. Ahora los tres (taxista, algodonero y Juan) caían hacia abajo, chocando contra el piso, y subían hacia arriba, chocando con el otro piso. Luego la casa se puso patas para arriba, y los tres comenzaron a caer hacia abajo, chocando contra el piso, y a subir hacia arriba, chocando contra el techo. Pero luego se voltearon, y quedaron ellos cabeza abajo.
Entonces la cosa quedó así: caían hacia arriba y chocaban contra el piso; luego rebotaban hacia abajo y chocaban contra el techo, y así en una sucesión que se vio interrumpida por la casa de Juan.
Harta ya de jugar con el algodón, quiso comérselo de una vez. Así, bajó hasta interponerse entre los tres hombres y el suelo. Se echó de lado y abrió las grandes puertas de par en par (pues eran dos). Comió lentamente el algodón de azúcar y saboreó cada poco que iba comiendo. Los tres hombres entraron a la casa del revés y se quedaron tendidos, exhaustos, en una de las paredes. Luego la casa se levantó y comenzó a volar.
La casa, por consiguiente, se enderezó. Los hombres volvieron a tener noción del arriba y el abajo, de ese lado y del otro (¡no, ese otro!).
Juan, quien aún conservaba las esperanzas de hacer su examen, miró por la ventana y se horrorizó. Su casa, aquella que ni siquiera recordaba, estaba empachada con el algodón y sus movimientos eran lentos y torpes. Como si estuviera embriagada, se dirigió hacia la universidad donde estudiaba Juan.
—¡Allí no! ¡La destruirás! —gritó Juan.
Finalmente, la casa se estrelló contra la fachada principal de la universidad, que soltó su alarma de incendios. Todas las regaderas que había dentro se soltaron, pero en vez de liberar agua, comenzaron a soltar fuego.
Juan bajó corriendo de su casa (por la escalera de incendios) y se metió en la universidad, chocando a todos los que del incendio huían. Corrió hasta encontrar su salón de clases, y agradeció porque aún estuvieran allí gran parte de sus compañeros y examinadores.
—Señor Ramírez —dijo su profesor—, llega tarde. Aunque como dice el refrán: “Más vale tarde que nunca”. Pase al aula.
—Muchas gracias, señor —repuso el joven con una sonrisa de oreja a oreja.
—No tan rápido, Ramírez —intervino otro maestro—; antes debe presentar su identificación.
Juan maldijo por lo bajo y metió las manos en los pantalones. Sacó un pañuelo de color rojo. Cuando pensaba que estaba a punto de sacarlo, descubrió que el pañuelo seguía, pero con un color distinto. Primero fue rojo, luego azul, siguieron el verde, el rosa, el bermellón, el escarlata, el esmeralda, el… Después se fijó en el otro bolsillo y vió que sólo tenía un poco de algodón de azúcar y un gran frasco (tres o cuatro litros) de remedio contra la fiebre.
—Hem… yo… Lo siento, señor, pero no tengo identificación aquí mismo. Digamos que he tenido una mañana un poco… accidentada.
—Una vergüenza. Comprenderá que esto le resta unos tres puntos, ¿verdad? ¿No? Bueno, ya lo comprende. ¿Trajo sus apuntes y libros para verificar algunos ejercicios y defender algunas cosas en forma oral?
Juan quedó con la boca abierta. Recordando los eventos de aquella mañana, tuvo una fantástica idea y dijo “sí”.
Luego procedió a prepararse psicológicamente para lo que iba a hacer, y pidió un momento de silencio. Los maestros lo miraron escandalizados, preguntándose qué iba a hacer ese loco, y sus compañeros, que lo habían considerado durante todo el curso como un cerebrito aburrido, se mostraban divertidos ante lo que fuera hacer ahora ese chico callado y atento.
—Esperad un momento —dijo Juan. Luego puso las manos sobre una pared lateral y estampó con todas sus fuerzas la nariz contra ella. Ufano y satisfecho (sintiendo un leve sabor metálico en la boca) se volvió a sus profesores—. Hay que esperar unos minutos hasta que se hinche y estalle —dijo con una sonrisa de oreja a oreja ante la mirada atónita de los profesores (que él, por cierto, tomaba como una forma de felicitación)—, y luego hay que ir juntando los pedacitos; pero es un pequeño sacrificio con tal de tener aquí los apuntes —terminó orgulloso y pagado de sí.
Sus compañeros profirieron en carcajadas histéricas al verlo, y un par de sus profesores lo miraban con la misma forma de mirar a un loco que se cree y trata de convencerse a sí mismo de que está cuerdo.
—Señor Ramírez… —dijo una profesora que le tenía en alta estima—, quizás esté presionado por el examen, pero usted es un alumno muy capaz. ¿Trajo los apuntes? No es necesario, podemos hacerle un examen más largo, que compense… bueno, la falta de material.
—¡Pero no está viendo el confeti! —preguntó sorprendido Juan, y su voz sonó ahogada por la risa de sus compañeros (y la de alguno de sus maestros).
Una maestra le hizo señas para que se tocara la nariz y así lo hizo; horrorizado, sintió la sangre caliente y un profundo dolor en el hueso.
—Por lo menos sabe qué carrera está a punto de terminar? —inquirió un profesor que le había tomado algo de aversión.
—Fi… Filosofía y Letras —contestó Juan, un momento antes de desmayarse.
Cuando despertó estaba rodeado por sus amigos y sentía un penetrante olor a alcohol. Antes de que pudiera moverse, un amigo lo detuvo y le dijo: “Ya estás mejor. Antes deberías pensar que, si bien no eres ni físico ni biólogo, un golpe así contra una pared te rompería la nariz, como ha ocurrido. ¿Te sientes en condiciones de hacer el examen? Los maestros están furiosos contigo, salvo algunas contadas excepciones, pero tienes suerte. Esta mañana no se pudo realizar y se dio prórroga hasta esta tarde. Sé que estás mal y que… has tenido una grave crisis psicótica, pero también sé que quieres realizar el examen”. Juan se incorporó bruscamente (mareándose a causa de la pérdida de sangre) y dijo con voz nasal: “¿Adónde firmo?”.
Antes de acudir al salón en el que se celebraría el examen, Juan manifestó la necesidad de ir al baño. Al entrar en el cuarto de baño tuvo una leve conmoción, al verse reflejado al revés en el espejo. Cuando volvió a mirar, constató que se trataba de una ilusión óptica, pues el reflejo era claro y perfecto. Abrió el grifo del agua fría, pero, en aquel preciso instante, un fuerte estornudo recorrió toda la universidad. Juan intentó ignorarlo y volvió a intentar abrir el grifo. Pero cuando lo abrió, en lugar de salir el agua, un líquido vaporoso y rosado —“por Dios, que no sea algodón de azúcar”— comenzó a emanar del grifo, y el baño se volvió en un brusco giro. Allí quedó Juan, colgado del piso que ahora era techo, y oliendo el perfumado aroma del algodón de azúcar.
—No —se dijo—. No ahora.
Salió corriendo del cuarto de baño, cual gacela que ha visto a un tigre, y era tal su apresuramiento que no notó el cambio de posicionamiento al salir del baño. Mientras corría, también gritaba “¡la universidad está con sarampión! ¡la universidad está con sarampión! ¡Mi casa la contagió!”.
Así, gritando, con la nariz vendada y un poco de algodón de azúcar en la barbilla, llegó hasta el pasillo del salón, en el que se encontraban los profesores. Todos lo miraron con una mueca de lástima y compasión. Sólo una maestra pudo acercarse a él y explicarle en pocas palabras cuál sería su trabajo.
—Tienes suerte, Ramírez —le dijo, una vez estuvieron dentro del salón—. No sólo llegaste tarde, sin identificación ni apuntes, sino que también te consideran medio loco y te permiten hacer el examen. Espero que te esfuerces.
Le dieron ciento ochenta y cinco preguntas, y él las respondió sabiamente. Se esmeró mucho. Había estudiado durante siete largos años y tenía muy dentro de sí la carrera completa. Daba ejemplos, ponía paralelismos, citaba autores, enumeraba con presteza cada punto que le pedían desarrollar.
Había terminado. Por fin su largo sueño de ser maestro de Literatura se cumpliría tras mucho esfuerzo, por fin terminaría la carrera con los más elevados honores que se hubieran visto en esa universidad. Quedaron atrás los absurdos recuerdos de la mañana, el miedo y el temor. Quedaron atrás esas cosas de pesadillas, producto de los nervios del examen. Cuando regresara a su departamento llamaría a sus padres y les contaría todo. Sería una excelente anécdota para contarle a sus hijos, nietos y toda la parentela.
Pero la casa que tenía sarampión le había contagiado la enfermedad a la universidad. Esta última se había enfermado con menor rapidez, pues su estructura era increíblemente grande. Pero la enfermedad ya estaba a punto. El primer estornudo que Juan había oído en el baño había sido sólo la antesala a una mayor catástrofe. Por una tos seca. Fue una tos seca y ronca lo que terminó con siete años de estudio y tres horas de memoria y dolor en la muñeca.
Juan oyó una tos, y sintió cómo el estremecimiento recorría los cimientos del edificio. Algunas lámparas se balancearon peligrosamente sobre las cabezas de los demás, pero nadie pareció notarlo. Juan tuvo un extraño presentimiento y llamó a la profesora diciéndole que había concluido el examen.
La profesora se acercaba lentamente —“que se dé prisa”— recorriendo a todos los alumnos con la mirada. Un nuevo estremecimiento surcó el cielo-raso y un pequeño cascote gris cayó desde lo alto. Juan creyó que caería a su lado, quizás en frente de su pupitre, pero lo cierto fue que el cascote gris, lleno de arenilla, tierra y polvo, calló sobre las hojas de su examen. Doscientas sesenta y cinco hojas completamente manchadas de tierra y cemento.
Juan lloró. Lloró amargamente como lo había hecho aquella mañana en el taxi, lloró amargamente por todo su esfuerzo tirado a la basura, lloró tanto, pero tanto, que el polvillo, que hubiera podido ser removido, se humedeció y manchó por completo el papel.
Las ciento ochenta y cinco preguntas, respondidas con precisión quirúrgica, fueron perdidas para siempre, y nunca jamás se volvió a ver examen tan magistral en aquella universidad.
Su maestra, viendo que era ilógico que el muchacho escribiera doscientas páginas con tonterías, llamara a una profesora para que buscara el examen y provocara (vaya a saberse cómo) que parte del techo se cayera sobre las hojas, decidió concederle una nueva oportunidad.
Ante el muchacho apareció una única consigna en la hoja de papel. Con miedo y temor reverencial, pensando que quizás la pluma pudiera quedarse sin tinta o convertirse en algodón de azúcar que una abeja succionaría, leyó la única consigna de trabajo que le habían dado como última oportunidad.
La misma rezaba:
“Escribir un cuento fantástico aplicando diligentemente la normativa del conflicto, poniéndola como regla de oro inquebrantable”.
Fin.
Sir Nícolas Vásquez de Aragón.
Aquí podéis encontrar la entrada en la que se anuncia la entrega de este precioso regalo y la poesía que cuenta la historia de esta mariposa multicolor.